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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Comprendo, Lucio Cornelio, comprendo. Y más de lo que podáis pensar. Efectivamente, mi esposa se ha convertido en la persona de quien más depende Clitumna, pero, lamentablemente, yo no puedo prescindir de ella. Ya habéis visto cómo está Julilla y no necesitáis que os diga la desesperada situación en que nos vemos. Y ella, por mucho que aprecie a Clituruna, tampoco consentiría en marchar.

– ¿Y por qué no enviar también a Julilla con ellas? -dijo Sila muy decidido-. ¡El cambio de aires podría sentarle estupendamente!

– No, Lucio Cornelio -replicó César, moviendo la cabeza-. Me temo que no sea posible. Yo también tengo que hacer en Roma hasta la primavera. No sabría qué hacer sin mi esposa y mi hija en Roma, y no es porque sea egoísta y no quiera darles ese gusto, sino porque estaría constantemente preocupado por ellas. Si Julilla se encontrara bien, sería distinto. Pero en las actuales circunstancias, no.

– Lo comprendo, Cayo Julio, y lo siento dijo Sila, poniéndose en pie.

– Enviad a Clitumna a Circei, Lucio Cornelio. Le vendrá bien añadió César acompañando a su visita hasta la puerta de la casa y abriéndosela él mismo.

– Gracias por aguantar mi necedad -dijo Sila.

– No tiene importancia. En realidad me alegra mucho que hayáis venido, pues creo que ahora podré resolver mejor lo de mi hija. Confieso que lo sucedido me ha hecho apreciaros más, Lucio Cornelio. Tenedme al corriente de cómo está Clitumna añadió César, sonriente, dándole la mano.

Nada más cerrar la puerta, César fue en busca de Julilla. Estaba en la sala de estar de Marcia, llorando desconsoladamente, apoyada en la mesa con la cara hundida entre los brazos. Llevándose un dedo a los labios, la madre se puso en pie al ver entrar a César y juntos salieron sigilosamente, dejándola llorando.

– Es horrible, Cayo Julio dijo muy seria Marcia.

– ¿Se han estado viendo?

Marcia se ruborizó un poco y meneó tan enérgicamente la cabeza que se le soltaron las horquillas que sujetaban el moño, y el cabello cayó medio suelto sobre la nuca.

– ¡No, no se han estado viendo! -dijo retorciéndose las manos-. ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación!

César cogió aquellas manos convulsas y las sujetó con firmeza.

– ¡Cálmate, esposa, cálmate! Sólo faltaría que tú también enfermases. Cuéntamelo.

– ¡Qué engaño! ¡Qué indecoro!

Cálmate. Empieza por el principio.

– ¡El no tiene que ver nada; es todo cosa de ella! Nuestra hija, Cayo Julio, se ha pasado estos dos últimos años deshonrándose, deshonrando a su familia, entregándose mentalmente a un hombre que no sólo es indigno de limpiar el barro de su zapato, sino que ni siquiera la quiere. ¡Y hay más aún, Cayo Julio, hay más! ¡Ha querido llamar su atención dejando de comer para imputarle algo de lo que no es responsable! ¡Hay cartas, Cayo Julio! ¡Cientos de cartas que le ha hecho llegar por medio de su doncella, acusándole de indiferencia y despego, echándole la culpa de su enfermedad, rogándole que la amase, como una perra rastrera!

Marcia derramaba lágrimas de decepción y de cólera.

– Cálmate -repitió César-. Vamos, Marcia, ya llorarás más tarde. Tengo que hablar con Julilla y tú tienes que estar presente.

Marcia se calmó, se enjugó los ojos y juntos volvieron a la sala de estar.

Julilla seguía sentada, llorando, y no advirtió la presencia de sus padres. Con un suspiro, César tomó asiento en su silla preferida, metiendo la mano en la toga y sacando un pañuelo.

– Toma, Julilla, suénate y deja de llorar; sé buena chica -dijo, metiéndole el pañuelo bajo el brazo-. Ya está bien de lloros. Vamos a hablar.

El llanto de la muchacha respondía principalmente al terror de haber sido descubierta, por lo que la voz tranquila, firme e imparcial de su padre la animó a seguir su consejo. Dejó de llorar y se sentó con la cabeza gacha, sacudida por convulsivos hipidos.

– Has dejado de comer por Lucio Cornelio, ¿verdad? -inquirió César.

La muchacha no contestó.

– Julilla, tienes que responder; no vas a conseguir nada callándote. ¿Es Lucio Cornelio la causa de esto?

– Sí -musitó ella.

