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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Petra retorció las manos.

– Y luego tenemos a Amo von der Leyen, por supuesto -prosiguió-. Nos han llegado noticias de que pronto, alrededor de Navidad, recibirá una visita importante de Berlín. Tendremos que concentrar todas nuestras fuerzas en su recuperación. He oído decir que ha intentado suicidarse. ¿Hay alguien que pueda corroborarlo?

Las enfermeras se miraron y sacudieron la cabeza.

– De todos modos, no podemos permitirnos correr riesgos. Me han concedido dos pacientes que están a punto de recibir el alta de la sección somática para tratamiento ulterior en esta sección. Podrán montar guardia para garantizar que no vuelva a ocurrir. Podremos retenerlos durante tres meses. Supongo que será suficiente, ¿verdad?

– ¿Montarán guardia las veinticuatro horas del día?

Como era su costumbre, la supervisora de las enfermeras se aseguró de que a su plantilla no le fueran impuestas más guardias.

Thieringer sacudió la cabeza.

– ¡Devers y Leyen duermen por la noche! ¡De eso tendrá que encargarse usted!

– ¿Y qué pasará con el compañero de habitación de Amo von der Leyen? -comentó el doctor Holst, inseguro.

– Es poco probable que el Gruppenführer Devers se recupere. El gas ha dañado demasiado sus pulmones y su cerebro. Haremos todo lo que podamos, pero se le seguirá administrando la dosis completa. ¡Tiene amigos muy influyentes! ¿Entendido?

– ¿Pero realmente es el más adecuado? Quiero decir, para compartir habitación con Amo von der Leyen. Quiero decir… -El doctor Holst apenas sabía cómo plantearlo y reculó en el asiento al encontrarse con la mirada desagradable que le dispensó Thieringer-, AI fin y al cabo, está totalmente ido.

– ¡Pues sí, estoy convencido! Por lo demás, les recomiendo encarecidamente que procuren que ni Horst Lankau ni cualquier otro paciente de la habitación número tres entren en la habitación de Amo von der Leyen y del Gruppenführer Devers.

– ¡Wilfried Kröner nos echa una mano con las tareas! ¿También lo incluye a él? -incidió la hermana Lili.

– ¿Kröner? -Manfried Thieringer sacó el labio inferior y sacudió la cabeza-. No. ¿por qué? Al fin y al cabo, parece encontrarse en plena recuperación. En cambio, no me parece que el comportamiento del Standartenführer Lankau esté evolucionando satisfactoriamente. Parece inestable. Hasta que le demos el alta definitiva, deberemos procurar que se mantenga en calma y deje de importunar a los demás pacientes.

Puesto que ya habían tratado la situación de Gerhart Peuckert, sólo había una pregunta que Petra deseaba que le contestaran:

– ¿Cómo debemos comportarnos con la visita del Gruppenführer Devers, Herr Thieringer? ¿Podemos permitirnos el lujo de ofrecerle comida cuando viene tan a menudo?

– ¿Cuan a menudo viene?

– Varias veces a la semana. ¡Prácticamente todos los días, creo!

– Se le puede ofrecer comida, sí. ¡Pregúntele usted misma! Puede suponer una distracción para Amo von der Leyen.

Miró serenamente a su adjunto y añadió:

– Sí, eso sería estupendo. Yo mismo hablaré con ella en cuanto la vea.

Petra había envidiado a la esposa del Gruppenführer Devers desde el primer momento. No por su fisonomía ni tampoco porque, aparentemente, su vida no le exigía gran cosa, sino sólo por su ropa. Cuando pasaba por delante de la sala de guardia, toda estirada y orgullosa, solía saludarla con un gesto de la cabeza. La hermana Petra sólo tema ojos para sus medias y su traje. Todo «seda de Bamberg», les había comentado a sus compañeras de habitación. Ninguna de ellas había llevado unas medias así en toda su vida.

Petra había aprovechado la ocasión para tocar a Gisela Devers furtivamente mientras estaba sentada en la cama de su esposo leyendo; la tela era extraordinariamente lisa, diríase que casi fresca al tacto.

Amo von der Leyen no le quitaba ojo a la esposa del Gruppenführer Devers, de eso se había dado cuenta Petra. Para sus adentros daba gracias a Dios porque Gerhart no pudiera disfrutar de aquella vista.

