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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– En primer lugar, es lógico debido a la conexión con el caso del viejo Van Gelden -adujo Michael esperanzado, pero Balilty no reaccionó-. Ya sabes -prosiguió Michael-, que esto me plantea un problema. Conozco a los implicados, a la hermana, sobre todo, pero quiero ocuparme del caso. Por casualidad, por un golpe de suerte, estaba libre, pendiente de que me asignaran un caso, y han podido encargarme éste, y lo quiero. Eli y Tzilla ya me han dado su opinión -se apresuró a añadir-. No necesito que me repitan otra vez que es insano y que es imposible ser objetivo cuando eres una parte interesada. Y no soy una parte interesada, pero sí estoy implicado, es cierto, por eso te estoy pidiendo esto, porque confío en que me des un toque de atención si a mí se me pasa algo por alto. Tú verás lo que yo sea incapaz de ver o prefiera no ver. Y, como es natural, no podré interrogar a Nita. Por otro lado -agregó con energía-, no hay más remedio que investigar ambos casos al unísono.

Balilty respiró hondo, hinchó los carrillos y expulsó el aire sonoramente.

– Tengo que pensármelo -dijo tras una larga pausa-. Tengo que pensármelo mucho. No es asunto sencillo. Corro el riesgo de meterme en camisa de once varas, y, además, el caso no será fácil. Según me han contado Eli y Tzilla, por lo visto, cualquiera de estos kleizmer podría… Son casi cien personas, date cuenta de la situación… ¡y tú estás viviendo con esa mujer!

– No vivo con ella. Hemos hecho un pacto… para cuidar a los niños.

– ¿Recuerdas lo que te dije hace unos días? Cuando viniste a mi despacho te dije que hacer las cosas con normalidad, como todo el mundo, tiene su lógica. Y, por cierto, ¿qué tal va la búsqueda de la madre? No la encontrarán, créeme. Pero la encuentren o no, ¿no te parece que has sufrido un pequeño arrebato de locura? Una niña es lo último que necesitas. ¿Desde cuándo te gustan tanto los niños?

Michael suspiró.

– ¿Cuánto tiempo necesitas?

– ¿Para pensármelo? Una o dos horas, digamos -replicó Balilty. Hizo un guiño y sonrió-. ¿Acaso crees que no sé que soy imbécil perdido? Los dos sabemos lo que va a pasar al final. Pero tengo mis principios. Tengo que pensármelo y estoy pensándomelo. Puede que sea imbécil, pero no he nacido ayer. Sé cuándo me porto como un imbécil. Por lo menos no soy como todas esas mujeres que te persiguen con la lengua fuera. Yo pienso, ellas no -Michael hizo un ademán desdeñoso y estaba a punto de decir algo como: «¿Qué mujeres?». Pero Balilty lo detuvo poniéndole una mano en el brazo-. Siento debilidad por ti, como todos los demás, señor Ohayon. Soy como arcilla en tus manos. Pero hasta ahí podíamos llegar. ¿Me silbas y voy corriendo? ¿Sin pararme a pensar? También tengo que preocuparme de mí mismo, ¿no crees?

– ¿A qué te arriesgas? ¿Qué tiene de terrible lo que te he pedido?

– ¿Estás de guasa? -dijo Balilty, y volvió a estirar las piernas, cruzó las manos sobre la panza y se quedó mirando el escenario y a las personas que gateaban por él-. ¿Me designarán jefe del EEI y mi papel será cubrirte las espaldas? Tú harás lo que te venga en gana y yo seré tu mascota, lo sabemos muy bien. Y, aun así, no te he dicho que «no» de entrada, tenlo en cuenta -dijo, e hizo una pausa para agitar un dedo admonitorio. Luego su cuerpo se relajó y añadió con resignación-: Lo que pasa es que estás acostumbrado a salirte con la tuya. Te crees que nadie puede resistirse a tus encantos. Pues bien, hace falta algo más que un par de ojos castaños para derretirme -añadió, la vista fija en el escenario-. Aunque sean los tuyos. Y no pongas esa cara -le advirtió volviéndose hacia él-. No vas a conseguir nada.

– ¿Cómo puedes decir que estoy acostumbrado a salirme con la mía? -protestó Michael.

