Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– ¿Qué hay de su segunda esposa?
– ¿Lorraine? Era simpática. También era muy guapa. Tardó un poco en casarse con ella. Tuvo que esperar dos años, creo, para conseguir el divorcio de Joanna, por abandono del hogar.
«Es muy complicado conseguir que alguien que está descomponiéndose en un desagüe firme los papeles del divorcio», pensó Grace.
– ¿Dónde puedo encontrar a Lorraine?
Biglow lo miró de un modo extraño.
– Necesito que cuiden de mí, señor Grace, de verdad -volvió a lloriquear Jimmy.
Biglow se volvió hacia su amigo y se señaló la cara.
– ¿Ves cómo se mueven mis labios? Significa que todavía sigo hablando, así que para ya, ¿vale? -Y luego se dirigió a Grace-. Lorraine. Sí, bueno, si quiere encontrarla, tendrá que pillarse un barco y un traje de buceo para alta mar. Se mató. Una noche se tiró al agua desde el ferry de Newhaven a Dieppe.
De repente, Grace perdió el interés por la comida.
– Sigue contándome.
– Estaba deprimida, en un estado terrible después de que Ronnie muriera. La dejó en un buen lío, económicamente hablando. La sociedad hipotecaria se quedó con la casa y las financieras se quedaron con casi todo lo demás, excepto algunos sellos.
– ¿Sellos?
– Sí, eran la especialidad de Ronnie. Siempre estaba comerciando con ellos. Una vez me dijo que los prefería al dinero, que eran más fáciles de llevar.
Grace meditó un momento.
– Creo haber leído que las familias de las víctimas del 11-S recibieron compensaciones económicas importantes. ¿Ella no?
– Nunca mencionó nada. Se convirtió en una especie de re-clusa, ya sabe, guardaba las distancias. Se encerró en su caparazón. Cuando se lo llevaron todo se trasladó a un pisito alquilado en Montpelier Road.
– ¿Cuándo murió?
Terry se quedó pensando un momento.
– Sí. Fue en noviembre… El 11-S fue en 2001, así que sería en noviembre de 2002. Se acercaban las Navidades. ¿Sabe a qué me refiero? Es una época difícil, la Navidad, para algunas personas. Se tiró al agua desde el ferry.
– ¿Encontraron el cadáver?
– No lo sé.
Grace realizó algunas anotaciones mientras Biglow comía. Volvió a probar el almuerzo, pero su concentración estaba en otra parte. «Una esposa se marcha a Estados Unidos y acaba en un desagüe en Brighton. La segunda se tira de uno de los ferrys que cruzan el Canal.» Ahora muchas preguntas se arremolinaban en su cabeza.
– ¿Tenían hijos?
– La última vez que vi a Ronnie me dijo que lo estaban intentando, pero tenían problemas de fertilidad.
Grace pensó un poco más.
– Aparte de ti, ¿quiénes eran los amigos íntimos de Ronnie Wilson?
– No era tan amigo mío. Éramos amigos, pero no íntimos. Estaba el viejo Donald Hatcook… Al parecer, el 11-S Ronnie estaba con él en su despacho, en una de las torres del World Trade Center. Donald sí había triunfado, pobre capullo. -Se quedó pensando un momento-. Y Chad Skeggs. Pero él emigró, sí, se fue a Australia.
– ¿Chad Skeggs?
– Sí.
Grace recordaba el nombre; el tipo se había metido en líos hacía unos años, pero no recordaba por qué.
– Ya ves, todos se han ido. Así que quedan los Klinger, supongo. Sí, Steve y Sue Klinger, ¿los conoces? Viven en Tongdean.
Grace asintió con la cabeza. Los Klinger tenían una casa ostentosa en Tongdean Avenue. Stephen era, como dice el eufemismo, una persona «que había suscitado el interés de la policía» desde que Grace trabajaba en el cuerpo. Era una opinión muy extendida que Klinger, que había iniciado su carrera en la compraventa de coches, no había amasado su fortuna legalmente y que sus discotecas, bares, cafeterías, pisos de alquiler para estudiantes y casas de préstamos eran empresas para blanquear el dinero que generaba su verdadero negocio: las drogas. Pero al menos hasta la fecha, si era un narcotraficante, era muy eficiente y se había asegurado de que nunca pudieran relacionarle con nada.
