El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Hester no la interrumpió.
– Al parecer, cuando el Regimiento del Highland liberó Cawnpore, encontraron los cuerpos descuartizados y se vengaron de un modo horrendo, matando a todos los cipayos del lugar. Aunque lo que quería contarle es el relato que me ha escrito Amalia sobre la esposa de un soldado, una tal Bridget Widdowson, quien durante el sitio recibió el encargo de vigilar a once amotinados, puesto que para entonces apenas había ya hombres disponibles. Ella cumplió con su cometido a la perfección, manteniéndose alerta todo el día, obligándolos a permanecer inmóviles, pero después, cuando la relevó un soldado regular, todos escaparon. ¿No le parece algo excepcional?
– Desde luego -convino Hester, con sinceridad. Veía el asombro y la atónita admiración en los ojos de Sylvestra. En su interior iban tomando forma la soledad de aquella casa sin su marido, las restricciones que la sociedad imponía a la viudez y la ociosidad forzosa como una especie de encarcelamiento. Con el paso del tiempo, la dependencia de Rhys no haría más que acentuar esa sensación-. Aunque el calor y las enfermedades endémicas me parecen experiencias muy duras -dijo para contrarrestar.
– ¿De veras? -Era una pregunta sincera, no una observación cortés-. ¿Por qué se marchó a Crimea, miss Latterly?
Hester se vio sorprendida.
– Oh, discúlpeme -dijo Sylvestra de inmediato-. Ha sido una pregunta impertinente. Usted puede haber tenido toda clase de razones personales que no son de mi incumbencia. Le ruego que me perdone.
Hester supo lo que estaba pensando. Se rió sin reservas.
– No fue por un fracaso amoroso, se lo prometo. Deseaba la aventura, la libertad de usar mi cerebro y mis facultades donde fuesen lo bastante necesarios como para borrar los prejuicios contra la iniciativa de las mujeres.
– Me figuro que tuvo éxito. -El rostro de Sylvestra reflejaba un vivo interés.
Hester sonrió.
– No le quepa duda.
– Mi marido la habría admirado por eso -dijo Sylvestra, con convencimiento-. Amaba el coraje y el valor para ser diferente, para tener inventiva. -Se mostró compungida-. A veces me pregunto si le habría gustado ir a algún lugar como la India, o tal vez África. Las cartas de Amalia le estremecían, aunque me daba la impresión de que también despertaban en él cierto descontento, incluso una especie de envidia. Habría disfrutado con nuevas fronteras, el reto del descubrimiento, la oportunidad de un auténtico liderazgo. Era un hombre fuera de lo común, miss Latterly. Poseía una mente extraordinaria. Amalia ha heredado su coraje, igual que Constance.
– ¿Y Rhys? -apuntó Hester en voz baja.
El rostro de Sylvestra volvió a ensombrecerse.
– Sí…, Rhys también. Quería dárselo todo. Sé que es terrible que lo diga, pero en cierto modo me alegra que no viviera para ser testigo de esto… Rhys tan enfermo, incapaz de hablar… y tan… ¡tan cambiado! -Negó con la cabeza-. ¡Le habría dolido tanto que dudo que lo hubiese soportado! -Bajó la vista hasta sus manos-. Pero luego deseo con todo mi corazón que Leighton hubiese vivido más tiempo, y que él y Rhys se hubiesen conocido mejor. Ahora es demasiado tarde. Rhys nunca conocerá a su padre de hombre a hombre, nunca apreciará sus cualidades como pude hacer yo.
Hester pensó en la versión de Monk sobre lo ocurrido en el oscuro callejón de St Giles. Deseó con una abrumadora intensidad que no fuese cierta. Resultaba nauseabunda. Para Sylvestra sería intolerable, a duras penas conservaría la cordura.
– Tendrá que contárselas usted -dijo Hester en voz alta-. Habrá un montón de cosas que pueda contarle para que el verdadero carácter y las virtudes de su padre cobren realidad para él. Va a necesitar su compañía durante su recuperación, y también su aliento.
– ¿Usted cree? -preguntó enseguida Sylvestra, con una mezcla de esperanza y duda-. De momento parece que mi mera presencia le angustia. Está lleno de rabia, miss Latterly. ¿Tiene usted idea de por qué puede ser así?
