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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Cayo Julio! ¡Cayo Julio! -exclamó Mario abriendo los brazos-. ¡Procurad ser optimista, os lo ruego! Nadie ha dicho aún que Julia esté en peligro de muerte; simplemente me advirtieron que el parto no va a ser fácil. Por eso mandé llamaros para que me ayudaseis a pasar este amargo trance y no para que me deprimierais y me hicierais verlo todo negro.

– En realidad -dijo César, avergonzado, haciendo un esfuerzo-, me alegro de que a Julia le haya llegado la hora del parto. Ultimamente no he querido molestarla, pero cuando haya dado a luz, espero que tenga ocasión de hablar con Julilla.

Mario opinaba que lo que le hacía falta a Julilla era una buena azotaina paterna, pero fingió interesarse por lo que decía su suegro; al fin y al cabo, él no había sido padre y ahora que estaba a punto de serlo (si todo iba bien), tenía que admitir que podía acabar siendo un tata complaciente como Cayo Julio César.

– ¿Qué sucede con Julilla? -inquirió.

– Que no quiere comer -respondió César con un suspiro-. Hace ya tiempo que no hay manera de hacerla comer, pero en los últimos cuatro meses la cosa ha empeorado. ¡No deja de perder libras! Empieza a sufrir desmayos y se cae como un saco al suelo. Pero los médicos no le encuentran nada.

¿Me volveré yo así de chocho?, se preguntaba Mario. Esa jovencita no tiene nada que no se cure con una buena dosis de indiferencia. Pero, como imaginó que había que hablar de ello, dio conversación al suegro.

– Y os gustaría que Julia averigüe lo que sucede, ¿no es eso?

– ¡Naturalmente!

– Seguramente estará enamorada de alguien poco recomendable -replicó Mario, acertando sin saberlo.

– ¡Tonterías! -respondió César, tajante.

– ¿Cómo podéis saberlo?

– Porque los médicos ya lo pensaron y yo hice mis averiguaciones -respondió César, a la defensiva.

– ¿A quién le preguntasteis? ¿A ella?

– ¡Claro que si!

– Habría sido más práctico preguntar a su criada.

– ¡Oh, vamos, Cayo Mario!

– ¿No estará embarazada?

– ¡Oh, vamos, Cayo Mario!

– Escuchad, suegro, es inútil que queráis considerarme poco menos que un insecto a estas alturas -dijo Mario sin consideraciones-. Formo parte de la familia y no soy un extraño. Si yo, con mi limitadísima experiencia en cuanto a jovencitas de dieciséis años, veo esa posibilidad, con mayor motivo deberíais verla vos. Llamad a la criada a vuestro despacho y dadle una buena tunda hasta que os diga la verdad. Seguro que es la confidente de Julilla y os lo confesará todo si la interrogáis como es debido y la amenazáis de muerte.

– ¡Eso no puedo hacerlo, Cayo Mario! -replicó César horrorizado ante tan draconianas medidas.

– Quizá baste con un buen varapalo -insistió Mario pacientemente-. Una buena azotaina y la simple mención de la tortura y os dirá todo lo que sepa.

– No puedo hacer eso -repitió César.

– Pues haced lo que gustéis -respondió Mario con un suspiro-. Pero no penséis que sabéis la verdad porque se lo hayáis preguntado a Julilla.

– En mi familia siempre nos hemos dicho la verdad -añadió César.

Mario, sin contestar, se limitó a adoptar una expresión de escepticismo.

Se oyó llamar a la puerta del despacho.

– ¡Adelante! -gritó Mario, alegrándose por la interrupción.

Era el médico griego bajito de Sicilia, Atenodoro.

– Dominus, vuestra esposa desea veros. Y creo que le haría bien si fuerais con ella.

A Mario le dio un vuelco el corazón, contuvo la respiración y se le congeló el gesto. César se había puesto en pie y miraba al fisico, condolido.

– ¿Está… está…? -balbucía abatido.

– ¡No, no! Perded cuidado, domíni, está bien -respondió el griego, tranquilizándolos.

