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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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La capa de nubes se había rasgado. Una mancha oscura dejó ver tres estrellas sobre Grefsenkollen. El viento había comenzado a soplar cuando empezaron a caminar, y la temperatura debía de haber descendido. Inger Johanne juntó las manos y sopló aire caliente dentro de sus guantes de lana. El gesto dejó una humedad fría tras de sí; metió las manos en los bolsillos sin quitarse los guantes.

– Cada vez son más las lesbianas que tienen hijos -continuó-. A fin de año se sancionó una ley de matrimonios que es neutra en lo concerniente al sexo y que les confiere los mismos derechos para la inseminación que tienen los heterosexuales. En los últimos años, los homosexuales también entraron en el juego, van a los Estados Unidos y buscan allí donantes de óvulos y madres de alquiler. Todo esto ha llevado a que… -Comenzaron a caminar otra vez-. ¿Sabes cómo llaman a esos niños? -preguntó súbitamente y con vehemencia-. ¡Semihechos! ¡Niños construidos!

Karen se encogió de hombros.

– La historia se repite -dijo débilmente-. Nada nuevo bajo el sol. Cuando se celebró el primer matrimonio entre blancos y negros también se argüía que eso estaba en contra del mensaje divino. En contra del deseo de Dios y de la naturaleza, de las maneras y los usos, y en contra de todo a lo que estábamos acostumbrados. A sus hijos también les ponían nombres: Half-castes. En realidad suena como «a medio cocinar». -Suspiró profundamente-. Ya pasará, Inger Johanne. ¡Dentro de pocos días tendremos un presidente half-caste! Hace seis años, nadie, absolutamente nadie, creía que primero tendríamos una presidenta y después un afroamericano. Una pena lo de Helen Bentley, a propósito, que no quiera seguir durante más tiempo. Todo lo que tengo que decir de Obama es bueno, pero en el fondo…

Se habían hecho las doce. Un bus se aproximó coleando. El conductor bostezó cuando pasó por su lado, pero las salpicó cuando un gato saltó de improviso al camino y lo obligó a frenar bruscamente.

– En el fondo pienso que era una victoria todavía más grande tener una presidenta, una mujer -dijo Karen en voz baja, como confiando a Inger Johanne un secreto peligroso-. Y cuando la persona más poderosa entre los líderes mundiales dice que va a arrojar la toalla para cuidar de su familia después de estar tan sólo cuatro años en la Casa Blanca, me reservo el derecho a no creerla.

Inger Johanne trató de mantener la sonrisa. No sentía muy a menudo la necesidad de compartir con alguien la historia de los dramáticos acontecimientos de mayo de 2005. Los días que había pasado con Helen Bentley en un apartamento de Frogner, mientras todo el mundo suponía que la presidenta estadounidense había muerto, se habían vuelto con los años un recuerdo encapsulado que abría muy de vez en cuando para observarlo de cerca. Estaba obligada a callar, en atención a la seguridad tanto de Noruega como de los Estados Unidos, y había cumplido todas las promesas que había realizado. Ahora, por primera vez, estaba tentada de romperlas.

– No había oído nada de The 25'ers -dijo, en cambio-. Cuéntame más.

Habían llegado a Gullhaug Torg.

Karen cambió de hombro el bolso. Abrió la boca un par de veces sin decir nada, como si no supiese del todo qué palabra elegir.

– Ira -dijo finalmente-. Mientras que el resto de los movimientos de odio crecen en la rabia, los prejuicios y la religiosidad tergiversada, las organizaciones como The 25'ers se basan en «la santa ira». Es otra cosa. Algo mucho más peligroso.

Se detuvieron en el puente sobre el río Aker y se apoyaron en las barandas. El caudal era escaso, y en las márgenes se habían formado hermosas esculturas de hielo.

– ¿Cómo…, cómo financian sus actividades estas organizaciones?

– Varía -respondió Karen-. En lo que respecta a las sociedades religiosas extremistas, lo hacen como todas las otras sociedades de credos. Regalos limitados y partidarios espléndidos. No son tan caras de manejar. Cuando se trata de grupos más militantes, ellos también recolectan dinero de sus seguidores. Hay, sin embargo, buenas razones para creer que algunos de los medios con los que cuentan provienen en parte de crímenes importantes.