– Ronnie y él comenzaron trabajando juntos -prosiguió Biglow-. Entonces se metieron en líos por unos coches trucados. No recuerdo qué pasó exactamente. El negocio desapareció de la noche a la mañana… El garaje se quemó con todos los documentos dentro, muy oportunamente. Nunca se presentaron cargos.
Grace añadió los nombres de Steve y Sue Klinger a la lista de personas que su equipo debía interrogar. Luego cortó una esquina de la tostada frita y la mojó en el huevo.
– Terry -dijo-, ¿qué opinión tenías de Ronnie?
– ¿Qué quiere decir, señor Grace?
– ¿Qué tipo de persona era?
– Un puto psicópata -intervino Jimmy de repente.
– ¡Cierra el pico! -le atacó Biglow-. Ronnie no era ningún psicópata. Pero tenía genio, eso sí.
– Era un puto psicópata -insistió Jimmy.
Biglow sonrió a Grace.
– A veces se le iba un poco la cabeza, ya sabe, era su peor enemigo. Estaba enfadado con el mundo porque no triunfaba, como algunos de sus amigos… ¿Sabe qué quiero decir?
«¿Cómo tú?», se preguntó Grace para sus adentros.
– Creo que sí.
– ¿Sabes qué dijo un día mi padre sobre él? Dijo que era la clase de tío que podía pasar contigo en un torniquete ¡y salir delante tuyo sin pagar! -Biglow se rio-. Sí, ése era nuestro Ronnie. ¡Que Dios le tenga en su gloria!
68
12 de septiembre de 2001
Ronnie se sentía mucho mejor ahora que volvía a llevar dinero en el bolsillo. En el bolsillo izquierdo de la chaqueta del traje, para ser precisos. «Contante y sonante», le gustaba llamarlo. Y mantuvo la mano izquierda allí, sujetando con fuerza el fajo doblado de billetes nuevos de cien dólares, sin soltarlo ni un segundo, durante todo el trayecto en metro desde el centro de Manhattan hasta la estación de Brighton Beach, donde se bajó.
Todavía sin sacar la mano del bolsillo, recorrió la poca distancia que le separaba de La ciudad del buzón y guardó cinco mil seiscientos de esos dólares en la caja de seguridad. Luego salió de nuevo a la calle hasta que encontró una tienda de ropa donde se compró un par de camisetas blancas, un recambio de calcetines y calzoncillos, unos vaqueros y una cazadora fina. Un poco más adelante, entró en una tienda de recuerdos y se compró una gorra de béisbol negra estampada con las palabras Brighton Beach. Luego se metió en una tienda de deportes y se compró unas zapatillas.
Paró en un puesto callejero y se llevó un sándwich caliente de carne con un pepinillo del tamaño de un melón pequeño y una Coca-Cola para almorzar, luego regresó a su pensión. Pulsó el botón del televisor, se puso la ropa nueva y guardó la antigua en una de las bolsas de plástico de las compras.
Se comió el sándwich mientras veía la tele. No hubo demasiadas noticias que no hubiera visto ya en los informativos, sólo recapitulaciones, imágenes de George Bush declarando la guerra al terrorismo y comentarios de otros líderes mundiales. Luego emitieron imágenes de gente feliz en Pakistán, saltando por la calle, riendo, mostrando orgullosa carteles crueles contra Estados Unidos.
Ronnie se sentía bastante contento consigo mismo. El cansancio había desaparecido y estaba de subidón. Había hecho algo valiente: había ido a la zona de guerra y había regresado. ¡Estaba en racha!
Terminó de comer, luego cogió la bolsa con la ropa vieja y se dirigió hacia la puerta. A poca distancia calle abajo, tiró la bolsa en un cubo de basura apestoso que ya casi rebosaba de alimentos en estado de putrefacción. Luego, con paso rápido, puso rumbo al bar Moscú.
Estaba igual de vacío que ayer, pero le alegró ver que su nuevo mejor amigo, Boris, estaba sentado en el mismo taburete, cigarrillo en mano, el móvil pegado a la oreja y una botella medio vacía de vodka delante de él. Lo único distinto era la camiseta, que hoy era rosa y llevaba escrita una leyenda con letras doradas: GEnesis World Tour.