Cayo Mario nunca había visto a una mujer de parto y se hallaba aterrorizado. Soportaba ver los muertos y mutilados en el campo de combate; eran compañeros de armas, independientemente del bando en que lucharan, y un hombre sabía que estaba en manos de la Fortuna en contarse o no entre ellos. En el caso de Julia, la víctima era un ser muy querido, una persona digna de ternura y protección a quien debía evitar todo posible dolor. Sin embargo, Julia era víctima de él como un enemigo cualquiera, y yacía entre dolores en el lecho por culpa de él. Inquietantes reflexiones para Cayo Mario.

No obstante, todo parecía ir bien cuando entró en la habitación de la parturienta. Julia estaba en la cama. La silla especial del parto en la que la sentarían cuando llegase la última fase del alumbramiento estaba discretamente tapada en un rincón, y él no la vio. Para su gran alivio, Julia no parecía agotada ni muy enferma, y nada más verle le sonrió radiante, estirando los brazos.

El le cogió las manos y se las besó.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó.

– ¡Claro que sí! Me dicen que será algo laborioso y que perderé algo de sangre -contestó ella, presa en aquel instante de un espasmo de dolor, agarrándole las manos con una fuerza desconocida para él, y aferrándose unos instantes hasta que se relajó de nuevo-. Quería verte -siguió diciendo, como si no hubiera habido interrupción alguna-. ¿Puedo verte de vez en cuando o te resultará demasiado angustioso?

– No, prefiero entrar a verte, amor mio -respondió él, inclinándose a besarla en la frente, sobre la que le caían unos sedosos rizos. Notó con los labios que estaban húmedos, como la piel. ¡Pobrecilla!

– No será nada, Cayo Mario -dijo ella, soltándole las manos-. Procura no preocuparte. Sé que todo saldrá bien. ¿Está tata contigo?

– Sí.

Al girar sobre sus talones para salir, se dio de bruces con la fiera mirada de Marcia, que estaba con otras tres matronas. ¡Por los dioses, allí había alguien que no le perdonaría fácilmente que le hubiera hecho aquello a su hija!

– Cayo Mario -oyó que le llamaba Julia, cuando ya estaba en la puerta.

Mario volvió la cabeza.

– ¿Está el astrólogo?

– Aún no, pero han ido a buscarle.

– ¡Ah, bien! -dijo ella, más tranquila.

El hijo de Mario nació veinticuatro horas más tarde en un mar de sangre y casi le costó la vida a la madre. Pero sus deseos de supervivencia eran muy fuertes, y una vez que los médicos la taponaron bien con torundas y elevaron sus caderas, la hemorragia disminuyó y cesó por fin.

– Será un hombre famoso, dominus, y su vida estará llena de grandes acontecimientos y aventuras -dijo el astrólogo, omitiendo sagazmente los aspectos adversos, que los padres de un recién nacido no gustan de oír.

– Entonces, ¿vivirá? -se apresuró a preguntar César.

– Claro que vivirá, dominus -respondió el astrólogo, tapando con un dedo mugriento una gran línea de oposición-. Ostentará el cargo más alto del país; lo dice esta carta y cualquiera puede verlo -añadió, señalando con otro de sus dedos mugrientos un trígono.

– Mi hijo será cónsul -dijo Mario rebosante de satisfacción.

– Sin duda -asintió el astrólogo-, pero el quintil señala que no será tan gran hombre como su padre -añadió.

Lo cual complació aún más a Mario.

César sirvió dos copas del mejor vino de Falerno, sin agua, y entregó una a su yerno, radiante de orgullo.

– ¡A la salud de vuestro hijo y mi nieto, Cayo Mario!

Así, cuando al final de marzo el cónsul Quinto Cecilio Metelo se embarcó para la provincia africana con Cayo Mario, Publio Ru tilio Rufo, Sexto Julio César, César hijo y cuatro prometedoras le giones, Cayo Mario navegaba con el feliz convencimiento de que su mujer estaba fuera de peligro y de que su hijo medraba. ¡Hasta su suegra se había dignado volver a hablarle!

– Habla con Julilla -dijo a su esposa antes de partir-. Tu padre está muy preocupado por ella.

Sintiéndose más fuerte y rebosante de alegría porque su hijo era un bebé grande y sano, Julia sólo lamentaba una cosa: no estar su ficientemente restablecida para ir a pasar unos días con Mario a Campania antes de que dejara Italia.

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