Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—¿Quién dice que el idioma ha cambiado? —preguntó Luet—. Tal vez aprendieron a emitir nuevos sonidos.
—No hay manera de saber cómo sonaba nuestro idioma en el pasado —dijo Chebeya—, así que no tiene sentido discutirlo.
—No discutíamos —dijo Luet—. Siempre hablamos así.
—Ah, sí —dijo Chebeya—, en tono moderadamente agresivo, con una pizca de irreverencia hacia tu madre.
Pero sonrió y ambas jóvenes rieron, y tras caminar un buen trecho por un viejo y decrépito vecindario llegaron a la avenida que buscaban. Un viejo ángel posado a la sombra de un porche observaba lo que sucedía en la calle.
—Anciano —dijo Luet—, ¿puedes indicarnos el camino hacia la nueva escuela?
—¿Una escuela para mujeres? —preguntó el viejo.
—¿Tantas hay en esta calle? —preguntó Luet en su tono más inocente.
—Toda aquella esquina, las tres casas juntas de este lado. —Y les dio la espalda, lo cual no era tan grosero viniendo de un anciano como habría sido viniendo de un joven. Pero aunque estaba de espaldas, le oyeron murmurar—: Escuela para ratas del lodo.
—Sin duda es uno de los Guardados —murmuró Edhadeya.
—Sí —susurró Luet—. Eso creo.
Eran demasiado bien educadas para reírse abiertamente del anciano, o al menos demasiado conscientes de las apariencias que debían guardar, ya que alguien podía reconocerlas como la hija del rey y la esposa y la hija del sumo sacerdote.
Cuando llegaron frente a las tres casas que albergaban la escuela, comprendieron por qué el lugar era ideal para una escuela donde convivirían las tres especies. Calle arriba había un terreno sin cultivar con un bosquecillo de árboles añejos junto al cauce de un antiguo riachuelo. Había en el lugar algunas chozas donde debían de vivir algunos humanos pobres, y también techos de paja en los árboles donde se instalaban los ángeles sin dinero. Eso habría bastado para considerar humilde la barriada, pero es que además vieron que ambas márgenes del riachuelo estaban llenas de túneles donde vivían los libertos que, después de derrochar rápidamente su prima, vivían ahora en la más extrema pobreza, trabajando como jornaleros si gozaban de buena salud, o mendigando y hambrientos si no conseguían ningún trabajo. Akmaro enseñaba que la existencia de lugares como aquél demostraba que la gente de Darakemba era indigna de la gran riqueza y de la prosperidad que le había concedido el Guardián. Muchos pobres sobrevivían sólo porque los Guardados llevaban comida a la Casa del Guardián, comida que los sacerdotes y maestros repartían en los túneles. Algunos tenían el descaro de quejarse de que habrían estado dispuestos a aportar más de no saber que los cavadores perezosos serían los primeros beneficiados. ¡Como si aquella gente no se hubiera pasado la mitad de la vida trabajando esclavizada en las casas de los ricos!
Si la tal Shedemei había optado por abrir la escuela cerca del lugar donde vivían los cavadores, entonces eso significaba que su propósito de aceptar a niñas del suelo iba en serio. Pero también que la brisa de las montañas del oeste llevaría el penetrante olor del riachuelo hasta la escuela. El río de las Ratas, lo llamaban algunos. Akmaro lo llamaba el río del Guardián. La gente fina nunca lo mencionaba.
Como las puertas de las tres casas estaban abiertas, y en los tres porches había muchachas jóvenes que recitaban en voz baja, memorizaban o simplemente leían, costaba distinguir la entrada principal. Pero tanto daba, pues Shedemei en persona salió a recibirlas.
Chebeya supo de inmediato que era Shedemei, por su aplomo y porque las saludó con un apresuramiento que poco respetaba las normas de cortesía.
—Las más pequeñas se están preparando para dormir la siesta —dijo—. Así que, por favor, hablad en voz baja en el corredor.
