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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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—Mientras escapaba, una bala de bajo calibre se hundió en el tejido muscular. Tenían una pistola antigua, un trozo de chatarra del siglo XX con la empuñadura medio oxidada. Pero lo importante del tema, Scotty, es que reconocí al tipo que me disparó.

—¿Lo conocías?

—Sí, y creo que él también me reconoció… o, por lo menos, sé que mi rostro le resultaba familiar. Si no se hubiera sorprendido al verme, estoy seguro de que el disparo habría sido mortal. Aquel tipo era Adam Mills.

Me aparté de él de forma instintiva y me apoyé en la puerta de mi lado, sintiendo frío a pesar del calor estival.

—¡No puede ser! —exclamé.

—Te juro que era él. No murió en Portillo… supongo que logró escapar con los refugiados.

—¿Y tropezaste con él en El Paso? ¿Así de sencillo?

—Sue dice que no es ninguna coincidencia, sino una turbulencia tau. Se trata de un sincronismo significativo que se conecta con nosotros a través de ti. Adam Mills es la saeta, Scotty, y te está apuntando.

—No me lo creo.

—Y por lo que sé, no es necesario que lo hagas. Yo tampoco quería creerme que tenía una bala clavada en la pierna. Tuve que matar a un par de personas para conseguir esta información y dársela a Sue. Lo que Sue haga con ella o lo que tú hagas con ella no es asunto mío.

—¿Has matado a un par de personas?

—¿En qué crees que consiste mi trabajo, Scotty? ¿En viajar por todo el país recurriendo a la persuasión moral? Por supuesto que he matado a diversas personas —movió la cabeza—. ¿Sabes? Esto es exactamente lo que me saca de quicio. Cuando me miras, ves a aquel tipo tan animado con el que solías holgazanear en Chumphon; sin embargo, debo decirte que antes de conocerte ya había matado a un hombre, Scotty. Sue lo sabe. Ya sabes que en aquella época no vendía bañadores, sino que traficaba con drogas. Son situaciones en las que te encuentras cuando te mueves en ese mundo. Yo no poseo tu sentido de la ética. Sé que te consideras una especie de leproso moral porque la jodiste con Janice y Kait, pero en lo más profundo de tu alma sabes que eres un padre de familia. Eso es todo.

—¿Y por qué quiere Sue que os acompañe?

—Ojalá lo supiera.

Veintiuno

En estos días de crisis, el Marriott no atraía a demasiados huéspedes. Sue estaba sola en la sala de la piscina y la sauna, aunque Morris Torrance montaba guardia al otro lado de la puerta.

Me miró desde las agitadas aguas del jacuzzi. Llevaba un bañador de color rojo bombero y un gorro de plástico amarillo; ninguna de las dos prendas le sentaba bien, pero Sue nunca había prestado demasiada atención a la moda. Incluso en el jacuzzi llevaba puestas sus enormes gafas arcaicas, con su arañada montura de lo que parecía bakelita negra.

—Tendrías que probar esto, Scotty —me dijo—, es muy relajante.

—No estoy de humor.

—¿Debo asumir que Hitch ha estado hablando contigo?

—Sí.

Suspiró.

—De acuerdo. Dame un minuto.

Levantó su cuerpo en forma de pera para salir del jacuzzi y, en cuanto se quitó el gorro, su cabello saltó como un animal enjaulado.

—Me apetece sentarme en las tumbonas que hay junto a la ventana — dijo—, pero no sé si tendrás demasiado calor con esa ropa.

—Estoy bien —respondí, aunque el aire era tropical y apestaba a cloro. Además, aquella incomodidad me parecía adecuada.

Extendió una toalla de baño y se sentó con solemnidad.

—¿Hitch te ha hablado de Adam Mills?

—Sí, pero todavía no se lo he contado a Ashlee.

—No lo hagas, Scotty.

—¿Que no se lo diga? ¿Acaso prefieres contárselo tú?

—Por supuesto que no, pero tampoco quiero que lo hagas.

—Ella cree que podría estar muerto. Tiene derecho a saber la verdad.

—Sí, es evidente que Adam está vivo. Sin embargo, antes de decirle nada, pregúntate a ti mismo lo siguiente: ¿De qué serviría contárselo a Ashlee? ¿Realmente vale la pena que sepa que su hijo está vivo y es un asesino?

