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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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El joven mago yacía en el frío suelo de piedra, con un fino hilillo de sangre deslizándose por las comisuras de sus labios. Junto a él se distinguía el cuerpo de un elfo oscuro, muerto a causa de un encantamiento formulado por Raistlin. El precio de tal victoria había sido elevado. El hechicero parecía próximo a exhalar su último suspiro.

El guerrero corrió en pos de su hermano y elevó su enteco cuerpo en sus brazos. Ignorando las frenéticas súplicas que le dirigía el herido de ser abandonado a su suerte, Caramon emprendió la marcha hacia el exterior de la diabólica Torre. Sacaría a Raistlin de tan ominoso lugar aunque fuera su última hazaña.

Pero, en el instante en que alcanzaban la puerta que debía conducirlos a la vida, un espectro cobró forma ante ellos. "Otra prueba, pero no será Raistlin el encargado de salvarla», pensó desalentado Caramon. Depositando a su hermano en el suelo, el valeroso guerrero se aprestó a luchar contra aquel último desafío.

Lo que ocurrió entonces fue un total contrasentido. El Caramon espectador no podía dar crédito a sus ojos cuando vio a su réplica formular un hechizo mágico. Dejando caer la espada, su inefable reflejo elevó extraños objetos en sus manos y pronunció frases que no acertaba a comprender. Brotaron de sus dedos unos fulminantes rayos, que causaron la inmediata desaparición de su espectral oponente.

El auténtico Caramon miró atónito a Par-Salian, pero el mago se limitó a menear la cabeza y —sin despegar los labios— señaló con el índice la imagen que oscilaba frente a ellos. Asustado y confuso, el guerrero se concentró de nuevo en la escena.

Raistlin se incorporó despacio y le preguntó, mientras se apalancaba en la pared para no caer:

—¿Cómo lo has hecho?.

Desconocía la respuesta. ¿Cómo podía haber invocado un encantamiento que su hermano había necesitado años de intenso estudio para aprender? Pero el guerrero oyó a su doble farfullar una locuaz explicación, sin advertir el dolor y la angustia que se reflejaban en el rostro de su gemelo.

—¡No, Raist! —vociferó el verdadero Caramon—. ¡Ese viejo te ha tendido una trampa! Yo nunca te arrebataría tu magia, ¡nunca!

Pero aquel burdo doble del guerrero, fanfarrón y jactancioso, se acercó a su hermano resuelto a rescatarle, a salvarle de sí mismo.

Extendiendo las manos, Raistlin se dispuso a recibirle. No era la suya la actitud de quien estrecha a un ser querido en un abrazo sino la del ser humillado que planea una secreta venganza. Herido, enfermo y totalmente consumido por los celos el frágil mago empezó a entonar las frases de un hechizo, el último que le quedaban fuerzas para formular.

Unas ardientes llamas brotaron de los dedos de Raistlin, formando una hoguera en el aire que envolvió a su confiado gemelo.

Caramon contempló perplejo, horrorizado, cómo su propia imagen ardía en el poderoso fuego mientras su agotado hermano se derrumbaba de nuevo sobre el pétreo suelo.

—¡No, Raist!

Unas dulces manos acariciaron su faz. Oía voces que intercambiaban frases ininteligibles y, aunque podía entenderlas si quería, se negó a hacerlo. Tenía los ojos cerrados. Se habrían abierto de ordenarlo su voluntad, pero también se resistía a ver. Abrir los ojos, prestar oído a aquellas palabras, no harían sino agudizar su dolor.

—Necesito descansar —dijo, antes de sumirse de nuevo en las tinieblas.

Se acercaba a otra Torre, una mole diferente: la de las Estrellas en Silvanesti. Raistlin lo acompañaba, ataviado con la Túnica Negra. Ahora era él quien debía ayudar a su hermano. El corpulento guerrero estaba herido, la sangre manaba por una brecha que produjera en su costado una lanza destinada a arrancarle el brazo.

—Necesito descansar —repitió el maltrecho Caramon.

Raistlin lo ayudó a acomodarse con la espalda apoyada en la fría piedra de la Torre, y comenzó a alejarse lentamente.

—¡No, Raist! —suplicó el guerrero—. ¡No puedes dejarme aquí!

