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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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Por fin llegaron al mirador. Una brisa continua, que barría la colina, les lanzó la lluvia a la cara. En la cima sólo había un árbol, una magnífica conífera de gran envergadura, enraizada en el punto más elevado. Hacia la mitad de su altura, podía distinguirse una especie de plataforma.

Rosas le echó un brazo por encima de los hombros para empujarla hacia el árbol.

—Cuando yo era un muchacho, en lo alto del árbol había una casa. Desde allí arriba deben contemplarse unas vistas muy buenas.

En el tronco se habían esculpido unos escalones de madera. Della vio también un grueso cable metálico que bajaba desde arriba, siguiendo los escalones. ¿Habría allí algo electrónico? Luego descubrió que se trataba de la conexión a tierra de un pararrayos. Los Quincalleros cuidaban muy bien de sus niños.

Unos segundos después ya estaban sobre la plataforma. La cabina estaba limpia y seca, con un alfombrado blando en el suelo. Desde ella se obtenía una panorámica muy buena hacia el sur y el oeste, pese a que, de alguna manera, se había conseguido que no entraran el viento ni la lluvia. Se despojaron de sus impermeables y se sentaron para disfrutar del sonido de la lluvia desde aquel refugio cómodo y seco. Mike se arrastró a gatas hasta la ventana que miraba al sur.

—Por si te sirve de algo, aquí lo tienes.

Las colinas llenas de árboles descendían bajo sus pies. La costa estaba aproximadamente a cuatro kilómetros, pero la lluvia era tan intensa que no podía distinguir más que una vaga silueta de dunas de arena y del movimiento de las olas. Parecía existir un rompeolas pequeño, sin ninguna embarcación fondeada en el mismo. En realidad el embarcadero no estaba en la propiedad de Flecha Roja, pero lo utilizaban ellos más que nadie. Mike aseguraba que llegaba más gente a la granja desde el mar que desde tierra. Della tenía dudas. Se inclinaba a pensar que Mike trataba de engañarla una vez más.

El ayudante de sheriff se apartó del agujero de observación y se sentó al lado de ella.

—¿Valía la pena, realmente, Della?

Había un cierto antagonismo en el tono de la voz de Mike. Ya había quedado probado que no tenía intención de denunciarla, para no comprometerse él mismo a su vez. Pero no era de los suyos. Ella había tratado con muchos traidores, hombres a los que su propio interés les volvía fáciles de convertir en instrumentos de confianza. Rosas no era de éstos. Esperaba para actuar a que llegara el momento en que pudiera hacerle más daño. Y hasta que llegara este momento, asumiría el papel de aliado poco dispuesto a serlo.

Tenía razón. ¿Valía la pena? Mike sonrió casi triunfalmente.

—Estás atascada aquí desde hace más de dos semanas. Has aprendido algo acerca de un pequeño rincón de las tierras que no tienen gobierno, y de un pequeño grupo de Quincalleros. Creo que eres mucho más importante para los de la Paz que todo esto. Eres como una valiosa pieza que voluntariamente quedara fuera de juego.

Della le devolvió la sonrisa. Mike no hacía más que decir en voz alta algo que ella pensaba con enfado. La única cosa que la retenía allí era la suposición de que, con un poco más de investigación, podría llegar a localizar a Paul Hoehler/ Naismith. Al principio le había parecido que sería muy fácil. Pero, poco a poco, se fue dando cuenta de que Mike, y casi todos los demás, no tenían idea de su paradero. Tal vez Kaladze lo sabía, pero ella necesitaría una sala de interrogatorios para poder arrancarle aquella información. Lo único que había hecho bien en relación a este problema había sido al principio, cuando había situado un localizador en el caballo del muchacho negro.

Pero afortunadamente todo había terminado. Ahora tenía una oportunidad para situarse en la mejor de las posiciones estratégicas.

Los ojos de Mike se hicieron pequeños, y Della supo que él había captado algo de su sensación de triunfo. ¡Maldición! Habían estado demasiado tiempo juntos, habían sostenido conversaciones nada superficiales. Mike la hizo acercarse a él cogiéndola fuertemente de un brazo, hasta que sus caras quedaron muy próximas.