Dentro de la escuela, descubrieron que Shedemei debía de haber alquilado las casas vecinas y otras de la manzana, pues las niñas dormitaban a la sombra de unos viejos árboles en el patio central… las que no colgaban de sus ramas más bajas. Chebeya vio a varias mujeres adultas que se acercaban a cada una de las niñas, ayudándolas a acomodarse y dando de beber a algunas. ¿Esas mujeres eran maestras o criadas? ¿Esa distinción era válida en aquel lugar?
—No puedo creerlo —murmuró Edhadeya.
—Sólo son niñas que duermen —dijo Chebeya, sin entender la sorpresa de Edhadeya.
—No, quiero decir… ¿es posible que ésa sea la vieja Uss-Uss? Me parecía viejísima cuando era criada en mis aposentos, y no la he visto desde… oh, hace tanto tiempo que creía que había muerto; pero allí, caminando hacia esa puerta…
—Nunca conocí a tu legendaria Uss-Uss —dijo Luet—, así que no puedo ayudarte a reconocerla.
Chebeya vio a qué mujer se refería Edhadeya: una cavadora vieja y encorvada que arrastraba los pies con lentitud.
Shedemei regresaba del patio. Edhadeya le preguntó:
—Esa mujer del suelo que está entrando en la casa… no será Uss-Uss, ¿verdad?
—Te agradezco que no la hayas llamado —dijo Shedemei—. Un grito no habría servido más que para molestar a las niñas, porque tu vieja criada está completamente sorda. De paso, aquí la llamamos Voozhum.
—Voozhum, por supuesto. Yo también la llamaba así en los últimos meses, antes de su partida —dijo Edhadeya—. He pensado mucho en ella desde entonces.
—Es verdad —confirmó Luet.
Edhadeya se embarcó en sus remembranzas, con voz tierna y suave.
—Se fue de casa en cuanto Padre liberó a todos los esclavos que habían servido mucho tiempo. No me sorprendió que lo hiciera. Me dijo que soñaba con tener casa propia, aunque yo esperaba que se quedara como empleada libre. Fue bondadosa conmigo. Fue una amiga más que una criada. Ojalá se hubiese quedado.
Shedemei respondió con una voz que era como el graznido de un cuervo.
—No se fue, Edhadeya. La reina la despidió. Demasiado vieja. Una inútil. Y una mala influencia para ti.
—¡Jamás!
—Oh, Voozhum recuerda cada palabra. Las memorizó en el acto.
Edhadeya se negó a que la interpretaran mal.
—Quiero decir que nunca fue una mala influencia para mí. Me enseñó cosas: a ver más allá de mí misma, a… no sé todo lo que me enseñó. Está demasiado arraigado en mi corazón.
Shedemei se ablandó y cogió la mano de Edhadeya, que se sobresaltó, pues en teoría los extraños debían pedir permiso antes de tocar la persona de una hija del rey.
—Me alegra saber que la valoras —dijo Shedemei.
—Y a mí me alegra saber que está aquí —dijo Edhadeya. Chebeya sintió alivio cuando Edhadeya, lejos de protestar por la libertad que se tomaba Shedemei, aferró la mano de la directora—. En una buena casa, en el ocaso de su vida. Espero que sus deberes no sean pesados aunque sí verdaderos. Es demasiado orgullosa para no ganarse el sustento.
Shedemei rió entre dientes.
—Creo que sus obligaciones son bastante llevaderas, pero tan auténticas como las mías, ya que tenemos las mismas. Luet jadeó, se tapó la boca.
—Lo lamento —murmuró.
Chebeya intervino para disimular el embarazo de su hija.
—¿Entonces es maestra?
—La gente del suelo siempre la ha considerado sabia —dijo Shedemei—, una preservadora de las antiguas historias. Era muy famosa entre los esclavos. Mediaba en sus disputas, bendecía a sus hijos y oraba por los enfermos. Sentía especial afecto por la Insepulta.
Edhadeya asintió.
—Sí, la persona cuyo nombre llevas. Shedemei pareció divertida con estas palabras.
—Sí, esa misma. Creo que soléis llamarla «la esposa de Zdorab».
—Por respeto —dijo Chebeya— tratamos de no decir en vano el nombre de las Mujeres Originales.