Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Ahora él formaba parte del mundo de los vagabundos, los desposeídos, los pobres y los fugitivos. Su mundo pivotaba alrededor de lugares como La Ciudad del buzón, donde podían guardar o esconder sus raquíticos tesoros y recoger el correo. La gente no venía aquí a hacer amigos, sino a permanecer en el anonimato. Y eso era exactamente lo que él necesitaba.
Miró su reloj. Eran las ocho y media. Faltaba media hora más o menos para que las personas con las que quería hablar llegaran a sus despachos, suponiendo que hoy fueran a trabajar. Pagó una hora de Internet y se sentó delante de un ordenador.
A las nueve y media Ronnie entró en una de las cabinas telefónicas de la pared del fondo, metió una moneda de un cuarto de dólar y marcó el primero de los números de la lista que acababa de configurar gracias a la búsqueda en Internet. Mientras esperaba, miró las perforaciones en el revestimiento insonorizador de la cabina. Le recordó al teléfono de una cárcel.
La voz que escuchó al otro lado lo sacó de su ensoñación:
– Abe Miller Asociados, Abe Miller al habla.
El hombre no fue descortés, pero Ronnie no percibió ningún interés ni ansias por llegar a un trato. Era como si Abe Miller imaginara que el mundo podía acabar cualquier día de estos, así que, ¿qué significaba ganar unos pavos? De hecho, ¿qué sentido tenía todo? Eso le transmitió la voz de Abe Miller.
– Un Eduardo, de una libra, sin montar, nuevo -dijo Ronnie después de presentarse-. La goma está perfecta, sin charnela.
– De acuerdo, ¿qué pides?
– Tengo cuatro. Quiero cuatro mil por cada uno.
– Vaya, es algo excesivo.
– No para el estado en el que están. En el catálogo valen más del doble.
– La cuestión es que no sé cómo afectará al mercado todo esto que está pasando. Las acciones están por los suelos… Ya me entiende.
– Sí, bueno, esto es mejor que las acciones. Menos volátil.
– No estoy seguro de querer comprar nada ahora mismo. Supongo que preferiría esperar unos días, ver por dónde van los tiros. Si están en tan buen estado como dice, ahora podría darle dos. Más no. Dos.
– ¿Dos mil pavos cada uno?
– No puedo darle más, ahora no. Si quiere esperar una semana a ver qué pasa, tal vez pueda mejorar un poco mi oferta. O tal vez no.
Ronnie comprendía la reticencia del hombre. Sabía que seguramente había escogido la peor mañana desde el día después del Crack de 1929 para intentar hacer negocios en cualquier parte del mundo, y peor aún en Nueva York, pero no tenía elección. No podía permitirse el lujo de esperar. Le parecía que aquélla era la historia de su vida: comprar cuando el mercado estaba alto, vender cuando estaba bajo. ¿Por qué el mundo le jodía siempre?
– Volveré a llamarle-dijo Ronnie.
– Claro, ningún problema. ¿Cómo ha dicho que se llamaba?
El cerebro de Ronnie pensó a toda velocidad.
– Nelson -dijo.
El hombre se animó un poco.
– ¿Tiene algo que ver con Mike Nelson? ¿De Birmingham? Es usted inglés, ¿verdad?
– ¿Mike Nelson? -Ronnie maldijo en silencio. No era bueno que hubiera otra persona en este negocio con un nombre similar. La gente se acordaría, y en estos momentos lo que necesitaba era que la gente le olvidara-. No -contestó-. Nada que ver.
Dio las gracias a Abe Miller y colgó. Luego, pensando en el nombre, decidió que tal vez estuviera bien conservarlo. Si había otro comerciante con un nombre similar, la gente quizá creyera que estaban relacionados y le tratara con más respeto desde el principio. Este negocio dependía muchísimo de la reputación.
Lo intentó con seis compradores más. Ninguno de ellos estuvo dispuesto a mejorar la primera oferta que había recibido y dos le dijeron que en estos momentos no iban a comprar nada. A Ronnie le entró el pánico. Se preguntó si el mercado bajaría aún más y si lo más inteligente sería aceptar la oferta que tenía de Abe Miller mientras todavía estuviera sobre la mesa. En caso de que, veinticinco minutos después en este mundo nuevo e incierto, todavía estuviera sobre la mesa.
