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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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34

En los meses siguientes, mientras la primavera cedía paso al verano, mi vida se convirtió en una agonía de espera. No supe nada más de Leonardo, no recibí ninguna carta o preciosos bocetos desde Milán. Todavía peor, no supe nada más de Giuliano.

Su hermano mayor, en cambio, daba motivos más que suficientes para alimentar rumores por toda la ciudad. Piero dedicó su atención más a los deportes y a las mujeres que a la diplomacia y la política. Siempre se había dicho que a su padre le desesperaba la escasa inteligencia y la arrogancia de Piero.

Particularmente la arrogancia, y Lorenzo no se había equivocado. Solo unos meses después de la muerte del Magnífico, Piero consiguió enemistarse con dos de los más íntimos consejeros de su padre, y la mayoría de los regentes. Tampoco ayudó mucho que su madre, Clarissa, perteneciese a la noble y poderosa familia Orsini, que se tenían por príncipes, ni que Piero estuviese casado con Alfonsina Orsini, de Nápoles. Por estas razones, se le consideraba un extraño: solo un tercio florentino y dos tercios de autoproclamada realeza.

Savonarola se aprovechó de ello con mucha astucia en sus sermones, alentó a los pobres para que se levantasen contra sus opresores, aunque siempre evitando mencionar a Piero por su nombre. El sentimiento contra los Médicis fue en aumento; por primera vez, los ciudadanos comenzaron a hablar abiertamente contra la familia, en las calles e incluso en los grandes palazzi.

Yo, en mi padecer, ya no podía encontrar excusas para no asistir a los sermones de fray Girolamo. Los toleraba, con la ilusión de que mi obediencia de hija ablandaría el corazón de mi padre y evitaría que rechazara a Giuliano como pretendiente. Por lo tanto, me encontré yendo a San Lorenzo dos veces al día, para escuchar la prédica del desquiciado fraile dominico. A finales de julio, tras la muerte del papa Inocencio, Savonarola proclamó que era otra muestra de la ira de Dios; a mediados de agosto, cuando un nuevo papa ocupó la cátedra de San Pedro, Savonarola estaba rabioso. El cardenal Rodrigo Borgia, ahora papa Alejandro VI, se atrevió a instalarse en el Vaticano con sus tres hijos ilegítimos: César, Lucrecia y Jofre. Además, a diferencia de los anteriores cardenales y papas, no se refería a ellos como sobrinos; insistía con todo descaro en que se los reconociese como sus hijos. Los rumores hablaban de la presencia de prostitutas en el palacio papal, de orgías y borracheras. Esta era una prueba de que el castigo de Dios era inminente.

Zalumma se sentaba a mi lado en el templo, con los párpados entrecerrados y una expresión distante. Era obvio que no pensaba en las palabras del profeta, como cualquiera hubiese podido creer; yo sabía que en su imaginación se encontraba en alguna otra parte, quizá en las lejanas montañas donde se había criado. Yo también estaba en otra parte. En mi mente, evocaba la villa de Castello, y los tesoros artísticos que albergaba, o repetía en mi memoria la visita al despacho de Lorenzo, revivía el deslumbrante brillo del gran rubí o la suavidad de la copa de calcedonia de Cleopatra.

Estos recuerdos me consolaban mientras escuchaba las palabras de Savonarola; me consolaban mientras cenaba cada noche con mi padre y Giovanni Pico, que bebía en exceso y a menudo acababa llorando. Mi padre se lo llevaba a su despacho, y allí hablaban en voz baja hasta altas horas de la noche.

Llegó el otoño, luego el invierno, y el año nuevo. Por fin, Zalumma me entregó una carta con el sello de los Médicis. La abrí dominada por un sentimiento donde se mezclaban la desesperación y una desbordante alegría.

«Madonna Lisa», decía, y con estas dos palabras distantes, se desmoronaron mis ilusiones:

No sé qué hacer. Piero se ha negado sistemáticamente a darme su consentimiento para que me case contigo; busca para mí una esposa que favorezca los intereses de la familia y asegure mejor su posición como sucesor de mi padre. Solo piensa en la política, y no hace caso del amor. Mi hermano, el cardenal, Giovanni, está decidido a que me case con una Orsini, y no quiere hablar de ninguna otra candidata.