—Dime, ¿qué pasa? ¿Qué vas a hacer? —apretó su brazo hasta que a ella le dolió como si se lo apretaran con un torniquete.

Della contuvo los reflejos que le habrían llevado a dejar a Mike ahogándose a causa de la tráquea rota. Era preferible dejarle creer que tenía la ventaja ancestral del macho. Fingió sentirse sobrecogida y sin palabras. ¿Cuánto le debía explicar? Cuando estaban a solas Mike hablaba con frecuencia de los propósitos reales de ella, en relación a Flecha Rota. Ella ya sabía que no iba a intentar comprometerla por medio de testigos escondidos. Lo podía hacer directamente siempre que quisiera. Y él conocía tan a la perfección el Flecha Rota, que era muy poco probable que pudieran estar escuchándoles con aparatos ocultos. O sea que el único peligro estaba en decirle demasiado y darle motivos para que descubriera el juego de ambos. Tal vez sería mejor decirle algo. Si se enteraba de todo de golpe, la sorpresa le resultaría difícil de controlar. Intentó encogerse de hombros.

—Tengo un par de «tal vez» que creo me ayudarán. Tu amigo Hoehler, o Naismith, dice que tiene el prototipo de un generador de burbujas. Tal vez sea verdad que lo tiene. En todo caso deberá pasar cierto tiempo antes de que podáis construiros uno. Si entretanto la Paz puede desequilibraros, haciendo que vosotros y Naismith tengáis que intervenir antes de lo conveniente…

—Los juicios.

—Has acertado.

Ella se preguntaba cuál sería la reacción de Mike si supiera que ella había recomendado los juicios inmediatos de los rehenes de La Jolla. Mike se había asegurado de que alguno de los Kaladzes pudieran oírla cuando llamó a sus familiares de San Francisco. Había hablado con aparente inocencia diciendo sólo que estaba a salvo entre los Quincalleros de la California Central, a pesar de que no podía decirles exactamente dónde. Sin duda, Rosas suponía que debía haber una especie de código, pero nunca hubiera podido figurarse lo complejo que era. Los códigos de tono de voz se adecuaban muy bien a los que tenían el inglés como lengua nativa.

—Los juicios. Si los podemos usar para provocar pánico en Kaladze y sus amigos, tal vez podríamos echar un vistazo a los aparatos de Naismith, antes de que puedan causar algún daño importante a la Paz.

Mike se rió y aflojó un tanto la fuerza de su mano.

—¿Provocar pánico en Nicolai Sergeivich? Te sería más fácil provocarlo en un oso enfurecido.

Della no tenía previsto hacer lo que hizo a continuación, y que era poco frecuente en ella. La mano que le quedaba libre se deslizó hasta la nuca de él, acariciándole el cabello. Se puso de puntillas para poder besarle. Al principio Rosas se apartó un poco, pero luego le correspondió. Unos instantes después ella notó el peso de él mientras ambos se dejaban deslizar hasta caer sobre el blando recubrimiento del suelo de la casa del árbol. Los brazos de ella le rodeaban el cuello y los hombros, y el beso continuaba.

Hasta entonces, Della nunca había usado su cuerpo para asegurarse una lealtad. Nunca había sido necesario. Y en realidad nunca había encontrado un individuo tan atractivo. Y era muy dudoso que en aquel caso el resultado pudiera ser positivo. Mike había caído en sus manos a causa de lo que creía su deber; no podía racionalizar las muertes que había ocasionado. Y en este sentido, era tan inmutable como ella.

Con uno de sus brazos la tenía enlazada por la cintura, mientras con la mano que le quedaba libre tiraba de su blusa. La mano se deslizó por debajo de la ropa, por encima de su suave piel, hasta sus pechos. Las caricias eran impacientes, brutales. Había rabia y algo más. Della se apretó contra él, forzando una de sus piernas entre las de él. Durante mucho tiempo se olvidaron del mundo y dejaron que su pasión hablara por sí misma.

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