Los guardias del pasillo recién instituidos eran dos muchachos paliduchos que, al igual que tantos otros, llevaban grabadas las más profundas heridas en sus miradas. Los uniformes recién planchados de Rottenführer de las SS eran nuevos y relucientes, pero las insignias estaban deslucidas y daban testimonio de batallas pasadas. La insignia de la división estaba compuesta de dos granadas de mano cruzadas. Petra las había visto antes; no le sentaban demasiado bien a nadie.

La sola presencia de Gisela Devers era capaz de hacer que aquellos dos jóvenes guardias se cuadraran y se mantuvieran alertas a su paso. Era una mujer elegante, esposa de un oficial de las SS y la única familiar cuya visita se aceptaba en aquella ala.

Sin embargo, una vez había pasado de largo, los jovencitos empezaban a cuchichear confidencialmente con los rostros siempre sonrientes. A todos los demás, incluidos los médicos, los miraban con indiferencia. Conocían su trabajo y lo llevaban a cabo con eficacia y sin rechistar. Mientras cumplieran su cometido e hicieran el papel que se les había asignado no tendrían nada que temer. Antes dieciocho horas de guardia diarias que una sola en el frente.

Petra tenía que darle la razón a Thieringer. Horst Lankau ya no era el mismo de antes. Aquel ancho y curtido rostro, rubicundo y jovial, había dejado de sonreír. Los demás pacientes parecían tenerle miedo. El médico mayor también había tenido razón al decir que lo habían encontrado en la habitación de Devers y del héroe de la sección, Amo von der Leyen, sin motivo aparente.

Cuando finalmente le prohibieron abandonar su habitación, su ira se había desbocado. Las protestas se habían tornado sorprendentemente concretas y ricas en insultos cuando lograron administrarle un sedante.

Desde entonces había recuperado algo de su antiguo don de gentes.

Habían ocurrido muchas cosas últimamente. Wilfried Kröner mejoraba a pasos agigantados y se movía con toda libertad por la Casa del Alfabeto. Para gran regocijo de todos, llevaba la ropa sucia al sótano y empujaba el carrito de la cantina por todas las plantas. Aparte de los espasmos crónicos que sufría y que sobre todo se traducían en incontinencia urinaria y esporádicas convulsiones que le ocasionaban ciertas disfunciones a la hora de expresarse verbalmente y que, de vez en cuando, le provocaban tortícolis, parecía que el tratamiento, a grandes rasgos, estaba tocando a su fin.

El extravagante Peter Stich, de sonrisa casi sardónica, había dejado de mirar fijamente el chorro de agua de la ducha pero, en cambio, había empezado a hurgarse la nariz con tanta fruición que parecía que, de esa forma, intentara eliminar las jaquecas que sin duda padecía. Cuando sufría uno de aquellos ataques, la sangre le salía a chorros. Petra lo odiaba. Lo ensuciaba todo y, además, irritaba sobremanera a los enfermeros.

Y luego estaba el chapaleo del dedo escarbando la nariz frenéticamente; le provocaba náuseas.

Los guardias habían encontrado un nuevo objeto merecedor de su atención. Habían ingresado a un Obergruppenführer que había sufrido un colapso nervioso en la habitación contigua a la de Amo von der Leyen. Aunque los camilleros que lo habían subido a la planta lo describieron con toda suerte de detalles, nadie, aparte de un par de médicos y de Manfried Thieringer, conocía la verdadera identidad del general. Petra sólo sabía que se trataba de un señor distinguido de mediana edad que parecía que chocheaba.

No permitían que nadie entrara en su habitación sin que estuviera acompañado por el médico mayor. Lo único que necesitaba era un poco de paz y tranquilidad para reponerse, decían. El escándalo sería sonado si se divulgaba que uno de los pilares del Tercer Reich estaba ingresado en aquel lazareto.

Gisela Devers había intentado, hábil pero vanamente, obtener un permiso para saludarlo. Era así como había alcanzado la posición que ostentaba actualmente, había quien insinuaba. Petra no lo tenía tan claro. Su bolso llevaba el logotipo de la casa I. G. Farben. Se rumoreaba que pertenecía a la familia de los propietarios, algo que tanto sus ropas como su matrimonio parecían corroborar; una razón plausible que explicaba que pudiera ir y venir con tanta libertad.

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