Ocho mil dólares. Valían veinte, como mínimo. Tenía algunos más, incluidas dos planchas 11 de Penny Blacks nuevos, sin montar, con goma detrás. En un mercado normal, esperaría sacar veinticinco mil dólares por plancha, pero sabía Dios cuánto valían ahora. Ni siquiera tenía sentido intentar venderlos. Ahora eran lo único que tenía en el mundo. Iban a tener que alcanzarle durante mucho tiempo.
Muchísimo tiempo, seguramente.
65
Octubre de 2007
Cuando Roy Grace comenzó su carrera, trabajaba de policía de barrio en el centro de Brighton y luego estuvo una breve temporada en la unidad de antivicio del Departamento de Investigación Criminal. Conocía la mayoría de las caras y los nombres de los traficantes de la calle, y de algunos de los consumidores principales, y había arrestado a la mayoría en algún momento u otro.
Normalmente sólo atrapaban a delincuentes de medio pelo, objetivos fáciles. A menudo la policía pasaba de ellos, sólo los vigilaba, incluso entablaba amistad con algunos con la esperanza de que los condujera a un pez mayor, los intermediarios, los proveedores y, muy de vez en cuando, a un envío importante. Pero cada vez que la policía obtenía un resultado y sacaba de la calle a un puñado de malhechores, siempre había otros esperando entre bastidores.
En estos momentos, sin embargo, mientras estacionaba el Alfa Romeo en el aparcamiento de Church Street y apagaba el motor, ahogando la canción que sonaba de María Glenn, los bajos fondos de la droga de Brighton también podían encajar en sus propósitos inmediatos.
Con un impermeable ligero sobre el traje, se abrió camino entre la multitud que comenzaba a salir de sus despachos a la hora de comer. Pasó por delante de cafés y bares de sándwiches y del Corn Exchange y giró en Marlborough Place, donde se detuvo y fingió llamar por teléfono. La zona situada justo al norte de aquí, y al otro lado de London Road hacia el este, había sido el territorio de los traficantes en el centro de Brighton desde hacía mucho tiempo.
Tardó menos de cinco minutos en ver a dos hombres apurados pobremente vestidos. Caminaban más deprisa que los demás, eran blancos fáciles. Comenzó a seguirles pero se mantuvo a cierta distancia. Uno era alto y delgado, con los hombros redondeados, y llevaba una cazadora encima de unos pantalones grises y deportivas. El más bajo y corpulento, que vestía una sudadera encima de unos pantalones de chándal y zapatos negros, andaba con un aire extraño de chulería, con los brazos separados del cuerpo, y miraba preocupado hacia atrás cada pocos momentos como para comprobar que nadie le seguía.
El más alto llevaba una bolsa de plástico, casi seguro que con una lata de cerveza dentro. Beber en la calle era ilegal en la ciudad, así que la mayoría de la gente envolvía una lata abierta en una bolsa de plástico. Caminaban muy rápido, bien porque tenían prisa por conseguir dinero, en cuyo caso estaban a punto de cometer un delito -tal vez un tirón de bolso o un robo en una tienda-, o porque iban a encontrarse con un camello para comprar su dosis diaria, supuso Grace. O podían ser camellos que iban a reunirse con un cliente.
Dos autobuses rojos y amarillos pasaron a toda velocidad, seguidos de un taxi Streamline y luego una hilera de coches particulares. En algún lugar, una sirena gimió y los hombres giraron la cabeza. El corpulento parecía mirar constantemente hacia atrás a su derecha, así que Grace se mantuvo a la izquierda, pegado a los escaparates, ocultándose tanto como podía detrás de la gente.
Los dos hombres giraron a la izquierda en Trafalgar Square y Grace se convenció de su presentimiento. En efecto, al cabo de un par de cientos de metros, doblaron a la izquierda y entraron en su destino.
Pelham Square era una plaza pequeña y elegante de casas adosadas de la Regencia, con un parque vallado en el centro. Los bancos situados cerca de la entrada de Trafalgar Square siempre habían sido un lugar popular entre los oficinistas para almorzar los días que hacía buen tiempo. Ahora, con la prohibición de fumar en el trabajo aún parecía más popular. Pocas personas de las que comían un sándwich o fumaban el cigarrillo de después de comer miraban -o prestaban atención incluso- al batiburrillo de gente reunida en otro banco al final del parque.