Al examinar su entorno el indefenso hombretón vio varias hordas de los mismos elfos espectrales que les habían atacado en Silvanesti acechando la ocasión propicia para saltar sobre él. Tan sólo les retenían los poderes mágicos de su hermano.

—¡Raist, no me abandones! —exclamó.

—¿Qué sensación te causa saberte débil y desamparado? —preguntó Raistlin en tonos apagados.

—Raist, hermano —Le maté una vez, Tanis, y puedo hacerlo de nuevo...

—¡No, Raist, te lo ruego!

—Por favor, Caramon...

—Era otra voz la que hablaba, tan dulce como las manos que le tocaban—. ¡Despierta! Vuelve, Caramon, vuelve a mí. Te necesito.

El guerrero rechazó tan desesperada demanda, y también las acariciantes manos. «No, no quiero regresar. No voy a hacerlo. Estoy agotado, herido, sólo el descanso puede ayudarme.»

Pero los amorosos dedos, la voz, le impedían abandonarse. Lo apresaban en una poderosa garra para arrancarle de las profundidades en las que intentaba zambullirse.

Se estaba precipitando en una oscuridad insondable de tonalidades purpúreas. Unos dedos esqueléticos se aferraban a él mientras decenas de cabezas sin ojos se arremolinaban en torno a su cuerpo, con las bocas abiertas en alaridos silenciosos, Respiró hondo y se hundió en un mar de sangre. Luchando para no asfixiarse, logró al fin salir de nuevo a la superficie para tomar aliento. ¡Raistlin! No, había desaparecido. Sus amigos, Tanis... También él se había esfumado, lo vio alejarse en pos de la nada arrastrado por una fuerza invencible. ¿La nave? Hecha añicos, desintegrada. Los marineros, despedazados como el Perechon, habían mezclado su savia vital con las aguas del Mar Sangriento.

¡Tika! Estaba a su lado, y la apretó contra sí. Apenas respiraba. Sin embargo, no pudo sostenerla. Las arremolinadas corrientes la desprendieron de su abrazo antes de enviar al guerrero hacia el fondo. Esta vez no alcanzó la superficie. Sus pulmones habían estallado en llamas, augurando una muerte certera... el descanso definitivo... dulce, reconfortante...

Pero las manos persistían en tirar de él hacia la ominosa superficie, en obligarte a inhalar el aire ardiente. «¡No, soltadme!»

De pronto otras manos se elevaron en las sanguinolentas aguas y, con pulso firme, lo llevaron de nuevo al abismo. Cayó más y más en la clemente penumbra. Resonaron en sus oídos unos susurros mágicos, un bálsamo que le permitía respirar, inhalar agua... y sus ojos se cerraron en una acogedora tibiez. Volvía a ser un niño.

Pero no del todo. Le faltaba su gemelo.

¡No! Despertar era la agonía, prefería flotar para siempre en su tenebroso sueño. Era mejor que el sufrimiento agudo y corrosivo.

Las manos apremiantes entraron una vez más en acción para interrumpir su sosiego, acompañadas por una voz que repetía su nombre.

—Caramon, te necesito...

Tika.

—No soy curandero, pero creo que se recuperará. Deja que descanse un rato.

Tika se apresuró a enjugarse las lágrimas, en un intento de aparentar fuerza y control de sí misma.

—¿Qué ocurrió? —preguntó con fingida serenidad, aunque sin poder contener un estremecimiento—. ¿Se lastimó cuando la nave se hundió en el remolino? Hace varios días que se halla en un triste estado, desde que nos encontraste.

—No creo que fuera ésa la causa. Si hubiera sufrido alguna herida física, los elfos marinos lo habrían sanado. Su condición se debe a un tormento interior. ¿Quién es ese Raist que no cesa de mencionar?

—Su hermano gemelo —respondió Tika balbuceante.

—¿Qué le sucedió? ¿Murió en el naufragio?

—No, pero no estoy segura de su paradero. Caramon le quería mucho y... Raistlin lo traicionó.

—Comprendo —asintió el hombre en actitud solemne—. Allí arriba abundan semejantes sucesos. ¿Y aún te extraña que haya elegido vivir aquí?

—Le has salvado la vida y todavía ignoro tu nombre —dijo Tika.

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