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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Cuando César y Marcia le ayudaron a levantarse y a caminar hasta el despacho, no pudo menos que dar las gracias interiormente por su tez grisácea y el color cárdeno de los labios, que le conferían el aspecto de un auténtico enfermo.

Un trago de vino puro le devolvió en parte su aspecto normal y pudo sentarse en el sofá, donde, con un suspiro, se pasó la mano por la frente. ¿Lo habrían visto los padres? ¿Se habría escondido Julilla? ¿Qué diría? ¿Qué hacer?

César y Marcia mostraban semblante adusto.

– Lo siento, Cayo Julio -dijo Sila, dando otro sorbo de vino-. Ha sido un desmayo… No sé qué me ha pasado.

– Tranquilizaos, Lucio Cornelio -dijo César-. Yo sé lo que os ha pasado. Habéis visto un fantasma.

A aquel hombre no se le podía engañar, al menos no descaradamente. Era demasiado inteligente y se daba cuenta de todo.

– ¿Era la pequeña? -inquirió.

– Sí -respondió César, haciendo un ademán a su esposa para que saliera, cosa que ella hizo en seguida sin rechistar.

– Hace años solía verla en el Porticus Margaritaria con sus amigas -dijo Sila-, y pensaba que era el prototipo de la muchacha romana: siempre risueña, nada vulgar… Luego, una vez que yo estaba en el Palatino dolorido, quiero decir dolorido de espíritu, ¿me entendéis?

– Sí, creo que sí -dijo César.

– Ella pensó que estaba enfermo y me dijo si necesitaba algo. Yo no estuve muy amable con ella, pensé que a vos no os gustaría que anduviera en compañía de personas como yo. Pero ella no quiso marcharse y yo no quise ser excesivamente grosero. ¿Sabéis lo que hizo? -añadió Sila con una mirada más extraña de lo habitual, con las pupilas enormemente dilatadas y circundadas por dos anillos color gris claro y otros dos exteriores gris oscuro, clavadas en César como las de un ciego, con expresión inhumana.

– ¿Qué hizo? -inquirió César con voz queda.

– ¡Me trenzó una corona de hierba! Hizo una corona de hierba y me la puso en la cabeza. ¡A mí! ¡Y yo… yo vi algo!

Se hizo un silencio que ninguno de los dos se atrevió a romper durante un buen rato; ambos recapacitaron y pensaron, recíprocamente, si estaban ante un aliado o un adversario.

– Bien -dijo finalmente César-, ¿para qué habéis venido a verme, Lucio Cornelio?

Era el modo de manifestar que aceptaba la inocencia de Sila, independientemente de la interpretación que diera a la conducta de su hija. Y era también el modo de decir que no quería oír hablar más de aquel asunto de su hija; y Sila, que había pensado en sacar a colación lo de las cartas de Julilla, se abstuvo.

El primitivo propósito de ir a casa de César ya le aparecía lejano y fuera de lugar, pero respiró hondo, se levantó del sofá, tomó asiento en una silla más correcta frente al escritorio de César y adoptó la actitud de un cliente.

– Quería hablaros de Clitumna -dijo-. O quizá fuera mejor que hablase de ella a vuestra ésposa. Pero, indudablemente, al primero que debo decírselo es a vos. Clitumna está fuera de sí y vos lo sabéis bien. Se halla deprimida, no para de llorar y no sale de su apatía. A mí no me parece un comportamiento normal, ni siquiera dentro de la pena que debe afectarla. La cuestión es que no sé qué hacer por ella -prosiguió, respirando hondo-. Le debo un gran favor, Cayo Julio. Sí, es una pobre mujer, vulgar, y no precisamente una perla para la vecindad, pero yo tengo una obligación con ella. Fue muy buena con mi padre y ha sido buena conmigo. Quisiera corresponder lo mejor posible, pero no sé cómo.

