El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– ¡Oh, vamos, Cayo Julio, sé generoso! -replicó Marcia, en tono algo hiriente-. Es fantástico que refrene el Po. ¡Si los germanos invaden la Galia Transalpina, no nos interesa que nuestros ejércitos queden aislados de los pasos alpinos si el Po se desborda!
– Ya te he dicho que admito que es una buena cosa -dijo César-, pero me parece curioso que, en general, haya mantenido su programa de obras públicas en las regiones en que tiene clientes a porrillo y cuenta con posibilidades de sextuplicarlos cuando estén terminadas -añadió con tesonera desaprobación-. La Via Emilia va desde Arimino, en el Adriático, hasta Taurasia, en las estribaciones de los Alpes occidentales… ¡Trescientas millas de clientes tan unidos como los adoquines de la Via!
– Pues bien, que tenga suerte -replicó Marcia, tan tozuda como él-. ¡Supongo que también encontrarás algo para criticar el que haya reparado y pavimentado la ruta de la costa occidental!
– Olvidas el ramal de Dertona que une la ruta de la costa a la Via Emilia -añadió César en son de mofa-. ¡Y pondrá su nombre a todo el conjunto! ¡Via Emilia Escaura! ¡Puf!
– ¡Qué desabrido eres! -espetó Marcia.
– Y tú fanática -replicó César.
– Desde luego, hay veces en que desearía que no me gustases tanto -añadió ella.
– Hay ocasiones en que podría decir lo mismo -replicó César.
Y en aquel momento llegó Julilla. Estaba delgadísima, y llevaba así ya dos meses. Pues había descubierto un equilibrio por el que mostraba un aspecto deplorable sin llegar a poner en peligro su vida por enfermedad, cuando no por emaciación. La muerte no formaba parte del plan de la jovencita y no se sentía decaída.
Tenía dos objetivos: uno, obligar a Lucio Cornelio Sila a admitir que la amaba, y el otro, ablandar a sus padres para que cedieran, porque sólo dada esa circunstancia existía la posibilidad de que su padre consintiera en que se casase con Sila. Por muy joven y mimada que fuese, no cometió el error de sobreestimar su poder frente al de su padre. Sí que la quería hasta el límite de la tolerancia y le consentía todo cuanto sus recursos le permitían, pero en lo tocante al matrimonio, él cumpliría sus deseos y no los de ella. Ah, y si ella se avenía a aceptar el matrimonio con el hombre que él dispusiera, como había hecho Julia, se mostraría complacido y encantado, y, desde luego, no ignoraba ella que su padre buscaría a alguien que la cuidase, la amase y la tratase siempre bien y con respeto. ¿Pero Lucio Cornelio Sila por esposo? Jamás consentiría su padre en semejante matrimonio; y ni ella ni Sila podrían alegar motivo alguno que le hiciera cambiar de parecer. Podía llorar, suplicar, manifestar un ferviente amor, confesar todo lo que sentía; pero su padre se negaría a dar su consentimiento. Y menos ahora que tenía en el banco una dote de unos cuarenta talentos, un millón de sestercios, que hacían de ella un buen partido y obstaculizaban las posibilidades de que Sila lograra convencer a su padre de que únicamente quería casarse por amor. Eso si admitía que quería casarse con ella.
De niña, Julilla nunca había mostrado poseer tan enorme paciencia, pero ahora que la necesitaba, sabía emplearla. Paciente como un pájaro que empolla un huevo huero, Julilla se entregó a su proyecto convencida de que si conseguía lo que pretendía -casarse con Sila- tenía que desesperar y superar a todos los que conocía, desde su víctima Sila hasta su guardián Cayo Julio César. Era incluso consciente de algunos de los peligros que jalonaban el camino del éxito: Sila, por ejemplo, podía casarse con otra, marcharse de Roma o enfermar y morirse. Pero hizo cuanto pudo para evitar esas posibilidades, valiéndose principalmente de su fingida enfermedad como arma dirigida al corazón de un hombre del que sabía perfectamente que no aceptaría verla. cCómo lo sabía? Porque ya había intentado muchas veces verle durante los primeros meses de su regreso a Roma y había cosechado fracaso tras fracaso, culminando en el día en que le había dicho -ocultos tras una columna del Porticus Margaritaria- que si no le dejaba en paz, se iría de Roma para no volver.