—¿Un asesino? ¿En serio?

—Sí. Lo sabemos con certeza. Adam Mills es un fervoroso kuinista de línea dura y un asesino múltiple… un secuaz de una de las bandas P-K más depravadas del país. ¿Crees que Ashlee necesita saber eso? ¿De verdad quieres decirle que su hijo está llevando un tipo de vida que, probablemente, lo conducirá a la muerte o a la cárcel en un futuro próximo? Y cuando esa suceda, ¿deseas ver cómo se hunde de nuevo en la tristeza?

Vacilé. Intentaba ponerme a mí mismo en el lugar de Ashlee: si llevara años preguntándome si Kaitiin habría sobrevivido al Cronolito de Portillo, agradecería cualquier tipo de información.

Pero Adam no era Kaitiin.

—Fíjate en todo lo que ha ganado desde Portillo: un trabajo, una familia, una vida real… y también equilibrio, Scotty, en un mundo en el que todas estas cosas se han convertido en un bien escaso. Soy consciente de que la conoces mucho mejor que yo… pero en tu lugar, yo me lo pensaría dos veces antes de volver a arrebatarle todo eso.

Decidí dejar el tema apartado, de momento. Había venido a ver a Sue por otras razones.

—También le estaría arrebatando todo eso si os acompañara al oeste… pues Hitch me ha dicho que eso es lo que quieres.

—Sí, pero el viaje no será largo, Scotty. ¿Te importaría sentarte, por favor? No me gusta nada hablar de pie. Me pone muy nerviosa.

Coloque una segunda tumbona enfrente de ella. Al otro lado de la ventana, que estaba cubierta por una capa de vaho, la ciudad se cocía bajo el sol de la tarde. Los rayos centelleaban en las ventanas, en las antenas de los tejados, en las aceras.

—Préstame atención —dijo—. Se trata de algo importante, así que quiero que lo escuches con una mente abierta… por difícil que resulte en estas circunstancias. Sé que hay muchas cosas que no te hemos contado, pero intenta comprendernos, por favor. Teníamos que ser precavidos, teníamos que asegurarnos de que tu opinión sobre Kuin no había cambiado… no, no te hagas el ofendido, pues hemos visto cosas mucho más extrañas que esa. Teníamos que estar seguros de que no habías quedado atrapado en los círculos Copperhead, como el marido de Janice… ¿Cómo se llamaba? ¿Whitman? Morris insiste en que no debemos fiarnos de nadie, aunque le he dicho una y mil veces que tú seguías siendo el mismo. Te conozco bien, Scotty. Has estado en la turbulencia tau casi desde el principio. Ambos lo hemos hecho.

—Sí, ya sé que nos une un vínculo sagrado, Sue. Pero a mí me parece una estupidez.

—No es ninguna estupidez ni ninguna hipótesis descabellada. Aunque reconozco que se trata de una interpretación, los cálculos sugieren…

—La verdad es que no me importa en absoluto lo que sugieren los cálculos.

—Entonces, limítate a escuchar. Voy acontarte la verdad que yo creo.

Apartó la mirada y sus ojos observaron algún punto muy distante. No me gustó la expresión de su rostro: era vehemente y esquiva, casi inhumana.

—Scotty, yo no creo en el destino. Es un concepto arcaico. Las vidas de las personas son increíblemente complejas, mucho menos predecibles que las de las estrellas. Sin embargo, sé que la turbulencia tau mueve la causalidad a lo largo y ancho de la línea temporal. ¿Realmente crees que se trata de una coincidencia que tú y Hitch acabaseis trabajando para mí, o que Adam Mills compartiera con nosotros la turbulencia de Portillo? En estos dos casos, resulta posible construir una secuencia lógica de los acontecimientos que podría considerarse una explicación, pero no sería satisfactoria. Yo conocí a Hitch Paley a través de los acontecimientos de Chumphon, de una forma que no podría considerarse aleatoria, y tú conociste a Ashlee porque vuestros hijos realizaron juntos un peregrinaje. Sin embargo, Scotty, si retrocedes un paso y observas de nuevo todo esto con más detenimiento, te darás cuenta de que todos estos hechos se unen entre sí con demasiada pulcritud. Las causas anteriores son insuficientes, de modo que tiene que existir una causa posterior.

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