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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Una vez que César se hubo marchado, Sila se quedó un buen rato sentado sin moverse. La casa estaba tan silenciosa como la tumba de Nicopolis; Clitumna debía de estar en casa de Marcia y la servidumbre andaba de puntillas.

Debieron de transcurrir unas seis horas hasta que, por fin, se levantó, entumecido y cansado, y se desperezó. La sangre comenzó a circularle y a llenar de fuego su corazón.

– ¡Lucio Cornelio, por fin te hallas en camino! -dijo, echándose a reír.

Aunque había comenzado discretamente, su risa fue en aumento hasta convertirse en una escandalosa carcajada, que los criados escucharon aterrados sin decidirse a entrar en la sala. Pero antes de que se hubiesen armado de valor para hacerlo, Sila dejó de reír.

Clitumna envejeció casi de la noche a la mañana. Aunque sólo alcanzaba los cincuenta años, la muerte de su sobrino había acelerado notablemente el proceso de senectud, y la muerte de su querida amiga y amante culminaba aquella decadencia. Ni el propio Sila era capaz de mitigar su depresión; ni el mimo y la farsa la animaban a que saliera de casa, ni sus habituales visitantes, Scilax y Mirsias, lograban hacerla sonreír. Lo que más la abrumaba era cómo se reducía su círculo de íntimos y se acentuaba la realidad de su vejez. Si Sila la abandonaba, dado que la herencia de Nicopolis le liberaba de su dependencia económica, se quedaría totalmente sola. Una perspectiva que la horrorizaba.

Poco después de morir Nicopolis, mandó llamar a Cayo Julio César.

– No se puede dejar nada a los muertos -le dijo-, así que voy a cambiar otra vez el testamento.

El testamento fue modificado y volvió a quedar depositado en su casillero de las vestales.

Pero la depresión no cedía y Clitumna no hacía más que llorar, con aquellas manos, otrora tan nerviosas, cruzadas en el regazo cual dos trozos de pasta que aguardan que el cocinero las rellene. Todos estaban preocupados y todos comprendían que no había nada que hacer salvo esperar a que pasara el tiempo, que todo lo cura. Si es que llegaba el momento.

Para Sila había llegado.

La última misiva de Julilla decía así:

Os amo, pese a que los meses y los años me han demostrado el poco amor con que me correspondéis y lo poco que os importa mi suerte. En junio cumplí dieciocho años, y ya debería estar casada, pero he logrado aplazar esa horrible necesidad poniéndome enferma. Quiero casarme con vos, sólo con vos, mi muy querido, mi queridísimo Lucio Cornelio. Mi padre no sabe qué hacer; no se atreve a presentarme un novio adecuado, y yo pienso seguir así hasta que vengáis y me digáis que vais a casaros conmigo. En cierta ocasión dijisteis que era una niña y que al crecer desaparecería mi amor por vos, pero a pesar del tiempo transcurrido -casi dos años- se ha demostrado lo que mi amor vale, se ha demostrado que mi amor por vos es tan inexorable como el regreso del sol desde el sur todas las primaveras. Ya no está esa delgada dama griega a quien tanto odiaba, maldecía y a quien mil veces deseé la muerte. ¿Veis los poderes que tengo, Lucio Cornelio? ¿Por qué no os dais cuenta de que no podéis escapar de mí? No hay corazón tan lleno de amor como el mío que no pueda recibir la recíproca. Me amáis, sé que me amáis. Ceded, Lucio Cornelio, ceded. Venid a verme, arrodillaos junto a mi lecho del dolor, apoyad vuestra cabeza en mi pecho y dadme un beso. ¡No me condenéis a la muerte! Haced que viva. Casaos conmigo.

Sí, a Sila le había llegado el momento. El momento de poner fin a muchas cosas. El momento de desprenderse de Clitumna, de Julilla y de todos esos otros horribles compromisos humanos que ataban su espíritu y arrojaban sombras tan fantasmagóricas en su mente. Incluso de Metrobio debía prescindir.