Hester no lo comprendía, y le asustaba la crueldad subyacente. Había presenciado la misma exultación ante la capacidad de hacer daño en repetidas ocasiones, y aquello le helaba la sangre en las venas más que cualquier cosa que dijera Monk.
– Me inclino a pensar que sólo es frustración por no ser capaz de hablar -mintió-. Y, por supuesto, no debemos olvidar el dolor corporal.
– Sí…, sí, supongo que es eso.
Sylvestra volvió a concentrarse en el bordado.
La doncella entró y avivó el fuego, llevándose el cubo del carbón consigo para rellenarlo.
Al día siguiente, por la tarde, Fidelis Kynaston volvió a visitar la casa, tal como había prometido que haría, y Sylvestra instó a Hester a disponer para sí de la velada, pues creía que un poco de aire fresco, alejada de Ebury Street, le haría bien. Hester aceptó complacida, más aún dado que Oliver Rathbone había vuelto a invitarla a cenar o a asistir al teatro, si le apetecía.
Normalmente la ropa le interesaba menos que a la mayoría de las mujeres, aunque aquella noche deseó poseer un guardarropa lleno de trajes entre los que elegir, todos seleccionados por su capacidad de favorecerla, de suavizar la línea de los hombros y el busto, de dar luz y color al cutis y profundidad a la mirada. Puesto que ya había lucido su mejor vestido en su cita anterior, se vio forzada a ponerse uno verde oscuro que ya tenía más de tres años y era mucho más austero del que ella hubiese escogido para la ocasión, en caso de haber podido hacerlo. Con todo, debía sacar el mejor partido posible a lo que tenía y procurar no darle más vueltas. Se arregló el pelo con esmero. Lo tenía lacio y poco dispuesto a caer formando los bucles y tirabuzones que dictaba la moda, pero era abundante y brillaba que daba gusto. Su piel no tenía suficiente color, pellizcársela no serviría de nada una vez que llegara al teatro, y dentro del coche de caballos eso apenas importaba.
En efecto, cuando Rathbone vino a buscarla y ella le hizo esperar unos minutos inintencionadamente, el pensamiento sobre su apariencia duró sólo unos instantes antes de desvanecerse por el placer que sintió al verlo, acelerándosele el pulso al recordar su última salida juntos y el contacto de los labios de Rathbone en los suyos.
– Buenas tardes, Oliver -saludó con timidez, al tiempo que tropezaba en el último escalón y cruzaba presurosa el vestíbulo hacia donde él aguardaba, a pocos metros del sorprendido mayordomo. Rathbone presentaba un aspecto incluso demasiado elegante para tratar a nivel social con una enfermera de pago, y saltaba a la vista que era todo un caballero.
Le devolvió la sonrisa, intercambiaron los cumplidos de rigor y luego la acompañó hasta el coche de caballos que esperaba fuera.
La noche era fría pero bastante seca y por una vez no había niebla, por lo que podía verse con toda claridad la luna creciente encima de los tejados. Circularon conversando amigablemente sobre toda suerte de asuntos triviales: el tiempo, cotilleos políticos, alguna noticia del extranjero, hasta que llegaron al teatro y se apearon. Había elegido una obra de ingenio y humor, algo adecuado para una cita social más que un reto para la mente o las emociones.
En cuanto entraron se vieron sumidos en una marea de colores y luz y en el alboroto de la cháchara mientras las mujeres iban de un lado a otro, con sus inmensas faldas rozándose entre sí y los rostros ansiosos por saludar a algún viejo conocido o descubrir a alguien nuevo.
Aquella era la vida social a la que Hester estaba acostumbrada antes de ir a Crimea, cuando vivía en casa de su padre y todos daban por supuesto con la mayor naturalidad que encontraría un buen partido y se casaría con él en cuestión de uno o dos años a lo sumo. De eso sólo hacía seis años pero parecía que hubiese transcurrido toda una vida. Ahora era una extraña y había perdido la facilidad de trato.
– ¡Buenas noches, Sir Oliver! -Una dama muy corpulenta se les echó encima la mar de entusiasmada-. Cuánto me alegra verle otra vez. Mucho me temía que nos viéramos privadas del placer de su compañía. Ya conoce a mi hermana, la señora Maybury, ¿verdad? -Fue una afirmación, no una pregunta-. Permítame que le presente a su hija, mi sobrina, miss Mariella Maybury.