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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Vio un edificio enorme con un cartel que decía British Book-Shoops, luego las instalaciones del Argus, un cartel de Matalan y luego pasaron por un concesionario Renault. Ricky soltó un taco al ver que casi se pasaba la salida, frenó bruscamente y giró el volante. Las ruedas chirriaron. Conducía demasiado deprisa por una pendiente pronunciada, así que tuvo que detener el coche de golpe a unos centímetros de un Volvo enorme conducido por una mujer diminuta que se había detenido justo a la salida de un aparcamiento delante de una hilera de tiendas.

– Imbécil de mierda -la insultó, y la mujer le respondió dándose unos golpecitos en la sien. Por un momento, Abby pensó, esperó, que bajaría del coche y se iniciaría una bronca.

Pero el Volvo se alejó con un rugido y ellos siguieron bajando por la pendiente y dejaron atrás el aparcamiento y la parte trasera de un almacén. Luego cruzaron la verja con enormes puertas de acero y grandes carteles de aviso de cámaras de seguridad en cada columna y accedieron a un patio donde había estacionados diversos camiones y furgones blindados. Todos estaban pintados de negro con letras doradas que mostraban un emblema entrelazado con una cadena y el nombre Southern Deposit Security.

Luego, se dirigieron a un edificio moderno de una sola planta con ventanas minúsculas rectangulares que le conferían aspecto de fortaleza. Y eso es lo que era.

Ricky aparcó en una plaza señalizada con la palabra Visitantes y apagó el motor. Entonces se volvió hacia Abby.

– Intenta pasarte de lista y tu madre está muerta. ¿Entendido?

– Sí -dijo ella atenazada por el miedo.

Durante todo aquel tiempo no dejó de pensar ni un segundo intentando planear cómo jugar, visualizar los próximos minutos. Esforzándose al máximo por pensar con claridad, por recordarse sus puntos fuertes.

Mientras Abby tuviera lo que él quería, Ricky iba a tener que negociar. Por muy gallito que se pusiera, ésa era la verdad del asunto. Era lo que la había mantenido viva e intacta hasta este momento, no cabía la menor duda. Con suerte, sería lo que mantendría con vida a su madre. Eso esperaba.

Tenía un plan, pero no lo había pensado con detenimiento y mientras bajaba del coche todo comenzaba a perder coherencia. De repente empezó a temblar como un flan, se convirtió en un manojo de nervios histérico y tuvo que agarrarse al techo del coche un instante, casi con la certeza de que iba a vomitar.

Al cabo de unos minutos, cuando se sintió un poco mejor, Ricky la cogió del brazo y caminaron hacia la entrada, como una pareja que iba a realizar un depósito, o a retirar dinero, o simplemente a revisar la plata de la familia. Pero mientras le lanzaba una mirada glacial de reojo, sintió repulsión y se preguntó cómo se había rebajado a hacer todo lo que había hecho con él.

Abby pulsó el timbre del portero electrónico bajo la mirada imperiosa de dos cámaras de circuito cerrado y dio su nombre. Unos momentos después, la puerta se abrió con un clic y atravesaron dos puertas de seguridad para acceder a un vestíbulo austero que daba la impresión de estar tallado en granito.

Dos guardias de seguridad uniformados y serios estaban justo al otro lado y dos más atendían el mostrador detrás de un cristal protector. Se acercó a uno de ellos y habló a través de los agujeros, preguntándose, de repente, si debía intentar mostrarle angustia, pero luego se lo pensó mejor.

– Katherine Jennings -dijo con voz temblorosa-. Quiero acceder a mi caja de seguridad.

El hombre le pasó un registro por debajo del cristal.

– Rellene esto, por favor. ¿Van a entrar los dos?

– Sí.

– Necesito que lo rellenen los dos, por favor.

Abby escribió su nombre, la fecha y la hora, luego le dio el registro a Ricky, que hizo lo propio. Cuando acabó, lo devolvió empujándolo por debajo del cristal y el guardia tecleó la información en un ordenador. Al cabo de unos momentos deslizó por el mostrador unas identificaciones plastificadas con sus nombres y con ganchos para colgárselas en la solapa.

