Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Primer Hombre De Roma
El Primer Hombre De Roma - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 272
Перейти на страницу:

Pero no cedió en su resolución de no verla.

La primavera dio paso al verano y después de éste llegaron los días caniculares de agosto, en que Sirio, la estrella mayor del Can, brilló con resentimiento sobre una Roma paralizada por el calor. Luego, cuando Silano avanzaba confiadamente Rhodanus arriba contra las hormigueantes masas de germanos, en Italia central comenzó a llover. Y no dejaba de llover. Lo que para los habitantes de la soleada Roma era peor que la canícula; algo deprimente, insoportable, preocupante por si se producían inundaciones y molesto en todos los aspectos. Los mercados no podían abrir, la vida política era imposible, hubo que aplazar los juicios y aumentó el índice de criminalidad. Los hombres descubrían a sus esposas in flagrante &hdo y las asesinaban, el agua entraba en los silos y humedecía el grano, el Tíber creció hasta anegar las letrinas públicas, haciendo que los excrementos salieran flotando, hubo carestía de verduras al inundarse varios centímetros el Campo de Marte y el Campus Vaticanus, y las casas de mala calidad de las ínsulae comenzaron a derrumbarse o agrietarse peligrosamente sus muros y cimientos. Todo el mundo estaba resfriado; los viejos y los enfermos morían de pulmonía; los jóvenes, de garrotillo y anginas, y, sin distinción de edad, de una misteriosa enfermedad que paralizaba totalmente, y si el enfermo sobrevivía, le quedaba un brazo o una pierna marchito, inútil.

Clitumna y Nicopolis comenzaron a pelearse a diario, y todos los días Nicopolis musitaba a Sila lo bien que le había venido que Stichus muriera.

Luego, tras dos semanas de lluvia pertinaz, las nubes deshicieron sus últimos jirones hacia el este y lució el sol. Roma era un puro vaho. Zarcillos de vapor se extendían por adoquines y tejados, enrareciendo el aire. Todos los balcones, galerías, porches de jardines y ventanas de la ciudad estaban llenos de ropa enmohecida, contribuyendo a enrarecerlo más. Las casas en que había niños pequeños -como la del banquero comercial Tito Pomponio- vieron de pronto sus jardines peristilo llenos de pañales tendidos. Hubo que limpiar el verdín de los zapatos, desenrollar los libros de las bibliotecas y examinarlos detenidamente para eliminar los hongos y airear arcones y armarios.

Pero aquella fétida humedad tenía su compensación: la temporada de setas fue fenomenal. Avidos como eran de los sabrosos hongos en forma de sombrilla, después de un verano normalmente seco, todos los romanos, ricos y pobres, se dedicaron a engullir setas.

Y Sila se vio de nuevo acosado por las cartas de Julilla, después de aquellas dos maravillosas semanas que habían impedido que la criadita se le cruzase y se las introdujera en la toga. Su obsesión por irse de Roma aumentó al extremo de que comprendió que si no se sacudía aquel miasma pegajoso, aunque sólo fuese por un día, se volvería loco sin remisión. Metrobio y su protector Scilax estaban de vacaciones en Cumas, y como a Sila no le apetecía pasar a solas aquel día de asueto, se llevó a Clitumna y a Nicopolis de excursión a su lugar preferido.

– Vamos, muchachas -les dijo al tercer día de buen tiempo-, poneos algo alegre que os llevo al campo.

Las "muchachas", que no se sentían nada juveniles, le miraron con la ácida irrisión de quienes no están de humor para que turben su tranquilidad y se negaron a salir del lecho comunitario, pese a que la calurosa noche lo había dejado bañado en sudor.

– Necesitáis aire fresco -insistió él.

– Vivimos en el Palatino precisamente porque el aire aquí está muy bien -replicó Clitumna, dándole la espalda.

– En este momento el aire del Palatino no es mejor que el de cualquier otra parte de Roma, está cargado del hedor a alcantarilla y a agua sucia -dijo él-. ¡Vamos, animaos! He alquilado un carruaje; iremos a Tibur, comemos en el bosque, probamos a pescar, o compramos unos peces y un buen conejo recién cazado, y volvemos antes de que anochezca mucho más felices.