No lo aceptaré. Te cuento estas cosas no para desalentarte, sino para explicarte mi largo silencio y comunicarte tanto mi frustración como mi determinación. No me casaré con nadie más. No poder verte no ha enfriado mi deseo; al contrario, lo ha avivado. Día y noche solo pienso en ti, y en el modo de estar juntos. Acabaré por encontrarlo.

Muy pronto estaré contigo, amor mío. Créeme.

Giuliano

Dejé caer la carta sobre mi regazo y lloré a lágrima viva. No tenía fe en la bondad de Dios, en las implacables enseñanzas de Savonarola, en la capacidad de Giuliano para poder escapar de las exigencias del deber y la posición. No era más que la hija de un comerciante de paños por la que Lorenzo había sentido un incomprensible interés, y por la que Giuliano había sido lo bastante tonto como para enamorarse aunque, por supuesto, con un amor que no tardaría en desaparecer.

Quería acercar la carta a la llama de la lámpara y quemarla, romperla en mil pedazos, arrojarlos al aire y verlos caer como motas de polvo.

Tonta de mí, la doblé cuidadosamente y la guardé con otros recuerdos: el medallón de Juliano, y el de Cosme con el escudo de los Médicis; el dibujo de Leonardo, y su carta; y las misivas de Giuliano, incluida aquella que me había pedido expresamente que destruyese.

35

El año 1493 -el año posterior a la muerte de Lorenzo, y el primero completo del gobierno de Piero- fue muy duro para mí. Comenzaron las menstruaciones y tuve que hacer lo imposible para ocultárselo a mi padre; llegué al extremo de sobornar a la lavandera para que no hablase de las sábanas manchadas. Incluso así, mi padre comenzó a hablar de posibles candidatos para el matrimonio. Había mantenido la promesa hecha a mi madre, afirmó; no era culpa suya que Lorenzo hubiese muerto antes de proponer un nombre, y, desde luego, no se podía confiar mi destino al idiota de Piero, que ya había demostrado su incapacidad como casamentero de Florencia: había permitido diversos matrimonios que habían provocado las iras de las viejas familias nobles. No, mi padre tenía en mente a un hombre distinguido, bien situado en la sociedad florentina pero también muy pío, y cuando fuese el momento oportuno, lo recibiría como mi pretendiente.

Por fortuna, yo era muy joven, y las charlas de mi padre sobre un marido no fueron más allá. A pesar de nuestra difícil relación, sabía que mi padre me quería, y que añoraba muchísimo a mi madre. Yo era su único vínculo con ella, y, por lo tanto, le costaba mucho separarse de mí.

Aquel mismo año, la leyenda del papa angélico -la del papa ultraterrenal que sería elegido por Dios, y no por el hombre- se mezcló con otra vieja historia que hablaba de la llegada de un segundo Carlomagno que purificaría la Iglesia. Dicho Carlomagno uniría a la cristiandad bajo la guía espiritual del papa angélico.

No ayudó mucho que el rey francés se llamase Carlos, o que escuchase las leyendas y las tomase al pie de la letra. Menos todavía que fijase sus miras en Nápoles, y decidiese que el territorio sureño junto al mar le pertenecía. Después de todo, había sido arrebatado del control francés solo una generación atrás por el padre del viejo rey Fernando, Alfonso el Magnánimo. Los barones leales a los franceses aún vivían en la ciudad y estaban dispuestos a empuñar las espadas a favor de su verdadero rey, Carlos.

Savonarola aprovechó estas ideas y las combinó con sus visiones sagradas. Era lo bastante astuto como para no insinuar directamente que él era el papa angélico, pero comenzó a predicar que Carlos blandiría la espada vengadora del Señor. Carlos flagelaría a Italia y haría que, arrepentida, se pusiese de rodillas; los fieles debían recibirlo con los brazos abiertos.

Quizá fray Girolamo y sus más devotos seguidores estaban ansiosos por ver a un rey extranjero invadir Italia, pero a todos los que yo conocía les asustaba la idea. La sensación de una catástrofe inminente flotaba sobre todos nosotros. Para final de año, todos en Florencia eran conscientes de que Carlos planeaba invadir Nápoles en junio.

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