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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Anotó con cuidado en su libreta el nombre «Katherine Jennings» y la dirección y le dijo a Grace que ordenaría a alguien de su equipo especial que se pasara por el piso. Como el asunto no parecía urgente, decidió que podía esperar hasta más tarde. Entonces se puso de pie de un salto, descolgó su gorra de la puerta y salió corriendo.

61

12 de septiembre de 2001

Una vez más, Lorraine estaba sentada a la mesa de la cocina envuelta en su albornoz blanco, un cigarrillo entre los labios y una taza de té delante de ella. Le dolía mucho la cabeza y tenía cara de sueño; no estaba del todo en sí misma porque había pasado la noche en vela. Notaba el corazón como si fuera un plomo en el pecho y sentía náuseas en la boca del estómago.

Dio unos golpecitos al cigarrillo encima del cenicero y medio centímetro de ceniza se unió a las cuatro colillas recientes que ya descansaban allí esta mañana. A su lado tenía el Daily Mirror y en la televisión estaban puestas las noticias, pero por primera vez desde ayer por la tarde, tenía la cabeza en otra parte.

Delante de ella estaba el correo que había llegado aquella mañana, así como el de ayer y el del lunes. También más cartas abiertas que había encontrado en el escritorio de Ronnie en el pequeño cuarto de invitados del piso de arriba que utilizaba como despacho.

La carta que miraba ahora era de una agencia de cobro de deudas llamada EndCol Financial Recovery. Mencionaba un acuerdo que al parecer Ronnie había firmado para pagar a plazos el televisor de pantalla grande del salón. La siguiente era de otra agencia de cobro de deudas. Informaba a Ronnie que iban a cortarles el teléfono si en siete días no se abonaban las más de seiscientas libras de una factura pendiente.

Luego estaba la carta de Hacienda, en la que se exigía el pago en tres semanas de casi once mil quinientas libras o se cursaría una orden de embargo.

Lorraine meneó la cabeza con incredulidad. La mitad de las cartas exigían el pago de facturas pendientes. Y una, del director de su banco, le decía que le habían denegado la ampliación del préstamo solicitado.

La peor carta de todas era de la sociedad de crédito hipotecario. La había encontrado en el escritorio e informaba a Ronnie de que iban a ejecutar la hipoteca e iniciar los trámites judiciales para embargarles la casa.

Lorraine apagó el cigarrillo, hundió el rostro entre sus manos y se echó a llorar. Todo el rato pensaba: «¿Por qué no me lo contaste, Ronnie, cariño? ¿Por qué no me contaste el lío en el que andabas -andábamos- metidos? Podría haberte ayudado, haber buscado trabajo. Tal vez no hubiera ganado mucho, pero habría ayudado. Habría sido mejor que nada».

Sacudió el paquete de tabaco, sacó otro cigarrillo y se quedó mirando atontada la televisión. A la gente de Nueva York que caminaba con sus carteles, con las fotografías de sus seres queridos desaparecidos. Eso es lo que ella necesitaba hacer, lo sabía. Tenía que plantarse allí y encontrarle. Tal vez estuviera herido y lo hubieran ingresado en algún hospital-Estaba vivo, lo sentía en los huesos. Era un superviviente. Se ocuparía de todas esas deudas. Si Ronnie hubiera estado aquí anoche nunca habría dejado que se llevaran el BMW. Habría llegado a un acuerdo, o encontrado algo de dinero, o les habría retorcido el pescuezo.

Marcó su número por milésima vez y le salió directamente el buzón de voz. Una tos áspera y profunda le humedeció los ojos. Ahora las imágenes mostraban los escombros humeantes, las paredes consumidas, toda aquella escena apocalíptica de lo que había sido, hasta ayer por la mañana, el World Trade Center. Intentó adivinar por las imágenes que aparecieron a continuación en la pantalla -primero un plano corto de un bombero con una mascarilla, tropezando con un montículo de cascotes humeantes y movedizos, luego un plano mucho más amplio que mostraba un bloque de unos treinta metros de altura y un coche de policía aplastado- donde estaba la Torre Sur, lo que quedaba de ella, cuándo había salido Ronnie y cómo.