– No -respondió Clitumna con voz quejumbrosa.

– Pero… -comenzó a decir Nicopolis, indecisa.

– Arréglate -la interrumpió rápidamente Sila-. Vuelvo de aquí a un momento -añadió, estirándose con fruición-. ¡Ah, qué harto estoy de estar encerrado en esta casa!

– Yo también -dijo Nicopolis, saltando de la cama.

Clitumna siguió tumbada de cara a la pared, mientras Sila iba a la cocina a encargar una cesta de provisiones.

– Vente -dijo Sila a Clitumna, mientras se embutía una túnica limpia y se ataba las sandalias.

Ella no contestó.

– Como quieras -añadió, dirigiéndose a la puerta-. Hasta la noche.

Clitumna siguió callada.

Por consiguiente, sólo fueron de campo Nicopolis y Sila, acompañados de un gran cesto de sabrosa comida que les había preparado el cocinero apresuradamente, con envidia de no ir él también. Al pie de la escalinata de Caco los esperaba una calesa de dos ruedas; Sila ayudó a Nicopolis a montar y él tomó las riendas.

– Allá vamos -exclamó alegremente, azuzando a las mulas y sintiendo una dicha extraordinaria y una extraña sensación de libertad. Para sus adentros, se dijo que se alegraba de que Clitumna no fuese con ellos. Ya estaba bien con Nicopolis-. ¡Arre, arre! -gritó.

Las mulas arreaban bien y la calesa avanzaba alegremente por el valle de Murcia, en el que se alzaba el Circo Máximo, hasta alcanzar la puerta Capena por la que salió de la ciudad. Al principio el paisaje no era interesante ni alegre, pues la carretera de circunvalación que tomó Sila para dirigirse hacia el este atravesaba los grandes cementerios de Roma. Todo eran tumbas y más tumbas, salvo los imponentes mausoleos y sepulcros de los ricos y nobles, que flanqueaban las arterias que salían de la ciudad, y las simples lápidas de los humildes. Todos los romanos y griegos, incluidos los más pobres y los esclavos, soñaban con poder pagarse un monumento que atestiguara su existencia después de muertos. Por eso, pobres y esclavos formaban parte de asociaciones funerarias y aportaban lo poco que podían a aquellas fratrías, que administraban e invertían cuidadosamente los ingresos; las malversaciones abundaban en Roma, como en cualquier otra parte, pero las asociaciones funerarias estaban tan celosamente controladas por los afiliados, que a los administradores no les quedaba más remedio que ser honrados. Un buen funeral y una bonita tumba eran cosas importantes.

Un cruce de carreteras constituía el punto central de la enorme necrópolis situada en el Campus Esquilinus, y en el mismo cruce, entre unos frondosos árboles sagrados, se alzaba el imponente templo de Venus Libitina; dentro del podio se guardaban los libros de registro con los nombres de los ciudadanos romanos difuntos, acompañados de arcas y más arcas con el dinero pagado durante siglos por la inscripción. Por eso el templo poseía una gran riqueza, y aunque los fondos eran del Estado, no se tocaban. Se trataba de la Venus que regía a los muertos, no a los vivos, la Venus protectora de la extinción de la fuerza procreadora. Y su templo era la sede central del gremio de las empresas funerarias de Roma. Delante del templo había una explanada en la que se levantaban las piras, y detrás de ella estaba el cementerio de los pobres, una extensión siempre cambiante de fosas llenas de cadáveres, cal y tierra. Eran pocos los que, ciudadanos o no ciudadanos, elegían ser inhumados, aparte de los judíos, que recibían enterramiento en una zona especial, y los aristócratas de la familia noble de los Cornelios, a quienes se daba sepultura en la Via Apia. Por eso la mayoría de los sepulcros que convertían el Campus Esquilinus en una densa ciudad de piedra, guardaban urnas con cenizas en lugar de cuerpos en descomposición. Dentro del recinto sagrado de Roma no se enterraba a nadie, ni siquiera a los grandes.

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 272
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)