Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un asesinato musical
Un asesinato musical - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 124
Перейти на страницу:

– ¿Dónde estaban? -inquirió.

– Aquí, tirados inocentemente -dijo Yaffa, señalando el piano-, bajo los pedales.

– No son unos guantes comunes y corrientes -señaló Balilty-. Es un cuero especial, muy suave. No se los puede permitir cualquiera.

– Tendremos que interrogar a los músicos al respecto -dijo Michael mientras examinaba el mullido forro de los guantes.

– Podrían ser de un hombre o de una mujer -dijo Shimshon-. De alguien que tenga las manos grandes.

– Muchos músicos las tienen -dijo Yaffa-. Me he dado cuenta hoy. Y también tienen los brazos largos.

– ¿Como si el cuerpo se adaptara a sus necesidades? -se burló Shimshon. Guardó cuidadosamente los guantes en una bolsita-. Lo ideal sería -reflexionó en voz alta- que pudiéramos llevar a todos los músicos al laboratorio para buscar restos del forro en sus manos.

– Demasiado tarde -intervino Balilty-. Todos se han lavado las manos después de que les tomáramos las huellas, y el que andan buscando se las habrá lavado mejor que nadie.

– Eso da igual -replicó Shimshon acaloradamente-. Podríamos encontrar algo bajo las uñas. Deben pasar varios días para que desaparezcan todos los rastros.

– ¿No quedan huellas dentro? ¿No es posible encontrar huellas dentro del guante?

– Lo verificaremos, ya se verá -masculló Shimshon-. Pero tenemos que examinarles las manos.

– Lo haremos -prometió Michael-. Pero debe recordar que justamente la persona a quien buscamos puede que ya se haya empleado.

Shimshon le tendió la bolsa sellada a Yaffa. Seguían de pie en el pasillo, junto al piano. Un empleado del laboratorio vaciaba el contenido de una papelera en una gran bolsa de plástico, y Michael contempló distraídamente las manos enfundadas en finos guantes de plástico que revolvían corazones podridos de manzana y envoltorios de caramelos. De pronto, quedó paralizado al oír algo que los demás parecían no haber percibido, puesto que seguían hablando como si nada. El corazón se le desbocó. A lo lejos, en dirección al despacho de Theo, se oían las cálidas notas de un chelo; mientras se precipitaba hacia esa zona del edificio, Michael se dio cuenta de que conocía bien aquellas notas, y al llegar a la puerta del despacho ya no le quedó duda de que alguien estaba tocando con gran maestría una pieza muy familiar, de Bach, tal vez. Luego oyó un chirrido sordo y supo que no era Nita quien tocaba, no era más que un disco, y antiguo, según parecía.

Theo estaba en pie junto a la radio, manipulando los botones. Acababa de bajar el volumen, que hasta ese momento estaba a tope. Tenía el semblante demudado y un gesto de espanto.

– No pretendía poner música, sólo quería oír las noticias, saber si ya estaban… -dijo con voz trémula-. He encendido el aparato sin mirar y ha salido La voz de la música.

Desde el umbral, Michael observó a Nita, que estaba tumbada boca arriba. Tenía los ojos abiertos, con las pupilas dilatadas, la vista clavada en el techo. El sonido ronco de la vieja grabación inundaba la habitación. Al entrar, Michael percibió la melodía de acompañamiento del órgano.

– No he podido apagarlo porque era Thelma Yellin -explicó Theo en defensa propia mientras la música cesaba. Dirigió la vista hacia Nita, que continuaba con los ojos fijos en el techo.

– Acabamos de escuchar el adagio de Toccata, adagio y fuga en do mayor para piano de Bach, en un arreglo para chelo y órgano de Arnold Holdheim -dijo con mucha solemnidad el locutor, y añadió que la grabación, de comienzos de los años cincuenta, pertenecía a los archivos de La voz de Israel. Con ella homenajeaban a Thelma Yellin en el centenario de su nacimiento. Antes de que empezara el informativo, el locutor pudo añadir que Yellin, que había sido discípula de Casals y había contribuido mucho a impulsar la música en Israel, falleció en 1959 a los sesenta y cuatro años.

