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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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– De acuerdo, pásamelo. -Se sentó, tomándose su tiempo, y puso las piernas sobre la mesa, en un espacio entre fajos de documentos. Luego se acercó el auricular a la oreja.

– Comisario Cassian Pewe al habla -dijo.

– Ah, buenos días, Cashon, soy el sargento James Franks de la oficina de la Interpol en Londres.

Franks tenía el acento cortado típico de alumno de colegio privado. A Pewe no le gustaba que los miembros administrativos de la Interpol tendieran a creerse superiores y carecieran de la menor consideración con los demás policías.

– Déjeme su número y ya le llamaré -dijo Pewe.

– Tranquilo, no hace falta.

– Es por seguridad. Es la política que seguimos aquí en Sussex -dijo Pewe dándose importancia y obteniendo una gran satisfacción al ejercer su pequeña cuota de poder.

Franks le devolvió el cumplido haciéndole escuchar un bucle infinito del «Nessun dorma» durante cuatro minutos largos antes de volverse a poner al teléfono. Habría estado aún más contento si hubiera sabido que era un aria que Pewe, un purista de la música clásica y la ópera, detestaba particularmente.

– De acuerdo, Cashon, la policía a las afueras de Melbourne, en Australia, se ha puesto en contacto con nuestra oficina. Tengo entendido que han recuperado el cadáver de una mujer embarazada sin identificar del maletero de un coche… Llevaba en un río unos dos años y medio. Han obtenido muestras de ADN de ella y del feto, pero no han podido encontrar ningún resultado positivo en las bases de datos de Australia. Pero la cuestión es ésta… -Franks hizo una pausa y Pewe oyó un sorbo, como si bebiera café, antes de proseguir-. La mujer tenía implantes de silicona en los pechos. Tengo entendido que todos ellos llevan impresa la identificación del fabricante y que cada uno tiene un número de serie que se guarda en el registro del hospital junto al nombre de la receptora. Este par de implantes en particular fue suministrado a un hospital llamado Nuffield en Woodingdean, en el municipio de Brighton y Hove, en 1997.

Pewe bajó los pies de la mesa y buscó desesperadamente una libreta, antes de utilizar el dorso de un sobre para garabatear los detalles. Luego le pidió a Franks que le enviara por fax la información sobre los implantes y los análisis de ADN tanto de la madre como del feto y le prometió que iniciaría las pesquisas de inmediato. Luego señaló con bastante determinación que su nombre era «Cassian», no «Cashon», y colgó.

Necesitaba imperiosamente un agente que lo ayudara. Tenía cosas mucho más importantes entre manos que un cadáver flotando en un río de Australia. Una de ellas, en concreto, era muchísimo más importante.

63

Octubre de 2007

Abby estaba riéndose. Su padre se reía también.

– Bobita, lo has hecho a propósito, ¿verdad?

– ¡Que no, papá!

Los dos retrocedieron para contemplar la pared del baño parcialmente alicatada. Azulejos blancos con una moldura azul marino y unos cuantos azulejos azul marino esparcidos aquí y allí para decorar, uno de los cuales ella había colocado al revés de forma que la parte gris y basta quedaba visible y parecía un cuadrado de cemento.

– Se supone que tienes que ayudarme, jovencita, ¡no retrasarme! -la reprendió su padre.

Ella soltó una risita.

– No lo he hecho a propósito, papi, en serio.

A modo de respuesta, él le dio unos golpecitos en la frente con la paleta y le dejó una montañita de lechada.

– ¡Eh! -gritó ella-. ¡No soy una pared del baño, no puedes alicatarme!

– Oh, sí. Sí que puedo.

El rostro de su padre se oscureció y la sonrisa se esfumó. De repente, ya no era él. Era Ricky.

Tenía un taladro en la mano. Sonriendo, apretó el interruptor de gatillo. El taladro gimió.

– ¿Primero la rodilla derecha o la izquierda, Abby?

Temblaba. Su cuerpo seguía rígido por las ataduras, tenía el estómago revuelto, se encogía hacia atrás, gritaba en silencio.