– Bueno, quizá no siempre -dijo Balilty, ablandándose después de dirigirle una mirada escrutadora-. Quizá no te hayan servido en bandeja algo que querías, pero que me zurzan si sé qué puede ser -gruñó, y volvió a ablandarse-. No quiero decir que te salgas con la tuya en todo, pero en algunos campos sí. Esta vez puede resultar más difícil porque, por ejemplo, tal vez yo no pueda acudir corriendo cuando me llames, porque a lo mejor estoy trabajando en otro caso. Dicho de otra forma, puede que esté ocupado. ¿Se te había ocurrido pensarlo?

– ¿En qué estás trabajando? -preguntó Michael con desconfianza.

– Dime una cosa: ¿ya no trabajas con nosotros? ¿No lees los periódicos? ¿Es que el asunto de la niña, a la que, por cierto, todavía no conozco, te ha fundido por completo el cerebro? ¿Ni siquiera has oído hablar de nuestro último golpe? -Balilty miró a Michael con curiosidad-. Ya no eres el mismo, yo qué sé… Me desorientas, estás en las nubes.

– Últimamente no he seguido la actualidad de cerca -reconoció Michael avergonzado-. He tenido tantos jaleos…

– ¿Entonces no sabes que hemos descubierto cuadros valorados en millones? ¿Picassos? ¿Van Gogh?

– No lo sabía -confesó Michael.

– ¿Cómo lo ibas a saber? Estás demasiado ocupado calentando biberones día y noche, cambiando pañales, corriendo a casa como si… Tienes la mente en otro sitio -Balilty meneó la cabeza y contempló pensativo la butaca de delante.

– ¿Cuántas veces piensas repetírmelo?

– Te quejas como una mujer -le reprochó Balilty, y Michael hizo una mueca-. ¿Por qué estás tan susceptible? A mí también me gustan los niños -dijo Balilty tranquilamente, y mascó el chicle con energía-. La historia es la siguiente -prosiguió a la vez que retiraba los pies del respaldo de delante-. ¿Me escuchas? Hace unos días pescamos a una mujer, Clara Amojal, la dueña de una galería de arte de Tel Aviv, y a un turista francés, Claude Raphaël. Personas muy respetables; ella debe de rondar los cuarenta y cinco, pero es un monumento, un auténtico monumento -hizo una pausa como para evocar su imagen-. Los pescamos con seis cuadros, incluidos un Picasso y un Van Gogh.

– ¿Cómo los descubristeis?

– Nos dieron el chivatazo -reconoció Balilty-. Si no, habría sido imposible. Recibimos una llamada anónima, hace tres días, telefonearon a la policía para facilitar la matrícula de un coche y la división antifraude se puso en marcha, y a mí me llamaron porque yo los había metido en el caso del cuadro de Van Gelden. Los detuvimos en la autopista Tel Aviv-Jerusalén. Gracias a la llamada anónima. El que llamó dijo: «Registren el coche, no se arrepentirán». Motti, ¿lo conoces?, el de la cara de niño y las mejillas rosadas, Motti se tomó el chivatazo en serio y decidió lanzarse. Detuvieron el coche, lo registraron y encontraron los seis cuadros. ¡Ni te lo imaginas! -dijo riéndose-. Es todo un museo. Como te lo digo, te sientas en ese piso de Yefe-Nof, un piso de lo más elegante, cerca de donde vivía Begin, y entre los seis cuadros del coche y otros ocho descubiertos allí, te sientes como en París. En comparación, el cuadro de Van Gelden se queda en nada.

– ¿Crees que tiene relación con el caso Van Gelden?

– No lo sé, aún no sé gran cosa -dijo Balilty-. Arrestamos a la pareja: la marchante de arte y el francés, pero ellos no tienen ni idea de quién es Van Gelden. Llevan poco tiempo en el negocio. Por lo visto, está implicado un tipo de Jerusalén, pero aún no han dado con él. Yo mismo los interrogué hace un par de días, con detector de mentiras y toda la pesca. Su abogado -refunfuñó- consiguió que los soltara al ver que la prueba salía bien.

– ¿Los soltaste? ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¿Ya los tenías entre rejas y los soltaste? Pero si…

– Pensé que merecía la pena intentarlo -lo interrumpió Balilty impaciente-. Los tengo vigilados. No pueden ni mear sin que nos enteremos. Está todo bajo control. El piso, el coche, la galería de Tel Aviv. Estando en la calle, pueden darnos más pistas. Y, en todo caso, de Van Gelden no sabían nada. No tienen ni idea de eso. La Interpol está muy interesada en el caso.

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