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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Michael cogió en brazos a la nena y reposó la mejilla contra la suya. Ella echó la cabeza atrás como si quisiera examinarlo desde lejos. El color de sus ojos, que había virado del azul al castaño, tenía ahora un tono cobrizo. Michael estiró los brazos para que la nena lo viera bien y frunció la nariz. Ella lo miró muy seria y luego esbozó una sonrisa feliz, confiada.

– Es preciosa -comentó Balilty por encima del hombro de Michael-. Y parece contenta -añadió sorprendido.

– Claro que está contenta -replicó Michael indignado, y volvió a apoyar la mejilla contra la de la nena.

– ¿Cómo la llamas? -preguntó Balilty.

– Se llama Noa -respondió Michael, con una punzada de vergüenza al verse reflejado en la expresión de perplejidad de Balilty-. ¿Piensas que estoy chocho?

– Claro que no -aseguró Balilty-. Es un poco raro, nada más… ¿Qué vamos a hacer con ella ahora? Tienes que ir a casa de la víctima. Los del laboratorio ya han salido hacia allí.

– Se quedará conmigo -dijo Nita con voz normal, desde el sofá-. Ido y la nena se quedarán con Theo y conmigo. Y con usted -añadió dirigiendo una mirada vacilante a Dalit, que había tomado asiento en la zona del comedor.

Michael no se inmutó, ni tampoco preguntó: «¿Estás segura?». La experiencia le había enseñado que cada persona reacciona a su manera ante la tragedia, de manera sorprendente, muchas veces. Nada impedía que Nita se quedara a cargo de los niños, más aún considerando que no estaría sola. Como si le hubiera leído el pensamiento, Nita lo miró y dijo:

– La vida sigue. No puedo permitirme morir, al menos por ahora. Las madres solteras no pueden morirse.

En el regazo de Nita, Ido hacía gorgoritos y le tiraba del pelo. Los dos niños parecían muy tranquilos, en su mundo no había sucedido nada. Sonó el teléfono. Nita no se movió y fue Michael quien contestó. Hubo un prolongado silencio en la línea hasta que una voz masculina grave preguntó cómo estaba Nita. Michael le ofreció el teléfono. «¿Quién es?», preguntó ella, y Michael se encogió de hombros. Nita continuó inmóvil.

– ¿Me puede decir quién llama? -dijo.

La voz masculina masculló algo ininteligible, luego hubo un silencio seguido de la señal de llamada.

– Ha colgado -dijo Michael.

El teléfono volvió a sonar. Era Tzilla:

– Lo he encontrado. No le he dicho nada. Aún no sabe lo que ha pasado. Será mejor que vayas inmediatamente, porque va a salir en las noticias de las siete -Michael anotó una dirección en el envés de un sobre-. Está cerca de la calle Palmach -dijo Tzilla-. ¿Sabes dónde está? Puedes entrar por…

– Ya la encontraré -la interrumpió Michael, y miró a Balilty, que colocaba una grabadora sobre la mesa del comedor.

Desde la puerta, Michael vio que Theo se levantaba de la butaca de mimbre, se metía las manos en los bolsillos y echaba a andar hacia los ventanales.

7

Las tres caras del mal

La expresión desabrida de los dos hombres del laboratorio móvil de la policía, aparcado a una manzana del edificio donde vivía Gabriel, revelaba inequívocamente que llevaban mucho tiempo esperando. Michael aparcó a su lado y se apeó del coche.

– ¿Es usted el superintendente Ohayon? -preguntó el mayor de los dos, que ocupaba el asiento del copiloto. Michael asintió con la cabeza.

– Estábamos esperándolo -dijo el conductor, un joven de espesas cejas y tez picada que se rascaba la oreja-. ¿Subimos con usted?

– No. Tendrán que esperar un poco más -replicó Michael.

– Avísenos cuando nos necesite -dijo el joven.

El mayor se enjugó su congestionado rostro con el dorso de la mano.

– ¿Va a tardar mucho? -le dijo a Michael cuando ya se alejaba.

Michael volvió la cabeza y se encogió de hombros.

