Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– ¿Y cómo se puede acceder, sargento? Tengo la impresión de que el teatro, abarrotado de carteles, equipo, trajes y todo eso, ha de ser uno de los edificios mejor vigilados del colegio.
– Oh, estaría cerrado con llave, desde luego, pero eso no representa ningún problema. Lo investigué antes de empezar. Frank Orten nos dijo que las llaves se guardan en dos sitios; en su oficina y en los casilleros que hay fuera de la sala de descanso de los profesores. Su oficina no está cerrada con llave durante el día, y si Orten estaba ausente, cualquiera pudo entrar sin que nadie le viera, coger las llaves que llevaran la etiqueta «teatro» y confiar en su suerte. Y si de día es arriesgado realizar una maniobra semejante, una tarjeta de crédito o cualquier objeto de plástico similar basta por la noche para entrar en la oficina en menos de quince segundos. Su seguridad es patética. Me parece imposible que no les hayan robado hasta la camisa.
– ¿Qué sabe de los casilleros que hay al salir de la sala de descanso de los profesores?
– Peor aún. Frank Orten nos dijo que la sala de descanso está cerrada con llave, que sólo los profesores y las mujeres de la limpieza tienen llaves, ¿verdad? Bien, esta mañana no estaba cerrada. Entré sin el menor problema. Y los casilleros no sólo llevan una etiqueta con el nombre del profesor, sino que de la mitad, como mínimo, cuelga la llave. Basta con saber qué profesor utiliza determinada llave, y después colarse en la sala de descanso y ya está.
– Estamos como al principio. Todo el mundo tuvo acceso. Todo el mundo tuvo la oportunidad.
– ¿De qué?
– De secuestrar a Matthew después de comer y esconderle en algún sitio hasta poder disponer de él libremente. Pero ¿quién no tuvo la oportunidad? -Lynley reflexionó sobre la pregunta. Algo que John Corntel había dicho aguijoneó su memoria-. Vamos a buscar a Cowfrey Pitt.
Aunque el recreo de la mañana aún no había terminado, el profesor de alemán no se hallaba con los demás profesores en la sala de descanso. Lynley y Havers le localizaron en su aula de la primera planta, en el lado oeste del patio cuadrangular. Estaba escribiendo con letra apenas legible en la pizarra, trazando descuidados signos en diversos sitios, como una modalidad privada de código Morse. Cuando Lynley pronunció su nombre, siguió escribiendo y no se volvió hasta haber concluido el trabajo a plena satisfacción. Ilustró este punto retrocediendo, examinándolo con aire crítico, borrando algunas palabras y reescribiéndolas con escasa mejora. Luego, dedicó su atención a los visitantes.
– Ustedes son de la policía -dijo-. No se molesten en presentarse, su reputación les ha precedido. Tengo clase dentro de diez minutos.
Proporcionó la información con indiferencia, limpiándose manchas de yeso diseminadas sobre la manga de su toga. El gesto implicaba una falta total de interés por su apariencia, pues el color de la toga era más gris que negro, y los hombros estaban cubiertos de caspa y polvo.
La sargento Havers cerró la puerta y se quedó cerca de ella. Dirigió una mirada a Pitt que logró ser al mismo tiempo indiferente y expresiva. Comunicó al profesor de alemán que, si bien su clase empezaba dentro de diez minutos, la iniciaría cuando la policía lo considerase apropiado, pero no antes.
– No tardaremos mucho -dijo Lynley a Pitt-. Clarificaremos unos cuantos puntos y nos iremos.
– Un grupo de sexto superior aparecerá de un momento a otro, ¿saben? -Pitt dio la noticia como si bastara para determinar la duración del interrogatorio que iba a padecer. La sargento Havers se apoyó contra la pared, insinuando que no tenía prisa por marcharse. Al observar su actitud, Pitt continuó-. Bien, clarifique, inspector, clarifique. Hágalo, por favor. No permita que yo se lo impida.
Lynley caminó hacia la ventana. El aula daba al patio cuadrangular, y frente a ella se alzaba el campanario. La altura del tejado constituía una tentación que, sin duda, ningún alumno de Bredgar deseoso de demostrar su valor podía resistir.
– ¿Qué puede decirme acerca de la hoja de dispensa que permitió a Matthew Whateley librarse del partido de hockey del viernes por la tarde?
Pitt no se movió de detrás de su escritorio. Apoyó los nudillos sobre la superficie. Se veían agrietados y doloridos.
– Muy poco. Era un formulario de la enfermería y llevaba su nombre escrito. Nada más.
– ¿Sin firma?
– ¿Se refiere a la de Judith Laughland? Sin ninguna firma.
– ¿Es normal recibir una hoja de dispensa con el nombre del chico, pero sin la firma de la responsable de la enfermería que verifique su autenticidad?
Pitt se removió inquieto. Levantó una mano hacia su cabello grasiento. Se tiró de un mechón que se rizaba alrededor de su oreja izquierda.
– No. Suele firmarlas todas.
– Suele, pero ésa no iba firmada.
– Es lo que he dicho, inspector.
– No hizo nada para comprobar su autenticidad, ¿verdad?
– Exacto. No la verifiqué.
– ¿Por qué no, señor Pitt?
– No tuve tiempo. Iba a llegar con retraso al partido. Ni siquiera le presté atención. Matthew Whateley ya se había excusado de algunos partidos. La última vez fue hace tres semanas, de hecho. Si pensé en algo cuando vi la nueva dispensa, fue que había vuelto a utilizar el viejo truco y que iría a verle después, pero se me olvidó. Si eso es un delito, deténgame.
– ¿Qué ocurrió hace tres semanas?
– Me trajo en persona una hoja de dispensa, firmada por la señorita Laughland. Si quiere que le dé mi opinión, era falsa. Trataba de fingirse enfermo y hasta tosió para demostrar su autenticidad, pero si la señorita Laughland cayó en la trampa, ¿quién era yo para protestar? Le dejé marchar.
– ¿Adónde?
– A la cama, supongo. A su cuarto, o a la sala de estudio. No tengo ni idea. No le seguí.
– Yo, en su lugar, habría sospechado al ver una segunda hoja de dispensa tan pronto después de la otra, señor Pitt. Sobre todo si ésta no iba firmada y la anterior sí.
– Pues yo no. Así de claro. Le eché un vistazo y la tiré a la papelera. -Pitt cogió un trozo de tiza de su escritorio. La hizo rodar sobre su palma, guiándolo con el pulgar. Un timbre sonó en el exterior. Anunciaba que faltaban cinco minutos para la clase siguiente.
– Ha dicho que iba a llegar con retraso, pero era después de comer, ¿no es cierto? ¿Se había alejado del campus?
– Fui a Galatea. Me había… -Suspiró, pero parecía tenso, más a la defensiva que derrotado-. Muy bien. Si quiere saberlo, me había peleado con mi mujer. Perdí la noción del tiempo. El único motivo por el que me paré en mi casilla y vi la hoja fue que iba cargado con un montón de papeles a mi aula. Vi la hora en el campanario y comprendí que no tendría tiempo de llevarlos a mi aula y volver al campo de deportes antes de que los chicos empezaran a destrozar el césped.
– ¿Por unos cuantos minutos de retraso? ¿Habría sido un delito, señor Pitt, dejarlo todo y correr hacia el campo?
– Un delito espantoso para Lockwood, sobre todo en mis circunstancias, casado con una mujer muy aficionada a la botella. ¿Quiere que me exprese con mayor claridad, inspector? Tenía demasiados problemas en la cabeza para preocuparme por Matthew Whateley.