– ¿Saben qué deben hacer? -le preguntó a Abby.

Ella asintió y se dirigió a la puerta de seguridad que había a la derecha del mostrador. Entonces acercó el ojo derecho al escáner de retina biométrico y pulsó el botón verde.

Al cabo de unos momentos la cerradura hizo clic. Empujó la puerta pesada, la sujetó para Ricky y ambos entraron. Delante de ellos había una escalera de cemento. Bajó, oyendo los pasos de Ricky pegado a ella. Al final había una puerta de acero enorme con un segundo escáner biométrico. Acercó el ojo derecho y volvió a pulsar el botón verde. Se oyó un clic agudo y empujó la puerta para abrirla.

Entraron en una cámara larga, estrecha y helada. Mediría unos treinta metros de largo y unos seis de ancho y había hileras de cajas de seguridad de acero a cada lado y en la pared del fondo, cada una con un número.

Las de la derecha tenían quince centímetros de profundidad; las de la izquierda, sesenta, y las del fondo medían un metro ochenta de altura. Volvió a preguntarse, igual que la última vez que estuvo aquí, qué habría exactamente en esas últimas y, de hecho, qué tesoros, obtenidos por métodos legales o no, habría detrás de cualquiera de aquellas puertas cerradas.

Con la llave en la mano, Ricky escudriñó con avaricia los números de las cajas.

– ¿Cuatro dos seis? -preguntó.

Ella señaló al fondo a la izquierda y le observó mientras prácticamente corría los últimos metros.

Entonces Ricky introdujo la llave plana y fina en la ranura vertical y la giró con indecisión. Notó que la leva de la cerradura bien engrasada se movía con suavidad. Dio una vuelta completa a la llave, escuchando cómo giraba a su vez cada uno de los dientes. Le gustaban las cerraduras, siempre le habían gustado, pero la puerta no se abrió. Contenía un mecanismo más complejo de lo que había imaginado, comprendió mientras daba otra vuelta completa a la llave y notaba cómo se movían más dientes. Volvió a tirar.

Ahora la pesada puerta metálica se abrió y Ricky miró dentro. Absolutamente estupefacto, vio que estaba vacía.

Se dio la vuelta, insultando a Abby a voz en grito. Y descubrió que insultaba a una sala vacía.

70

Octubre de 2007

Abby salió corriendo. En Melbourne hacía footing casi todas las mañanas y, a pesar de que en el último par de meses no había realizado demasiado ejercicio, conservaba una forma física razonable.

Corrió como alma que lleva el diablo sin mirar atrás, atravesando el asfalto del aparcamiento del Southern Deposit Security, por delante de los camiones y furgones, cruzó la verja y subió la colina. Luego, justo antes de girar a la derecha a través de los arbustos que flanqueaban el aparcamiento junto a la hilera de tiendas, giró la cabeza y echó un vistazo atrás.

Ricky todavía no había aparecido.

Pasó entre los arbustos y casi la atropelló un monovolumen conducido por una mujer de aspecto tenso cuando cruzaba a toda velocidad los carriles del aparcamiento en dirección a la entrada principal de una tienda de muebles MFI. Al llegar se detuvo y miró atrás.

Seguía sin verle.

Entró en el local, apenas consciente del olor nítido e intenso a muebles nuevos, y lo atravesó corriendo, esquivando clientes mientras pasaba por delante de las exposiciones de mobiliario para oficinas, salas de estar y dormitorios. Entonces, al llegar casi al fondo de la tienda, se encontró en la sección de baño. Estaba rodeada de duchas. A su derecha vio una cabina muy elegante.

Revisó el pasillo. Ni rastro de Ricky.

El corazón le retumbaba como si anduviera suelto dentro de su pecho. Todavía tenía la identificación plastificada del Southern Deposit Security en la mano. Ricky no había dejado que se llevara el bolso del piso, pero se las había arreglado para esconderse el móvil en la delantera, junto con algo de dinero y su tarjeta de crédito, además de una llave del piso de su madre. Había apagado el teléfono por si acaso, por si había una posibilidad entre mil millones de que sonara. Ahora lo sacó y lo encendió. En cuanto se activó, llamó a su madre.

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