Así, a mediados de octubre, Sila fue a llamar a la puerta de Cayo Julio César a una hora en que podía esperar con toda confianza que estuviera en casa. Y confiar también en que las mujeres estuviesen retiradas en sus apartamentos, pues Cayo Julio César no era la clase de marido y padre que permitiese que las mujeres de la casa tratasen con los clientes y varones amigos. Pues, aunque parte del motivo de llamar a la puerta de César era deshacerse de Julilla, no tenía ganas de verla, y todo su ser, toda su capacidad reflexiva, toda su energía debía centrarse en Cayo Julio César y en lo que pensaba decirle. Lo que tenía que decirle debía hacerse sin suscitar sospechas ni desconfianza.

Ya había acudido con César a efectuar los requisitos de la verificación del testamento y le habían entregado la herencia tan fácilmente y sin reproche, que estaba doblemente receloso. Incluso al comparecer ante los censores, Escauro y Druso, todo había ido como la seda, pues César se había empeñado en acompañarle y en prestarse como garante de la autenticidad de los documentos que debía presentar al escrutinio censorial. Al final, los propios Marco Livio Druso y Marco Aurelio Escauro se habían puesto en pie, estrechando su mano para darle su sincera enhorabuena. Era como un sueño. Pero ¿acaso no se vería obligado a despertarse?

Porque lo cierto es que, sin la menor necesidad de forzarlo, había conocido a Cayo Julio César y el contacto había madurado en una especie de distante tolerancia amistosa. El nunca iba a casa de César; se limitaba a fomentar su trato en el Foro. Los dos hijos de César estaban en Africa con su cuñado Cayo Mario, pero Sila había llegado a conocer un poco a Marcia en las semanas posteriores a la muerte de Nicopolis, cuando ella había estado visitando asiduamente a Clitumna, y había comprendido claramente que la esposa de César le miraba con recelo porque Clitumna, sospechaba él, no había sido tan discreta como hubiera debido a propósito de la extraña relación del trío formado por ella misma, Sila y Nicopolis. No obstante, sabía perfectamente que Marcia le encontraba muy atractivo, aunque sus modales le dieran a entender que la dama catalogaba ese atractivo a medio camino entre la belleza del escorpión y la de la serpiente.

De ahí la angustia de Sila cuando llamó a la puerta de Cayo Julio César a mediados de octubre, consciente de que ya no podía aplazar más la segunda fase de su plan. Tenía que actuar antes de que Clitumna comenzara a rehacerse. Y eso significaba que tenía que asegurarse el concurso de César.

El criado le abrió inmediatamente y no dudó en dejarle pasar, lo que significaba que figuraba en la lista de los que César estaba dispuesto a recibir a cualquier hora en que se encontrara en casa.

– ¿Recibe Cayo Julio? -inquirió.

– Sí, Lucio Cornelio. Aguardad, por favor -respondió el portero, dirigiéndose inmediatamente al despacho de su amo.

Preparado a esperar un buen rato, Sila comenzó a pasearse por el modesto atrium, advirtiendo que, comparado con aquella pieza tan simple y carente de adornos, el atrium de Clitumna era como la antecámara del harén de un sátrapa oriental. Y mientras pensaba en esas cosas, Julilla entró en el vestíbulo.

¿Cuánto tiempo haría que habría convencido a todos los criados que estaban en la puerta de que la avisasen inmediatamente si entraba Lucio Cornelio? ¿Y cuánto tiempo habría tardado el portero en avisar a César de su visita?

Esas dos preguntas cruzaron por el cerebro de Sila en un abrir y cerrar de ojos y con mayor rapidez que la reacción de su cuerpo al ver a la muchacha.

Se le doblaron las rodillas y tuvo que agarrarse a lo primero que encontró a mano, que resultó ser un aguamanil plateado que había en una mesita, y que, como no estaba sujeto a ella, cedió al apoyarse Sila en él y cayó al suelo con tal estruendo que Julilla, tapándose la cara con las manos, salió corriendo del recibidor.

El eco propagó el ruido cual si se tratase de la caverna de la Sibila de Cumas y todos acudieron corriendo. Consciente de que debía estar completamente demudado y de que le bañaba un sudor frío de espanto, Sila dejó que sus piernas cediesen y se derrumbó bajo la toga hasta el suelo, donde quedó sentado con la cabeza entre las rodillas y los ojos cerrados, tratando de borrar la imagen de aquel esqueleto recubierto de piel dorada que era Julilla.

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