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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Le dije: "Es usted insolente." Y ella se quedó allí acostada, riéndose de mí.. "Qué ínfulas se da usted, señorita Martin", dijo» "Parece su señoría por el modo de conducirse. Pero no lo es… para eso le falta mucho." Tuve que interrumpirla porque temía que fuese a decir algo espantoso, algo que yo no podría desconocer, por eso me apresuré a decirle: "Alguien está proporcionando whisky a Lady Saint Larston, y creo que es usted." Entonces volvió a mofarse, y al hacerlo desvió la mirada hacia el aparador. Me acerqué, lo abrí y las vi… botellas y más botellas… algunas llenas, otras vacías. Ella las consigue para Judith cuando… Justin ha procurado impedirle que beba.

—¿Qué puedes hacer tú al respecto, Mellyora?

—No lo sé y me preocupa.

—Esas burlas acerca de ti y de Justin me preocupan más que el hecho de que Judith beba.

—Somos inocentes y los inocentes nada tienen que temer —respondió ella con orgullo. Como no le contesté se volvió contra mí, vehemente, acusándome—: No me crees.

—Creo siempre en lo que me dices, Mellyora. Pensaba en tus palabras: "Los inocentes nada tienen que temer." Me preguntaba hasta qué punto son ciertas.

* * *

Al día siguiente, Johnny fue a Plymouth por asuntos familiares. Era extraño cómo parecía haberse vuelto respetable desde nuestro casamiento; yo podía creer que en veinte años habría hecho olvidar su anterior reputación. La vida era extraordinaria. Justin que se había casado tal como lo decidieran sus padres, estaba perdiendo su renombre, pues sin duda lo que más interesaba ahora a los criados era el caso de Justin, Judith y Mellyora. En cambio Johnny, que había deshonrado a la familia casándose con una criada, estaba demostrando la sabiduría de su elección. Era, en verdad, un giro irónico en los acontecimientos.

Me preguntaba si Johnny me era infiel. No me importaba mucho. Mi posición estaba asegurada. Ya había recibido de Johnny todo lo que quería.

Cuando volvió, traía consigo al elefante. Estaba hecho de tela gris y tenía ruedas en los pies, lo cual permitía arrastrarlo. Desde entonces vi elefantes más grandes y mejores, pero en ese momento parecía espléndido. Medía unos treinta centímetros de altura; tenía por ojos dos botones de bota, una magnífica trompa, una cola correspondientemente majestuosa y dos blandas orejas. Rodeaba su cuello una fina banda de cuero rojo, a la cual iba unido un cordón también rojo.

Johnny entró en el cuarto infantil llamando a Carlyon. Solemnemente nuestro hijo retiró la envoltura de la caja, que parecía tan grande como él; sus manecitas tironearon del papel de seda y allí, revelado en toda su gloria, estaba el elefante.

Carlyon lo miró con fijeza, tocó la tela gris, puso los dedos sobre los ojos de botón. Después me miró, y luego a Johnny.

—Es un elefante, cariño —le dije.

—Nelifante. —repitió él maravillado. Johnny lo sacó de su caja y puso el cordel en la mano de nuestro hijo, mostrándole cómo arrastrarlo consigo. En silencio, Carlyon arrastró el juguete por la habitación; luego se arrodilló y le ciñó el cuello con los brazos. —Nelifante —dijo extasiado—. Mi Nelifante. Experimenté unos celos momentáneos porque Johnny le había dado algo que a él tanto le gustaba. Siempre quería ser la primera en su cariño. Era un rasgo que yo deploraba, pero que no podía evitar.

Carlyon adoraba a su elefante. El juguete permanecía junto a su cama por la noche; lo arrastraba consigo dondequiera que iba. Siguió llamándolo su Nelifante y fue natural que esto se abreviase como Nelly. Le hablaba a Nelly, le cantaba a Nelly; causaba alegría verlo tan embelesado con ese objeto.

Mi único pesar era que no se lo había regalado yo.

* * *

Ese verano hubo en el Abbas siniestras corrientes subterráneas. La situación había empeorado desde la llegada de Fanny, que no sólo proporcionaba bebida a Judith sino que fomentaba sus sospechas. Odiaba a Mellyora y ambas, ella y Judith, trataban de volver intolerable la situación de Mellyora en el Abbas.

