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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Pero, una vez que la calesa pasó bajo los arcos de los dos acueductos que abastecían a las populosas colinas nordeste de la ciudad, el panorama cambiaba. Por todas partes se veían campos de labrantío y viveros y, luego, pastos y campos de trigo.

A pesar de los desperfectos causados por las lluvias en la Via Tiburtina, que mostraba erosionada la gruesa capa de grava y polvo de toba que recubría las losas, los pasajeros de la calesa iban muy contentos. El sol calentaba atemperado por la brisa, la sombrilla de Nicopolis era lo suficientemente amplia para dar sombra a los dos y las mulas se portaban bien. Sila sabía de sobra que no convenía forzar la marcha y dejó a los animales que trotaran tranquilos a su paso.

No se podía cubrir en un día el viaje de ida y vuelta a Tibur, pero el paraje preferido de Sila estaba apenas comenzar la subida a Tibur, a cierta distancia de Roma, en un bosque que se extendía hasta las estribaciones cada vez más elevadas de la Gran Roca, la montaña más alta de Italia. La carretera cruzaba el bosque en diagonal, cosa de una milla, antes de adentrarse por campo abierto y seguir hacia el valle del Anio, una región sumamente fértil y agrícola.

Pero aquel tramo de bosque de una milla era camino más difícil, y Sila salió de la carretera y condujo a las mulas por una senda de carros que discurría entre los árboles y luego moría.

– Ya hemos llegado -dijo, saltando del pescante y acercándose a Nicopolis para ayudarla a apearse-. Ya sé que el lugar no parece muy bonito, pero si andamos un poco te enseñaré un paraje que compensa el viaje.

Primero quitó el arnés a las mulas y las trabó; luego puso la calesa a la sombra, cogió el cesto y se lo colgó al hombro.

– ¿Cómo es que manejas tan bien las mulas y los arneses? -inquirió Nicopolis, siguiendo cuidadosamente los pasos de Sila entre los árboles.

– Eso lo sabe hacer cualquiera que haya trabajado en el puerto de Roma -contestó él por encima del hombro libre-. Ve despacio, que no falta mucho y no tenemos prisa.

Realmente era temprano. Como estaban a primeros de septiembre, las doce horas de luz diurna eran todavía largas de sesenta y cinco minutos, y aún faltaban dos horas para el mediodía.

– Es un bosque virgen -dijo Sila- y seguramente por eso nadie hace leña. Antiguamente en estas tierras se cultivaba trigo, pero cuando el grano comenzó a traerse de Sicilia, Cerdeña y la provincia africana, los agricultores marcharon a Roma y el bosque recuperó el terreno.

– Eres sorprendente, Lucio Cornelio -dijo ella-. ¿Cómo sabes tantas cosas del mundo?

– Es un don que tengo. Lo que oigo o leo se me queda.

Llegaron a un hermoso claro lleno de hierba y flores otoñales; margaritas, grandes macizos de rosales trepadores rosa y blancos y lupinas rosas y blancas de largo tallo. Cruzaba el claro un riachuelo muy crecido por las lluvias, con el lecho lleno de piedras desiguales, formando pozas y espumosas cascadas. El sol hacía brillar sus aguas, surcadas por libélulas y pajarillos.

– ¡Es precioso! -exclamó Nicopolis.

– Lo descubrí el año pasado, cuando estuve fuera unos meses -dijo él, dejando la cesta a la sombra-. Se me rompió una rueda de la calesa en el lindero del bosque, donde empieza la senda, y tuve que enviar a Metrobio montado en una mula a Tibur a que buscase ayuda. Y mientras esperaba estuve explorando los alrededores.

No le hizo gracia a Nicopolis que el odiado y temido Metrobio hubiese tenido el privilegio de haber visto primero aquel paraje, pero no dijo nada y se limitó a sentarse en la hierba, rendida, viendo cómo Sila sacaba de la cesta una gran bota de vino, que metió en un pequeño remanso del arroyo y sujetó con unas piedras. A continuación se quitó la túnica, las sandalias y todo lo que llevaba.

Aún era profunda la alegría que sentía Sila y tan cálida como el sol que acariciaba su piel; se desperezó sonriente y dirigió una mirada al claro con un afecto que nada tenía que ver con Metrobio ni con Nicopolis. Su placer se originaba simplemente en el hecho de verse libre de los agobios y frustraciones que jalonaban su vida cotidiana, soñando con algún lugar en el que el tiempo no corriera, la política no existiera, a los hombres no los dividieran clases y el dinero fuese algo por inventar. Sus ratos de felicidad eran tan escasos y espaciados a lo largo de aquella ruta de su vida, que los recordaba con nítida claridad: el día en que un revoltijo de líneas en un papel se transformó de pronto en ideas comprensibles; el momento en que un hombre en extremo amable y considerado le enseñó lo perfecto que podía ser el acto del amor; la estupenda emancipación al morir su padre, y el descubrimiento de que aquel claro del bosque era el único trozo de tierra que podía considerar suyo porque no era de nadie que se preocupase de ir allí aparte de él. Y eso era todo. El inventario. Ninguno de aquellos momentos se basaba en la apreciación de la belleza ni en el proceso vital, sino que representaban la liberación del analfabetismo, el placer erótico, la libertad respecto a la autoridad y el sentido de propiedad. Y aquéllas eran las cosas que Sila apreciaba; las cosas que Sila quería.

Nicopolis le miraba fascinada, sin imaginarse ni por asomo el origen de aquella dicha, maravillada de la impresionante blancura de aquel cuerpo al sol -algo que nunca había visto- y aquel dorado fuego de cabeza, pecho e ingle. No pudo resistirlo y se despojó de su ligero vestido y de la camisa que llevaba debajo, con un largo faldón que le pasaba entre las piernas y se abrochaba por delante, hasta quedarse también desnuda, gozando de la caricia del sol.

Se metieron en una de las pozas, conteniendo la respiración por la impresión al sumergirse en el agua fría y allí estuvieron hasta calentarse con el sol, mientras Sila jugueteaba con los erectos pezones de Nicopolis y sus hermosos senos; luego se tumbaron en la espesa y blanda hierba e hicieron el amor mientras se secaban. Después comieron pan, queso, huevos duros y alas de pollo, regado todo con el vino fresco. Ella hizo una corona de flores para Sila y otra para ella y se revolcó ahíta de felicidad.

– ¡Esto es una maravilla! -exclamó-. ¡No sabe Clitumna lo que se ha perdido!

– Clitumna nunca sabe lo que se pierde -dijo Sila.

– No te creas -replicó ella, distraída-. La pérdida del pegajoso sí la nota.

Y comenzó a tararear la cancioncilla del crimen hasta que advirtió el brillo en la mirada de Sila, señal de que estaba enfadándose. No es que realmente creyera que Sila había provocado la muerte de Stichus, pero la primera vez que lo había insinuado, había notado cierta inquietud en él y seguía pensando en ello por simple curiosidad.

Bueno, era mejor dejarlo. Se puso en pie de un salto y estiró los brazos hacia Sila, que seguía tumbado.

– Vamos, perezoso, que quiero dar un paseo por el bosque fresquito.

Él se levantó obediente, la cogió de la mano y se internaron en la espesura, andando sobre la capa de hojas muertas que conservaba la tibieza de aquel día soleado. Era una delicia ir descalzo.

¡Allí estaban! Un ejército en miniatura de las setas más exquisitas que Nicopolis había visto en su vida. Todas ellas impolutas y sin la menor marca de picadura de insecto ni mordedura de animal alguno; blanquísimas, gordas, carnosas y de esbelto tallo; oliendo a tierra fresca.

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