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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Supongo que te refieres a esa tontería de no comer -dijo Julia, acurrucándose más cómoda entre los brazos de Mario.

– Sólo sé lo que tu padre me ha contado, pero creo que se trata de eso -respondió él-. Perdóname, pero es que no me interesan las jovencitas.

Su esposa, que era joven, sonrió para sus adentros, porque sabía que él nunca pensaba en ella como tal, sino como una persona de su misma edad, madura e inteligente.

– Hablaré con ella -dijo Julia, alzando la cabeza para besarle-. -¡Oh, Cayo Mario, qué lástima que no esté en condiciones de intentar darle al pequeño Mario un hermanito o una hermanita!

Pero antes de que Julia tuviese ocasión de hablar con su macilenta hermana, llegó la noticia de que los germanos venían sobre Roma y el pánico cundió en toda la ciudad. Desde los tiempos de la invasión de Italia por los galos, tres siglos antes, en que casi derrotaron al naciente estado romano, la península había vivido bajo la amenaza de las incursiones de los bárbaros; para defenderse de ellas, los pueblos itálicos habían unido su destino a Roma con alianzas, y para contenerlos, Roma y sus aliados mantenían perpetuas guerras limítrofes a lo largo de miles de kilómetros de la frontera macedónica entre el mar Adriático y el Helesponto tracio. Precisamente para reforzar tal sistema defensivo había abierto Cneo Domicio Ahenobarbo una ruta entre la Galia itálica y los Pirineos apenas diez años antes, sometiendo a las tribus asentadas en las riberas del Rhodanus con el propósito de debilitarlas adaptándolas a las costumbres de Roma y poniéndolas bajo su protección militar.

Hasta cinco años atrás, eran los bárbaros galos y celtas quienes mayor temor causaban a Roma, pero después llegaron los germanos, y en comparación con ellos, galos y celtas resultaban civilizados y tratables. Como todas las pesadillas, tales temores tenían su origen no en lo que se conocía, sino, precisamente, en lo que se desconocía. Los germanos habían surgido de la nada (durante el consulado de Marco Emilio Escauro), y, tras infligir una denigrante derrota al bien entrenado ejército romano (durante el consulado de Cneo Papirio Carbo), desaparecieron de nuevo como si no hubieran existido. Misterioso e inexplicable y totalmente ajeno a las pautas de comportamiento de los pueblos que habitaban las riberas del Mediterráneo. ¿Por qué los germanos habían vuelto grupas y desaparecido, cuando aquella denigrante derrota habría puesto a sus pies a toda Italia como una mujer indefensa en una ciudad saqueada? ¡Era absurdo!

Pero el caso es que habían dado la vuelta y habían desaparecido. Y conforme transcurrieron los años desde la horrible derrota de Carbo, los germanos se convirtieron en poco menos que un coco para asustar a los niños. Aquel antiquísimo temor de una invasión de bárbaros volvió a recuperar su entidad normal y a ser una mezcla de estremecedora aprehensión y risueña incredulidad.

Y ahora, otra vez de la nada, volvían los germanos con sus hordas de cientos de miles diseminándose por la Galia y cruzando los Alpes por el punto en que el Rhodanus desembocaba en el lago Leman; y las tierras y tribus galas que pagaban tributo a Roma -los pueblos eduo y ambarre- se veían inundadas de germanos de tres metros de alto, de tez pálida, gigantes de leyenda, fantasmas salidos de un inframundo bárbaro nórdico. En el valle cálido y fértil del Rhodanus, los germanos se entregaban al pillaje, arrasándolo todo a su paso, hombres y ratones, bosques y cercados, tan indiferentes a las cosechas como a los pájaros del cielo.

La noticia llegó a Roma dos días demasiado tarde para haber hecho regresar al cónsul Quinto Cecilio Metelo, que ya había desembarcado con su ejército en la provincia de Africa. Por eso, el cónsul Marco Junio Silano, que por su ineptitud había sido relegado al gobierno de Roma, donde menos daño causaría, era la mejor figura que podía presentar el Senado, sometido al doble peso de la costumbre y la ley. Porque a un cónsul en funciones no se le podía pasar por alto en favor de otro comandante, si manifestába estar dispuesto a emprender la guerra. Y Silano manifestó complacido que quería emprender la guerra contra los germanos. Al igual que Cneo Papirio Carbo cinco años antes que él, Silano imaginó carros germanos llenos de oro y codició ese oro.