Veía el taladro dando vueltas. Rizándose hacia su rodilla a unos centímetros de ella. Estaba gritando. Se le hincharon las mejillas, pero no emitía ningún sonido. Sólo un quejido infinito, atrapado.

Atrapado en su garganta y su boca.

Ricky se inclinó hacia delante con el taladro.

Y mientras Abby volvía a gritar, la luz cambió de repente. Respiró el olor intenso y seco de la lechada fresca, vio los azulejos color crema de la pared. Estaba hiperventilando. No había rastro de Ricky. Vio la bolsa de plástico donde él la había dejado, intacta, justo detrás de la puerta. Se notaba la piel resbaladiza por el sudor. Oyó el zumbido continuo del extractor de aire, sintió la corriente fría que emitía el aparato. Tenía la boca pegada por dentro; estaba muerta de sed, terriblemente muerta de sed. Sólo una gota, un vasito, por favor.

Volvió a mirar los azulejos.

Dios mío, qué irónico era estar encerrada aquí dentro, mirando estos azulejos, tan cerca. ¡Tan cerca, maldita sea! Su mente no paraba de dar vueltas. Tenía que contactar con Ricky como fuera. Tenía que conseguir que le quitara la cinta de la cara. Y si cuando regresara se mostraba racional, sabía exactamente lo que tendría que hacer.

Pero Ricky no era racional.

Y al pensar en ello se le helaron todas las células del cuerpo.

64

12 de septiembre de 2001

Con la mente bien despierta y alerta a pesar de tener los ojos cansados, Ronnie salió por la puerta de la pensión poco después de las siete y media de la mañana. Notó el olor de inmediato. El cielo estaba azul, metálico, neblinoso, y el aire de la mañana debería oler a frescor y rocío. Pero su olfato percibió un hedor acre y áspero.

Al principio creyó que salía de los cubos de basura, pero no desapareció mientras bajaba los escalones y caminaba por la calle. Eran unas notas de algo húmedo y quemado, algo químico, agrio y empalagoso. También le dolían los ojos, como si hubiera trocitos minúsculos de papel de lija en la bruma.

En la calle principal había una ambiente extraño. Era miércoles por la mañana, día laborable, pero apenas circulaban coches. La gente caminaba despacio, ojerosa y demacrada, como si no hubiera dormido bien. Toda la ciudad parecía sumida en un estado de shock profundo. Los acontecimientos abrumadores de ayer ya habían penetrado en la psique de todo el mundo y esta mañana habían traído una realidad nueva y oscura.

Encontró una cafetería que exhibía, entre todos los carteles en ruso de la ventana, las palabras Desayunos todo el día escritas en letras rojas sobre plástico iluminado. Dentro vio un puñado de personas, incluidos dos policías, que comían en silencio y miraban las noticias en la televisión montada arriba en la pared.

Se sentó en un reservado hacia el fondo. Mientras miraba el menú en ruso sin comprender nada, antes de darse cuenta de que había una versión en inglés detrás, una camarera sin vitalidad le sirvió café y un vaso de agua helada. Pidió un zumo de naranja natural y tortitas con bacon y luego se puso a mirar la televisión mientras esperaba a que le trajeran el desayuno. Resultaba difícil creer que sólo hubieran pasado veinticuatro horas desde el desayuno de ayer. Parecían veinticuatro años.

Después de salir de la cafetería, recorrió la corta distancia hasta La ciudad del buzón. El mismo joven estaba sentado delante de uno de los ordenadores conectados a Internet, pulsando teclas, y en otro terminal una joven morena y delgada de veintipocos años, que parecía al borde de las lágrimas, miraba una página web. Un hombre calvo vestido con un mono que parecía nervioso y tenía tembleque sacaba cosas de una bolsa de viaje y las introducía en una caja de seguridad, mirando con disimulo detrás de él cada pocos momentos. Ronnie se preguntó qué llevaría en esa bolsa, pero se guardó bien de mirar.

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