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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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Y no se conformaron con eso. Lo llevaron a rastras hasta la puerta más próxima, la Puerta Trasera, pasando frente a la casa de su madre, y lo arrojaron al polvo frente a los guardias.

—¡He aquí a uno que abandona la ciudad! —gritó un soldado.

—¡Y no regresará nunca! —exclamó otro.

Los guardias, sin embargo, reaccionaron con calma.

—¿Eres ciudadano? —preguntó uno.

—Sí —respondió Elemak, sacudiéndose el polvo.

—El pulgar, por favor. —Acercaron la pantalla y Elemak apoyó el pulgar—. Ciudadano Elemak, hijo de la dama Hosni por el Wetchik. Es un honor servirte. —Todos los guardias se cuadraron para hacer un saludo militar.

Elemak quedó apabullado. En todas sus visitas a Basílica, nadie había hecho más que enarcar las cejas cuando el ordenador comunicaba su ilustre linaje. ¡Y ahora un saludo militar!

Los soldados de Gaballufix se burlaron de nuevo, describiéndole lo que harían si alguna vez se atrevía a regresar, y Elemak comprendió. Los guardias oficiales de la ciudad le daban a entender a él y a todos los que estuvieran cerca que ellos no formaban parte del ejército de Gaballufix. Más aún, el mero hecho de que el hijo de Wetchik fuera enemigo de Gaballufix inspiraba el respeto de los guardias. Si Elemak hallaba un modo de aprovechar esa situación, quizá pudiera volverla en su favor. ¿Qué ocurriría si regreso a la ciudad como el libertador, al mando de la guardia y la milicia, para aplastar a Gabya y su odiado ejército de disfrazados ? La ciudad me dará con gusto todo lo que Gabya procura ganar mediante el timo, la intimidación y el homicidio. Tendría todo el poder que Gaballufix ha imaginado… y la ciudad me adoraría.

12. FORTUNA

Era un día espantoso en el desierto, a pesar de que el barranco, excepto en pleno mediodía, estaba sumido en las sombras y una brisa suave lo recorría. Ningún lugar es cómodo, pensó Nafai, cuando esperas que otro cumpla una tarea que consideras tuya. Peor que el calor, que el sudor que le goteaba en los ojos, que la arena que se le metía en la ropa y entre los dientes, era el temor que sentía Nafai al pensar que Elemak tenía a su cargo la misión del Alma Suprema.

Nafai sabía que Elemak había hecho trampa al echar la elección a suertes. No era tan tonto como para pensar que Elemak dejaría semejante cosa librada al azar. Aunque admiraba la destreza con que Elya lo había manejado, estaba enfadado con él. ¿Intentaría realmente conseguir el índice? ¿O iría a la ciudad a reunirse con Gaballufix para planear una nueva traición contra Padre y la ciudad y, en última instancia, contra la tutela que el Alma Suprema ejercía sobre la humanidad?

¿Regresaría?

Por la tarde oyeron crujir piedras, y Elemak descendió ruidosamente al escondrijo. Tenía las manos vacías, pero los ojos brillantes. Hemos sido traicionados, pensó Nafai.

—Se ha negado, por supuesto —dijo Elemak—. Ese índice es más importante de lo que dijo Padre. Gaballufix no quiere entregarlo… al menos no lo hará a cambio de nada.

—¿Qué quiere, pues? —preguntó Issib.

—No lo precisó. Pero tiene un precio. Dejó bien claro que está dispuesto a oír una oferta. El problema es que debemos regresar donde Padre y tener acceso a sus finanzas.

Nafai no estaba muy conforme. ¿Cómo podía saber lo que Elemak y Gaballufix habían pactado?

—Regresar con las manos vacías —dijo Mebbekew—. Te diré qué haremos, Elya. Tú regresarás, y los demás aguardaremos aquí a que vengas con el código de las cuentas de Padre.

—De acuerdo —asintió Issib—. No pienso pasar la noche en el desierto cuando puedo entrar en la ciudad y usar los flotadores.

—¿Tan estúpido eres? —exclamó Elemak—. ¿No comprendes que las cosas han cambiado? No puedes andar paseando anónimamente por la ciudad. Hay tropas de Gabya por todas partes. Y Gaballufix no es amigo de Padre, por tanto tampoco lo es nuestro.