– Espero que no, pero nunca se sabe -se preguntó si no se habría precipitado al llamarlos. Pero era mejor que fueran ellos quienes lo esperasen y no al revés, concluyó.

– Podría habernos llamado más tarde -se quejó el hombre sudoroso de semblante enrojecido.

Sin responder, Michael siguió avanzando hacia el edificio de tres plantas y fachada redondeada. Se detuvo a la entrada y alzó la vista. En una ventana de la tercera planta brillaba una luz amarilla. Hacía unas semanas que habían cambiado el horario y él seguía sin acostumbrarse. A las seis y media ya era de noche.

Siempre que lo embargaba la emoción al ver a alguien llorando desconsoladamente la pérdida de un ser querido, siempre que se enfrentaba a las expresiones de conmoción, perplejidad e incredulidad que precedían a la asimilación de los hechos, Michael se extrañaba de su incapacidad para acorazarse, algo que debería haberle enseñado la costumbre. No sólo no se había inmunizado, comprendió una vez más, sino que cada vez parecía más vulnerable, más expuesto al dolor ajeno. «Dicho de otro modo, cada vez más débil», se acusó mientras se sentaba, tenso, frente al hombre que sollozaba en silencio. Una mesa de cristal con una sola pata metálica los separaba. Izzy Mashiah reposaba en medio de un sofá de cuero negro; Michael, en una butaca amplia y mullida, también tapizada de suave cuero. Se afianzó sobre los anchos brazos para no hundirse más en las profundidades de la butaca, y escudriñó las reacciones de Izzy, a la vez que reprimía sus emociones y se apresuraba a clasificar al hombre que tenía delante en la categoría de los emocionalmente contenidos: aquellos que no abruman a quienes los rodean con chillidos ni alaridos, aquellos que lloran con pudor, civilizadamente. Pero lloran en lugar de quedarse petrificados, no se cubren como otros con una máscara impenetrable, esa que revela que han abandonado nuestra compañía, que sus espíritus han huido porque no pueden soportar el peso de la realidad. Este tipo de personas entran en el estado que el psicólogo de la policía, Elroi, denominó una vez «ausencia absoluta como protección contra los excesos de la emoción». Michael se advirtió que debía anular o rechazar el impacto del dolor en su propia persona, la punzada de lástima que sentía, y se inclinó lentamente para poner en marcha la grabadora y colocarla sobre la mesa de cristal mientras Izzy salía de la habitación.

De la otra parte del piso llegó claramente el sonido de agua corriendo, sollozos roncos, lloros, de nuevo el agua, y luego un silencio largo e inquietante. Izzy reapareció al fin, encorvado, y se sentó en medio del sofá negro, sin comentar nada sobre el zumbido de la grabadora, que rompía el silencio compartido.

Aunque lloraba como quien está acostumbrado a las lágrimas, no había nada de afeminado en aquel hombre cuyo trabajo Michael había interrumpido al llamar al timbre. Cuando Izzy abrió la puerta, aún sin saber la noticia, se veía a las claras que se había levantado apresuradamente de una mesa ocupada por un rimero de papeles impresos y un ordenador con la pantalla llena de tablas y columnas de números. Izzy Mashiah abrió la puerta como si hubiera estado esperando ansiosamente que el timbre sonara. Despegó los labios para decir algo, pero quedó paralizado contemplando a Michael, con un gesto de sorpresa que no tardó en convertirse en manifiesto desengaño. Resultó que estaba esperando al fontanero, que debía arreglar un escape del sistema central de calefacción. Bajo la blanca tubería, un cuenco de plástico recibía el grueso chorro de agua turbia y herrumbrosa. Llevaba esperando al fontanero desde la hora de comer, le explicó a Michael antes de preguntarle qué deseaba. Luego sonrió al reconocerlo, lo recordaba de la visita de pésame que había hecho a Nita tras la muerte de su padre. Invitó a entrar a Michael con amplio ademán y comentó con un suspiro que ya se sabía que los fontaneros no eran de fiar. Consultó el reloj y dijo que Gabi llegaría en cualquier momento. No tenía ni idea de dónde se había metido, añadió con gesto perplejo, y, señalando la butaca de cuero negro, le sugirió a Michael que se sentara a esperarlo.

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