A Theo le temblaron las manos cuando apagó la radio. Michael se recostó en la pared. Nita no volvió la cabeza. Sus ojos, muy oscuros debido a la dilatación de las pupilas, miraban fijamente al frente y su voz sonó hueca y ronca cuando dijo:

– Quizá me ha llegado el turno… eso es.

Michael se sentó a su lado en el sofá.

– ¿Qué estás diciendo? -le preguntó asustado a la vez que le ponía una mano en el brazo.

– Thelma Yellin. No es una coincidencia -murmuró Nita, y cerró los ojos-. Es una señal de…

– ¿Una señal de qué?

– Una señal de que me ha llegado el turno. Primero papá, luego Gabi y ahora yo.

Michael le asió la mano, fría y seca. Quería sacudirla o darle un abrazo, pero reprimió ambos impulsos.

– Y luego Theo. Después de mí, o antes -prosiguió Nita, como vomitando las palabras. Palideció de pronto e, incorporándose, exclamó-: ¿Qué va a ser de Ido? ¿Dónde está Ido? -temblando violentamente, bajó los pies al suelo.

– Está muy bien, te lo prometo. Acabo de hablar con la niñera, ahora mismo, está muy bien.

– Pero cuando yo me vaya, ¿qué pasará cuando me vaya? ¿Quién va a cuidar de él?

– ¡No te vas a ir! -gritó Michael-. Vas a seguir viva.

– Para siempre -dijo Nita-, como todo el mundo.

– De momento, para siempre -dijo Michael, y, sin poder resistirse más, la estrechó entre los brazos.

Theo se desplomó en una silla y sepultó el rostro en las manos. Michael volvió la cabeza al sentir que no estaban solos. Desde el umbral, Balilty contemplaba silencioso la escena. Michael lo miró interrogante y Balilty se encogió de hombros y dio un paso atrás. Michael se levantó y se reunió con él fuera.

– Está despierta -le dijo a Balilty-. Debe marcharse a casa ya. Es necesario que alguien hable con ella lo antes posible, y ese alguien no debo ser yo. ¿Los acompañas? ¿Y les tomas declaración? ¿En casa?

– ¿Me queda otra posibilidad? -preguntó Balilty, revolviéndose los bolsillos. Sacó un papelito y se lo colocó ante los ojos con el brazo estirado-. ¿Qué pone aquí? -preguntó al cabo-. ¿Qué hora pone? Mis gafas…

– Las cinco y media.

– ¿Pone Museo de Israel? -preguntó alzando la voz y manteniendo una expresión cuidadosamente despreocupada.

– Sí, y también está anotado un teléfono.

– Muy bien, puedo acompañarlos ahora mismo, pero luego tengo una reunión en el museo, con un gran especialista, en relación con los cuadros. Bueno, quizá pueda pedir a alguien que vaya en mi lugar. Veremos. Necesito que venga con nosotros una mujer -continuó-. Me llevaré a como se llame, la jovencita esa, la maciza. ¿Cómo se llama? ¿Dalia?

– Dalit.

– Me la llevo. ¿Y tú?

– Yo también os acompaño, pero sólo un rato. Todavía tengo pendiente hablar con el representante de la orquesta, y luego iré a ver al tipo que vivía con la víctima. Tzilla me concertará una cita -pensó Michael en voz alta.

– ¿Qué tipo es ése?

– Ya te lo explicaré -dijo Michael distraído.

– ¿Quién va a espantar a los periodistas que están ahí fuera? -se quejó Balilty-. ¿Y qué me dices de los que están apostados junto a la casa de Nita? ¿Hasta cuándo podremos mantener en secreto que estamos ahí?

– No le dejes ver las noticias -le advirtió Michael-. Ni escuchar la radio. Que no se entere de nada.

– Vaya, ya me tienes donde querías, metido en el ajo hasta el cuello -le dijo Balilty a Michael ya en el piso de Nita, después de que Balilty se abriera paso sin ningún miramiento entre el enjambre de gente de los medios y repeliera a una periodista que aguardaba junto a la puerta («Hoy no vas a conseguir nada aquí, amiga», le oyó decir Michael, «te lo aseguro»); después metió a Nita en casa de un empujón, tapándole bien la cara, y ella se desplomó temblorosa en el sofá.

1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 124
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)