Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—¿Qué estúpida religión es ésa? ¿Cuánto tiempo duraría Motiak si esperase que su pueblo lo obedeciera porque ama la ley y desea obedecerla?
—Pero de hecho, por eso le obedecen, Khideo.
—Le obedecen porque hay hombres con espadas, Ilihi.
—¿Pero por qué le obedecen los hombres con espadas? No tienen por qué hacerlo. En cualquier momento, uno de ellos podría irritarse tanto que…
—No me vengas con esto sólo por bromear —dijo Khideo—. No después de tantos años.
—No es sólo por bromear. Sólo señalo que un buen rey como Motiak es obedecido, en última instancia, porque los mejores y los más fuertes saben que la continuidad de su gobierno es buena para ellos. Su reino trae paz. Aunque no les gusten todas sus reglas, pueden encontrar una manera de ser felices en el imperio de Darakemba. Por eso le obedeces tú, ¿verdad?
Khideo asintió.
—He pensado en esto mucho tiempo. ¿Por qué el Guardián de la Tierra no impidió que mi padre hiciera las cosas que hizo? ¿Por qué el Guardián no nos condujo a la libertad en vez de obligarnos a servir tantos años en el sometimiento, hasta que llegó Monush? ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Cuál era el plan? Eso me tenía inquieto hasta que un día lo comprendí…
—¡Qué alivio! Creía que ibas a decirme que tu esposa te dio la respuesta.
Ilihi lo miró, herido, pero continuó.
—Comprendí que para el Guardián no tendría sentido tener marionetas que cumplieran su voluntad. Él desea compañeros. ¿Entiendes? Desea que seamos como él, que deseemos lo mismo que él desea, que busquemos los mismos objetivos, libre y voluntariamente, porque así lo queremos. Entonces se cumplirán las palabras de Binaro, y el Guardián vendrá a morar entre la gente de la Tierra. Khideo se estremeció.
—Si eso es verdad, Ilihi, soy enemigo del Guardián de la Tierra.
—No, amigo mío. Sólo tus ideas son enemigas del Guardián. Afortunadamente, eres más leal a tus amigos que a tus ideas… eso es parte de lo que el Guardián desea de nosotros. Más aún, me atrevo a decir que en el futuro, a pesar de que aborreces la mezcla de especies, serás recordado como uno de los mayores defensores de los amigos del Guardián.
—Ja.
—Mírate, Khideo. Toda esta gente comparte tus ideas, ¿pero quiénes son tus amigos? ¿A quiénes amas? A mí, a Akmaro.
—Amo a mucha gente, no sólo a vosotros.
—A mí, a Akmaro, a mi esposa…
—Detesto a tu esposa.
—Morirías por ella.
Khideo no supo qué responder.
—Y ahora, incluso a ese ángel informador. También morirías por él, ¿o no?
—Con tanta gente por la cual crees que moriría, es asombroso que todavía siga vivo —dijo Khideo.
—¿No es exactamente que otro te conozca mejor de lo que tú mismo te conoces?
—Sí —dijo Khideo.
—Sé que te exaspera. Pero una vez hubo un hombre que me conoció mejor de lo que yo mismo me conozco. Que vio en mí una fuerza cuya existencia yo desconocía. ¿Y sabes qué?
—Te exasperaba.
—Agradecí al Guardián la existencia de ese hombre. Y todavía ruego al Guardián que lo proteja. Todavía le digo al Guardián: él no es tu enemigo, aunque crea serlo. Cuídalo.
—¿Hablas con el Guardián?
—Continuamente, en la actualidad.
—¿Y él te responde?
—No —dijo Ilihi—. Pero a fin de cuentas no le he formulado ninguna pregunta. Así que la única respuesta que necesito es ésta. Miro a mi alrededor y veo que su mano guía el mundo que me rodea.
Khideo apartó la mirada y se tapó el rostro. Ni siquiera sabía por qué lo hacía. No era que sintiera una emoción fuerte, pero en ese momento no podía mirar a Ilihi a los ojos.
—Ve a ver a Motiak —susurró—. Cuéntale lo que debas contarle. Nadie te detendrá.
—Tal vez no —dijo Ilihi—. Pero si nadie te detiene a ti, será porque, sin saberlo, estabas cumpliendo desde siempre la voluntad del Guardián.