El plan se había desarrollado despacio, a partir del germen primigenio del primer encuentro, en que él se había mofado de ella motejándola de cachorrilla gordita y obligándola a marcharse. Había dejado de comer dulces y había perdido algo de peso, pero sin hacer ningún progreso. Sila, después de su regreso a Roma, se había mostrado más grosero aún, y ella había adoptado una postura más radical, dejando de comer. Al principio le había sido muy difícil, pero luego descubrió que cuando mantenía suficiente tiempo aquel estado de semiprivación sin sucumbir a la tentación de atiborrarse, disminuían sus deseos de alimentarse y el estómago dejaba de aguijonearla.
Así, cuando Lucio Gavio Stichus había muerto ocho meses atrás, el plan de Julilla iba alcanzando su objetivo; sólo quedaban algunos irritantes inconvenientes por vencer: hallar el medio para que Sila siguiera pensando en ella y encontrar la manera de mantener un equilibrio orgánico que impidiera un trágico fin.
Lo de Sila lo solventaba con cartas.
Os amo y nunca me cansaré de decíroslo. Si las cartas son el único medio de que me escuchéis, os lo diré por medio de cartas. Docenas, cientos, miles, al paso de los años. Os sofocaré con cartas, os ahogaré con cartas, os aplastaré con cartas. ¿Hay algo más romano que el género epistolar? Nos alimentamos de cartas, del mismo modo que yo lo hago escribiéndoos. ¿Qué es la comida si me negáis el alimento que ansían mi corazón y mi alma? Mi desalmado, implacable y cruel amado, ¿cómo Podéis estar tan lejos de mí? Echad abajo el muro que separa las dos casas, penetrad en mi cuarto y ¡besadme, besadme, besadme! Pero no lo haréis. Parece que os lo oigo decir, mientras yo permanezco en este lecho odiado, impedida para levantarme. ¿Qué he hecho para merecer vuestra indiferencia y frialdad? Estoy segura de que bajo vuestra piel blanquísima anida una mujercita, mi esencia confiada a vuestra vigilancia, de tal modo que la Julilla que vive en la casa de al lado en su horrendo y odiado lecho no es más que una réplica vacía que cada vez se debilita más. Un día desapareceré y no quedará de mi más que esa mujercita bajo vuestra blanca piel. ¡Venid a verme y ved lo que habéis hecho! Besadme, besadme, besadme. Os amo.
El equilibrio alimentario había resultado más difícil. Decidida a no engordar, no dejaba de perder peso por mucho que se esforzase en permanecer en un punto estacionario. Y luego, un día, el equipo de fisicos que durante meses habían invadido su casa intentando inútilmente curarla, instaron a Cayo Julio César a que la obligara a comer a la fuerza. Como médicos, habían delegado en sus pobres padres aquel odioso cometido. Y, así, todos los de la casa se habían armado de valor preparándose para aquello; desde el último esclavo hasta sus hermanos Cayo y Sexto y sus propios padres Marcia y César. Había sido un martirio que ninguno quería recordar después. La pobre Julilla chillando como si la estuvieran matando y debatiéndose sin fuerzas, vomitando cada bocado, escupiendo y atragantándose. Cuando, finalmente, César ordenó poner fin a aquel horror, la familia se reunió y convino por unanimidad en que, pasara lo que pasara, no podían seguir alimentándola a la fuerza.
Pero el escándalo que había organizado Julilla durante aquellos intentos de obligarla a comer sirvió para dar la alerta y todo el vecindario se enteró del problema que había en casa de César. Y no es que los padres hubiesen ocultado aquello por vergüenza, sino que Cayo Julio César detestaba el chismorreo y procuraba no dar pábulo a ningún comentario.