Mellyora no me hablaba de todos los insultos que debió soportar, pero hubo ocasiones en que tan alterada estaba, que no pudo callárselos.

Nunca me había gustado Justin, porque sabía que yo no le gustaba a él. Estaba convencido de que yo había embaucado a Johnny para que se casara conmigo, y era demasiado patricio para aceptarme de buen grado en la familia; si bien siempre era fríamente cortés, nunca evidenció la menor amigabilidad hacia mí, y me inclinaba a pensar que no aprobaba totalmente la amistad de Mellyora conmigo.

Poca simpatía tenía ya por él; pero amaba a Mellyora y no quería verla humillada. Además, ella quería a Carlyon, que le tenía afecto; era una excelente niñera y sería una buena institutriz para él. Creo que lo que yo realmente quería era que las cosas siguieran tal como estaban, conmigo como virtual ama del Abbas; Mellyora en una posición que me debía y que la ponía en continua necesidad de mi protección; Justin, melancólico, enamorado de una mujer que le estaba prohibida, víctima él de un matrimonio sin amor; Johnny, mi marido, aún fascinado por mí, dándose cuenta de que en mí había mucho que él no entendía, admirándome más que a ninguna otra mujer que él hubiese conocido; yo misma poderosa, dueña de las cuerdas que movían a mis marionetas.

Pero Judith y la abominable Fanny planeaban deshacerse de Mellyora.

La gente enamorada es propensa a hacer el avestruz. Hunden la cabeza en tierra y creen que, porque ellos no ven a nadie, nadie los ve. Hasta un hombre de sangre tan fría como Justin podía enamorarse y ser un necio. Él y Mellyora decidieron que debían encontrarse en un sitio donde pudieran estar solos; a veces salían a caballo, aunque no juntos, y se encontraban, aunque nunca dos veces en el mismo lugar. Los imaginaba caminando junto a sus caballos, conversando muy formales antes de despedirse para regresar a casa por separado. Pero, por supuesto, se notó que ambos desaparecían las mismas tardes.

Esto era lo único que ellos se permitían hacer. Yo tenía la certeza de que nunca habían sido amantes en los hechos. Tal vez Mellyora se habría tentado, si su enamorado hubiese tenido un temperamento más fogoso. La coerción tendría que venir de parte de Justin.

Pero tal situación, por más decididos que estuviesen los actores principales a proteger su honor y cumplir su obligación, era como estar sentados sobre un barril de pólvora. En cualquier momento podía haber una explosión; Fanny —y tal vez Judith también— estaba decidida a que la hubiese.

Una mañana, cuando bajé a la cocina para dar las órdenes del día, oí por casualidad un comentario que me intranquilizó. Fue Haggety quien lo hizo, y la señora Rolt lo celebró con risitas. Fanny los había visto juntos. Fanny sabía. Las hijas de párrocos eran iguales que cualquier mujerzuela de aldea, si se les ofrecía alguna oportunidad. Fanny averiguaría la verdad, y entonces alguien iba a lamentarlo. Se podía confiar en Fanny, pocas cosas se le escapaban.

Cuando entré en la cocina hubo silencio. Con mi temor por Mellyora se mezcló mi orgullo por el modo en que mi presencia podía hacerlos callar.

No di ningún indicio de que había oído lo que ellos estaban diciendo; simplemente pasé a dar órdenes. Pero cuando bajé, estaba pensativa. Si Fanny no se iba pronto, habría problemas, cuyo resultado sería que Mellyora tendría que abandonar el Abbas. ¿Qué sucedería entonces? ¿La dejaría ir Justin? Muchas veces podía forzarse una decisión, y cuando lo era, ¿cómo se podía estar seguro del modo en que obraría la gente? Fanny debía irse; pero ¿cómo podía yo despedir a la criada de Judith?

Fui a la habitación de Judith. Eran las primeras horas de la tarde, y yo sabía que después del almuerzo ella se retiraba a su cuarto para aturdirse con la bebida.

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