César se arrellanó en su asiento, percibiendo que había algo raro en aquella solicitud. No es que dudase de lo que decía Sila, pues él mismo había visto a Clitumna e incluso Marcia le había hablado bastante de su estado. No, lo que le chocaba era que Sila viniese a pedirle consejo, porque no era propio de su carácter, pensó César, que dudaba mucho de que Sila no supiera qué hacer en relación a su madrastra, la cual, según los rumores, era también su querida. A ese respecto, César no podía aventurar suposiciones, porque, dado que había osado acudir en busca de ayuda, seguramente sería una mentira, típico chismorreo del Palatino. Igual que el rumor de que la madrastra de Sila tenía relaciones sexuales con la difunta Nicopolis y el de que Sila mantenía relaciones sexuales con ambas ¡y al mismo tiempo! Marcia había comentado que a ella le parecía una situación algo sospechosa, pero en realidad no había podido dar prueba alguna de aquellos chismorreos. La aversión de César a dar crédito a tales chismes no era simple ingenuidad, sino más bien un disgusto personal no sólo dictado por su propio comportamiento, sino igualmente reflejado en su criterio sobre el comportamiento de los demás. Una cosa era contar con pruebas de algo y otra muy distinta las habladurías. Pese a lo cual, había algo extraño en la visita de Sila.

Reflexionando sobre este particular, César llegó a una conclusión. Ni por un instante pensó en que hubiese algo entre Sila y su hija menor, pero sí era increíble que un hombre como aquél se desmayase al ver a una muchacha esquelética. Luego estaba aquella historia de la corona de hierba que había trenzado Julilla, cuyo significado, naturalmente, él conocía perfectamente. Quizá se hubieran viSto pocas veces y más que nada de pasada, pero no cabía duda de que algo había entre ellos. Y si sentían una cierta afinidad mutua, no le gustaba nada. Julilla debía ser para un hombre capaz de hacerla destacar en los círculos sociales a los que pertenecían los César.

Mientras César se arrellanaba en su asiento, haciéndose estas reflexiones, Sila, repantigado en el suyo, se preguntaba qué estaría pensando su anfitrión. Por culpa de Julilla, la entrevista no había salido ni mucho menos conforme él esperaba. ¿Cómo no habría sabido dominarse? ¡Desmayarse él, Lucio Cornelio Sila! Aquello le había delatado de tal modo, que ahora pocas posibilidades tenía de explicarse ante el celoso padre, y, además, se había visto obligado a contar parte de la verdad. De no haber sido por Julilla, habría dicho toda la verdad, pero no creía que a César le complaciera echar un vistazo a aquellas cartas. Ahora resultaba sospechoso ante César, y eso no le gustaba nada.

– ¿Y habéis pensado hacer algo respecto a Clitumna? -inquirió César.

– Pues sí -respondió Sila con el entrecejo fruncido-. Tiene una villa en Circei, y he pensado que quizá sería una buena idea convencerla para que se fuese allí una temporada.

– ¿Y por qué me lo consultáis a mí?

Aún más inquieto, Sila se percató de la sima que se abría a sus pies y se dispuso a salvarla.

– Tenéis razón, Cayo Julio. ¿Por qué os lo consulto? La verdad es que me encuentro entre Escila y Caribdis, y he pensado que tal vez pudierais ser mi tabla de salvación.

– ¿Y en qué sentido podría yo salvaros? ¿A qué os referís?

– Creo que Clitumna piensa suicidarse -dijo Sila.

– ¡Ah!

– Se trata de cómo podría yo impedirlo. Yo soy un hombre, y al desaparecer Nicopolis no existe ninguna mujer de la familia de Clitumna, ni entre sus criadas, capaz de procurarle suficiente confianza y afecto para ayudarla a salir del paso -dijo Sila inclinándose hacia adelante y enardeciéndose-. ¡Ella no puede seguir en Roma, Cayo Julio! Pero ¿cómo voy a mandarla a Circei sin que la acompañe una mujer de confianza? No creo que yo sea la persona con la que desee estar en las actuales circunstancias, y además tengo que hacer en Roma en este momento. Lo que había pensado es si vuestra esposa estaría dispuesta a acompañarla en Circei unas semanas… Esta depresión suicida no puede durarle, estoy seguro; pero en este momento me preocupa mucho. La villa es muy cómoda, y aunque ya empieza a hacer frío, el lugar es muy sano en cualquier época del año. A vuestra esposa le vendría bien un poco de aire del mar.

A César, visiblemente relajado, parecía que le hubiesen quitado un gran peso de encima.

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