Sonó el timbre de la puerta. Se quedó inmóvil. Entonces hubo unos golpes bruscos.

«Mierda. Mierda. Mierda.»

Subió sigilosamente al piso de arriba y entró en el dormitorio de la parte delantera, el que utilizaba Ronnie, y miró abajo. Había una furgoneta azul enfrente de la casa, bloqueando el camino de entrada, y dos hombres fornidos en la puerta. Uno tenía la cabeza rapada y llevaba una parca y vaqueros; el otro, de pelo corto y con un arete grande de oro en la oreja, sostenía un documento en la mano.

Lorraine se quedó quieta, casi aguantando la respiración. Hubo más golpes en la puerta. El timbre volvió a sonar, dos veces. Luego, al final, oyó alejarse la furgoneta.

62

Octubre de 2007

«¡Gilipollas!»

Cassian Pewe llevaba un par de días en Sussex House, pero Tony Case, el jefe de la unidad de apoyo, había tardado unos tres minutos en calarle.

Case, que también había sido policía, era el responsable de la administración de este edificio y los otros tres que albergaban todas las salas de operaciones de Sussex -en Littlehampton, Horsham y Eastbourne-. Entre sus tareas figuraba evaluar los riesgos de las redadas, presupuestar las actividades forenses y el material nuevo y los requisitos generales, así como garantizar que las personas que trabajaban aquí tuvieran todo lo que necesitaban.

Como los ganchos para cuadros.

– Mira -dijo Pewe, como si se dirigiera a un lacayo-, quiero ese gancho siete centímetros a la derecha y quince centímetros más arriba, ¿de acuerdo? Y quiero éste otro exactamente veinte centímetros más arriba, ¿entendido? Me parece que no lo estás escribiendo.

– ¿Tal vez quiere que le dé una caja de ganchos, un martillo y una regla, y así podrá clavarlos usted mismo? -sugirió Case. Era lo que hacían todos los agentes, incluido el comisario jefe.

Pewe, que se había quitado la chaqueta del traje y la había colgado en la silla, llevaba unos tirantes rojos encima de la camisa blanca. Ahora se paseaba por la habitación tirando de ellos.

– Yo no hago bricolaje -dijo-. No tengo tiempo. Tendrás alguien aquí que se encargue de estas cosas.

– Sí -dijo Tony Case-. Yo.

Pewe miraba por la ventana al deprimente bloque de detención. Empezaba a parar de llover.

– No es una gran vista -se quejó.

– Al comisario Grace le gustaba bastante.

Pewe se puso de un color raro, como si se hubiera tragado algo que le daba alergia.

– ¿Este era su despacho?

– Sí.

– La vista es horrorosa.

– Si llama a la subdirectora Vosper quizás ordene que derriben el bloque de detención.

– No tiene gracia -dijo Pewe.

– Gracia -dijo Tony Case-. No pretendo ser gracioso. Estoy trabajando. Aquí no hacemos bromas, sólo trabajo policial serio. Iré a buscarle un martillo… Si no lo ha birlado nadie.

– ¿Y qué hay de mis ayudantes? He solicitado dos agentes. ¿Dónde se sentarán?

– Nadie me ha dicho nada de dos ayudantes.

– Necesito un lugar para ellos. Tendrán que sentarse en algún sitio cerca de mí.

– Podría traerle una mesa más pequeña -dijo Tony Case-. Y ponerlos a los dos aquí dentro. -Se marchó del despacho.

Pewe no sabía si el hombre se burlaba de él o hablaba en serio, pero el teléfono interrumpió sus pensamientos.

– Comisario Pewe -contestó dándose importancia.

Era un operador.

– Señor, tengo a un agente de la Interpol al teléfono. Llama en nombre de la policía de Victoria, Australia. Ha preguntado específicamente por alguien que trabaje en casos sin resolver.

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