Ilihi lo besó —en el hombro, pues Khideo apartaba el rostro— y salió del jardín del gobernador de la tierra de Khideo. El gobernador permaneció en el jardín otra hora, hasta la lluvia del anochecer. Entró en casa empapado. No tenía ningún criado a quien reprender. Desde que había sabido que Akmaro y su esposa se encargaban ellos mismos de lavar y cocinar, Khideo hacía otro tanto. Khideo estaba dispuesto a emular a Akmaro, virtud por virtud, aspiración por aspiración, sacrificio por sacrificio. Nadie podría decir jamás que, aunque Khideo tuviera la razón, Akmaro era mejor hombre. No, tendrían que decir: Khideo era igualmente noble y, además, tenía razón.
Igualmente noble, y dueño de la razón; pero era Akmaro quien había conquistado la libre obediencia de Ilihi. Akmaro le había robado incluso ese trofeo, al cabo de tantos años.
Darakemba era la capital de un gran imperio, pero en algunos sentidos seguía siendo como un pueblo. Ciertos chismes llegaban rápidamente a las casas más importantes, así que Chebeya tardó pocas semanas en enterarse de la inauguración de una nueva escuela.
—La llama la Casa de Rasaro, imagínate qué atrevimiento.
—Le pregunté quién era la maestra, y me dijo que era ella misma.
—Afirma que enseñará tal como enseñaba la esposa del Héroe Volemak, ¡como si alguien pudiera saber semejante cosa!
—Ninguna de las niñas pertenece a lo que llamaríamos una buena familia, pero lo más increíble es que las mezcla con las hijas de… de…
—Esclavos —dijo Chebeya. Necesitaba hacer un esfuerzo heroico para abstenerse de recordar a aquellos amigos que su esposo y ella habían pasado la última década enseñando que los niños del suelo no eran menos valiosos para el Guardián que los niños medios o los niños del cielo.
—Y dicen que con gusto enseñaría a varones y niñas juntos, si algún padre tuviera la falta de criterio y decencia suficientes para consentirlo.
Tras ciertas consideraciones, Chebeya escribió una nota, y pidió a una maestra que vivía cerca de la escuela que la entregara. Era una invitación para que la nueva directora fuera a visitarla.
Al día siguiente recibió la nota de respuesta. Al pie habían garrapateado una frase: «Gracias, pero la escuela me ocupa todo el tiempo. Ven tú a visitarme, si lo deseas.»
Al principio Chebeya quedó desconcertada y, tuvo que admitirlo, se ofendió un poco. Al fin de cuentas, era la esposa del sumo sacerdote. ¿Y esa mujer rechazaba su invitación y a su vez la invitaba a visitarla? Y a que lo hiciera en la escuela, ni siquiera en una casa.
Chebeya se avergonzó de inmediato de su orgullo. Además, la nueva directora le resultaba ahora más interesante. Le contó a Luet lo que había oído y lo que había sucedido con su invitación, y Luet insistió en acompañarla. Cuando fueron a hacer la visita, Edhadeya se las había apañado para que la incluyeran en el grupo.
—Quiero ver cómo era la antigua Rasa, como maestra —explicó.
—Pero no creerás que esta escuela es como la legendaria escuela antigua, ¿verdad? —preguntó Chebeya.
—¿Por qué no? —dijo Edhadeya—. Por el simple hecho de tener una mujer al frente ya se parece más a la escuela de Rasa que cualquier otra que yo conozca.
—Dicen que los cavadores siempre han tenido escuelas de mujeres dirigidas por mujeres —dijo Luet.
—Pero esta mujer es humana —le recordó Edhadeya—. ¿O no?
—Se llama Shedemei —dijo Chebeya—. El nombre antiguo completo, no Sedma, como decimos ahora.
Las mujeres más jóvenes intentaron pronunciar el nombre.
—En esos tiempos debían de tener la boca configurada de otra manera —dijo Luet—. ¿Tanto ha cambiado nuestro idioma?
—Debe de haber cambiado para que los ángeles y los cavadores pudieran pronunciarlo —explicó Edhadeya—. Dicen que existían sonidos que ni la gente del cielo ni la gente del suelo podían repetir, y que ahora no existen.