—Es tu hermano —observó Mebbekew.

—No es hermano de nadie —rezongó Elemak—. Tiene tantos escrúpulos morales como el barro, y es igualmente viscoso. Lo conozco mejor que vosotros y os aseguro que no tendría el menor reparo en matarnos.

Nafai se asombró de que Elemak hablara de este modo.

—Creí que querías que gobernara Basílica.

—Pensaba que su plan ofrecía la mejor esperanza para Basílica en las inminentes guerras. Pero nunca creí que Gaballufix se preocupara por nada salvo su propio provecho. Sus soldados merodean por toda la ciudad usando un traje holográfico que les cubre el cuerpo, así que todos parecen absolutamente idénticos.

—¡Máscaras para todo el cuerpo! —exclamó Mebbekew—. ¡Qué gran idea!

—Eso significa —explicó Elemak— que cuando alguien vea a un soldado de Gaballufix cometer un delito, como secuestrar o matar a un hijo del viejo Wetchik, nadie podrá identificar al culpable.

—Oh —dijo Mebbekew.

—Pues bien —intervino Nafai—, aunque Padre nos dé acceso a su dinero, ¿de qué serviría? ¿Por qué crees que Gaballufix lo vendería?

—Piensa, Nafai. Incluso un chiquillo de catorce años puede comprender las cosas de hombres hasta cierto punto. Gaballufix paga a centenares de soldados. Tiene una fortuna inmensa, pero no tanto como para mantener esta situación para siempre, a menos que logre echar mano de los impuestos de Basílica. El dinero de Padre cambiaría la situación. En este momento, Gaballufix necesita el dinero más que el prestigio de poseer el índice, del cual ya nadie se preocupa.

Tragándose la condescendencia de Elemak, Nafai comprendió que el análisis era correcto.

—Entonces el índice está en venta.

—Tal vez. Así que regresemos a ver a Padre para ver si vale la pena gastar dinero en el índice… y cuánto dinero. Él nos dará acceso a las finanzas y podremos regresar para regatear…

—Yo digo que tú regreses a ver a Padre mientras yo pruebo suerte en la ciudad —dijo Mebbekew.

—Quiero dejar mi silla esta noche —insistió Issib.

—Cuando regresemos —respondió Elemak— podrás entrar en la ciudad.

—¿Como esta vez? Nos harás esperar de nuevo, y nunca entraremos.

—De acuerdo —concedió Elemak—. Regresaré solo y diré a Padre que abandonaste su causa tan sólo para entrar en la ciudad, pasear con tus flotadores e ir a follar.

—¡No pienso ir a follar! —protestó Issib.

—¡Y yo no pienso ir a flotar! —bromeó Mebbekew.

—Un momento —los interrumpió Nafai—. ¿Qué pasará si regresamos para obtener la autorización de Padre? Eso nos llevará casi una semana. Quién sabe cuánto habrán cambiado las cosas. Podría estallar la guerra civil en Basílica. O Gaballufix podría conseguir otros medios de financiación, de modo que nuestro dinero no significaría nada para él. Hay que hacer la oferta ahora.

Elemak lo miró sorprendido.

—Sí, claro, es cierto. Pero no tenemos acceso al dinero de Padre.

Por toda respuesta, Nafai miró a Issib. Issib revolvió los ojos.

—¿Tú tienes acceso al código de Padre? —preguntó Mebbekew.

—Me dijo que alguien más debía saberlo, en caso de necesidad —asintió Issib—. ¿Pero cómo te diste cuenta, Nafai?

—Vamos, no soy tan idiota. En tus investigaciones tenías acceso a archivos de la ciudad que jamás dejarían ver a un› niño sin autorización específica de un adulto. Pero no sabía que Padre te lo había dado.

—Bien, sólo me dio el código de entrada. Yo me las apañé para averiguar el resto.

Mebbekew estaba pálido.

—¿Y en todo este tiempo, mientras yo vivía como un mendigo en la ciudad, tenías acceso a toda la fortuna de Padre?

—Piénsalo, Meb —dijo Elemak—. ¿A quién más confiaría Padre su código? Nafai es un niño, tú eres un derrochón y yo tenía constantes desavenencias con él acerca del modo de invertir el dinero. En cambio Issib… ¿qué iba a hacer él con el dinero?

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