La voz de César siguió en aquel tono firme e imparcial, pero lo que decía causaba aún mayor impresión en Julilla por su tono uniforme; nunca había hablado con su hija de aquel modo, parecido al que empleaba cuando reprendía a un esclavo por haber hecho alguna falta imperdonable.

– ¿Aciertas a entender el dolor, la preocupación, el sufrimiento que has causado a tu familia estos dos últimos años? Desde que comenzaste a dejar de comer has sido el eje sobre el que hemos estado girando todos. No sólo tu madre y yo, sino tus hermanos y tu hermana, nuestros leales y admirables sirvientes, nuestros amigos, nuestros vecinos. Nos has puesto al borde de la demencia. ¿Y por qué? cPuedes decirme por qué?

– No -musitó ella.

– ¡Tonterías! ¡Claro que puedes! Has estado jugando con nosotros, Julilla. Un juego cruel y egoísta, realizado con una paciencia y una maestría dignas de mejor propósito. Te enamoras ¡a los dieciséis años! de un individuo que sabes que es inadecuado, a quien nunca daría mi consentimiento. Una persona que comprende su falta de condición y que no corresponde para nada a tus sentimientos. Y entonces tú optas por el engaño, por la astucia con propósitos maniobreros e indignos. No encuentro palabras, Julilla.

Tanto la hija como la madre escuchaban temblorosas.

– Creo que debo refrescar tu memoria, hija. ¿Sabes quién soy?

Julilla, con la cabeza gacha, no contestaba.

– ¡ Mírame!

La muchacha alzó la vista y fijó aterrorizada sus enrojecidos ojos en César.

– No, ya veo que no sabes quién soy -dijo él sin levantar el tono-. Por consiguiente, hija mía, tengo el deber de decírtelo. Soy el paterfamilias, el responsable de este hogar. Mi palabra es ley; no se me puede reprochar nada de lo que hago; puedo hacer y decir lo que quiera dentro de esta casa. No hay ley del Senado y del pueblo de Roma que merme mi absoluta autoridad sobre mi hogar y mi familia, pues Roma ha estructurado sus leyes para garantizar que la familia romana esté por encima de cualquier ley salvo la del paterfamilias. Si mi esposa comete adulterio, Julilla, puedo matarla o hacer que la maten. Si mi hijo es convicto de torpeza moral o de cobardía, o de alguna clase de indecencia social, puedo matarlo o hacer que lo maten. Si alguien de mi hogar, esposa, hijos e hijas, madre o criados, transgrede los límites de lo que considero conducta decente, puedo matarlo o hacer que lo maten. ¿Comprendes, Julilla?

– Sí -contestó la muchacha, que no había apartado la vista de su padre.

– Me duele tanto como me avergüenza tener que decirte que has transgredido los límites de lo que considero una conducta decente, hija mía. Has hecho caer el oprobio sobre tu familia y los sirvientes de esta casa, pero antes que nada sobre el paterfamilias. Le has convertido en un pelele, un juguete. ¿Y por qué? Por puro placer, por simple satisfacción, por el más abominable de los propósitos: tu sola persona.

– ¡Pero es que le amo, tata! -protestó ella.

– ¿Amarle? -vociferó César, indignado-. ¿Qué sabes tú de ese sentimiento sin par, Julilla? ¿Cómo puedes mancillar la palabra "amor" comparándola a cualquier rastrera imitación que hayas sentido? ¿Es amor arruinar la vida de tu amado? ¿Es amor forzar a tu amado a un compromiso que no desea y que él no ha pedido? ¿Es eso amor, Julilla?

– Pues no… -balbució ella-, pero yo creía que lo era -añadió acto seguido.

Sus padres intercambiaron por encima de ella una mirada que reflejaba su amargo dolor y que denotaba que comprendían, desilusionados, las limitaciones de su hija.

– Créeme, Julilla, eso que te ha hecho comportarte tan injusta y deshonrosamente no es amor -dijo César, poniéndose en pie-. No habrá más leche de vaca, huevos ni miel. Comerás lo que comamos los demás, o no comerás nada. No es asunto baladí para mí. Como padre y paterfamilias, desde que naciste te he tratado con honor, con respeto, con consideración, con tolerancia. Y tú no me has correspondido como es debido. No te repudio, ni voy a matarte o hacer que te maten, pero a partir de ahora lo que hagas recaerá sobre tu cabeza. Me has herido, a mi y a los míos, Julilla; y, lo que es quizá aún más imperdonable, has herido a un hombre que no te debe nada, porque ni te conoce ni es pariente tuyo. Más adelante, cuando tu aspecto no sea tan lamentable, haré que te excuses ante Lucio Cornelio Sila. No te pediré que te excuses con nosotros, pues has perdido nuestro amor y respeto y eso invalida toda excusa.

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