Después de que Carbo provocara a los germanos para que le atacasen, sufriendo una aplastante derrota, éstos no recogieron las armas y corazas que los vencidos dejaron sobre sus muertos en la huida, o que abandonaron para acelerarla, y la astuta Roma envió equipos para recuperar todo el armamento y equipo posible; tesoro militar que aún se conservaba en distintos almacenes de la ciudad, listo para su uso. Los limitados recursos de manufactura de armas y equipo al inicio de la campaña habían sido agotados por Metelo para su expedición africana, por lo que fue una suerte que las legiones que a toda prisa movilizó Silano pudieran ser equipadas con aquella reserva. Aunque, desde luego, los reclutas sin armas ni coraza; tuvieron que comprarlas al Estado, lo que significaba que éste obtenía un pequeño beneficio de las legiones de Silano.

Más difícil fue encontrar tropas para Silano. Los reclutadores trabajaron con tesón y con la prisa agobiante que imponían las circunstancias; muchas veces se hacía manga ancha respecto a los requerimientos estipulados, y hombres ansiosos por prestar servicio y que no reunían los requisitos fueron alistados apresuradamente, supliendo su falta de armamento con la reserva de Carbo, deduciendo su coste de su paga de compensación por ausentes. A los veteranos en retiro se les persuadió mañosamente para que abandonaran su bucólica vida, a la mayoría sin gran esfuerzo, ya que la vida bucólica no probaba a aquellos hombres que por haber sup erado la edad del servicio no podían ser incluidos en las levas.

Y, por fin, todo estuvo listo. Marco Junio Silano partió para la Galia Transalpina al mando de un magnífico ejército compuesto por siete legiones y con un numeroso cuerpo de caballería formado por tracios con galos de las regiones más pacificadas de la provincia romana de la Galia. Era fines de mayo, ocho semanas después de que llegase a Roma la noticia de la invasión germánica. En esos dos meses, Roma había reclutado, armado y entrenado someramente un ejército de 50.000 hombres, incluidos caballería y no combatientes. Sólo una pesadilla tan horrenda como los germanos podía haber provocado un esfuerzo tan heroico.

– De todos modos, eso demuestra lo que los romanos somos capaces de hacer cuando nos vemos obligados a ello -dijo Cayo Julio César a su esposa Marcia, mientras regresaban a casa de ver partir a las legiones por la Via Flaminia hacia la Galia itálica; espectáculo deslumbrante y enardecedor.

– Sí, con tal de que Silano esté a la altura de las circunstancias -respondió Marcia que, como buena esposa de senador, se interesaba por la política.

– Opinas que es un inepto -dijo César.

– Y tú también, lo que pasa es que no lo dices. De todos modos, al ver tantos soldados desfilando por el puente Mulviano me alegré mucho de que tengamos a Marco Emilio Escauro y a Marco Livio Druso de censores -dijo Marcia con un suspiro de satisfacción-. Marco Escauro tiene razón: el puente Mulviano está que se cae y no aguantará otra riada. ¿Qué haríamos, entonces, en caso de que nuestras tropas estuvieran al sur del Tíber y tuvieran que marchar precipitadamente hacia el Norte? Por eso me alegra que le hayan elegido; porque prometió reconstruir ese puente. ¡Es un hombre estupendo!

César sonrió con cierta amargura, pero trató de ser justo y dijo:

– ¡Escauro se está convirtiendo en una institución, maldita sea! Es un actor, un embaucador y tres cuartos de impostor. No obstante, el cuarto que no es impostor vale tanto como cualquier otro hombre completo, y supongo que por eso le perdono. Además, tiene razón, necesitamos un nuevo plan de obras públicas, y no sólo por mantener los niveles de empleo. Todos esos tacaños minuciosos con rollo senatorial que hemos sufrido como censores estos últimos años apenas valen el precio del papel que gastan para el censo. Justo es decir que Escauro va a emprender algunas de las cosas que habían debido iniciarse hace ya años. Aunque yo no apruebo la desecación de los pantanos de Rávena ni su proyecto de canales y esclusas entre Parma y Mutina.

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