Hizo una pausa y examinó un hermoso arco de hielo azul oscuro que se había formado entre dos rocas.

– El Ku Klux Klan y Aryan Nations, por ejemplo. Mientras que como tradición el KKK dirigió su odio fundamentalmente contra los afroamericanos (y todos sabemos cuántas vidas han segado a lo largo de la historia), Aryan Nations se basa en una noción pseudoteológica según la cual los anglosajones, no los judíos, son el pueblo elegido por Dios. También odian a los negros, por supuesto, pero los judíos son para ellos como un virus en el cuerpo sano de la humanidad. Cuentan con una enorme adhesión en las cárceles, lo que es una política deliberada por parte de los líderes. El dinero lo obtienen de… -Se inclinó hacia Inger Johanne y le mostró la mano izquierda, contando con los dedos-. Estafa, atracos, drogas, robos de bancos. -Los cuatro dedos se extendieron frente a ella antes de que finalmente extendiese también el pulgar-. Y asesinato. Encargos, por ejemplo. Hay intermediarios en estas cosas, ¿sabes?

Inger Johanne sabía muy poco sobre asesinatos por encargo, y no contestó.

– Un intermediario obtiene una orden para un asesinato -explicó Karen-. Si la víctima es por casualidad homosexual, uno puede alquilar a uno de los que cree que ese tipo de persona debería morir de todas maneras. Si la víctima es negra, uno busca una organización que… -Encogió los hombros significativamente-. Entiendes el cuadro -dijo, y aspiró aire por la nariz.

Un pato solitario se había echado sobre la orilla izquierda para pasar la noche. Sacó el pico del ala y las miró con la esperanza de que algunos trozos de pan duro le llegasen de las damas del puente. Al ver que no sucedía nada de eso, escondió la cabeza de nuevo y se hizo otra vez una oscura bola de plumas.

– Por lo que respecta a The 25'ers, podemos decir muy poco de ellos -aseguró Karen-. Hasta ahora sabemos, por lo menos, que nos recuerda a The Order, que en los ochenta apareció como una facción del KKK y AN. Querían montar una revolución y manejar el Gobierno de los Estados Unidos. Nada menos. La diferencia más sobresaliente entre ellos y estos grupos nuevos es la colaboración entre las diferentes religiones. Y desgraciadamente no están solos. Tenemos, por ejemplo, otra facción de…

Inger Johanne apoyó el brazo sobre el hombro de Karen.

– Detente -sonrió-. No quiero escuchar más. Ha sido una dosis más que suficiente sobre el odio para una noche. Quisiera hablar más de tus chicos, de tu marido, de…, ¡de tu hermano! ¿Todavía es tan Don Juan?

– You bet! Ya va por su tercer matrimonio.

Inger Johanne colocó su mano bajo el brazo de Karen mientras seguían caminando.

– Ahora ya falta poco -dijo guiándola hacia la derecha-. Yngvar se va a alegrar tanto de que hayas venido.

Era cierto. Él se iba a alegrar, independientemente de lo tarde que ya era.

Una vez que las niñas, el trabajo, la casa y el resto de la familia estaban servidos, Inger Johanne se quedaba generalmente exhausta. Junto con Yngvar asistían a alguna que otra cena, en su mayor parte en casas de antiguos amigos de ella, pero Inger Johanne siempre temía esas ocasiones. No solían invitar a nadie. Era siempre agradable, pero a ella le quitaba fuerzas durante varios días, antes y después. Yngvar, por el contrario, era hábil para dedicarse a sus cosas, apenas le sobraba una hora. A pesar de que también ocupaba mucho de su tiempo con Amund -su nieto, que todavía era un bebé cuando la hija mayor de Yngvar y su primera mujer fallecieron en un accidente trágico-, tenía muchos amigos, con los que se encontraba con frecuencia. Últimamente y además de eso, había empezado a insistir en que quería comprar de nuevo un caballo. Como si tuviese diez o doce horas a la semana que no supiese bien en qué gastar.

Y él siempre insistía a su mujer: «Sal. Invita a alguien. Busca un amigo y ve al cine». Y más a menudo de lo que ella quería pensar le decía: «Kristiane se las puede arreglar perfectamente sin ti durante un par de horas».

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