Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Es usted matemático? -quiso saber Michael.
– Qué va -respondió Izzy sorprendido-. Soy epidemiólogo. ¿Qué le ha llevado a pensar que soy matemático? -luego se apresuró a añadir que trabajaba para el Instituto Weizmann y también para el Hospital Universitario.
– Theo comentó algo en ese sentido -explicó Michael.
– Ah, Theo -dijo Izzy-. Apenas me conoce. El prójimo no le interesa en absoluto. Aunque alguien le hubiera contado a qué me dedico, no se acordaría. Gabi prefiere que no nos veamos, Theo y yo, porque, cuando estoy delante, Theo sufre lo que Gabi llama «ataques de afabilidad». Gabi no soporta esos intentos forzados de Theo por mostrarse amigable conmigo. Ya lo conoce. No sé si Theo le tratará a usted afablemente. Sí sé que Gabi aprecia mucho lo que está usted haciendo por Nita. Pero no sé qué opinión tiene Theo -quedó a la espera de una respuesta.
Michael señaló que había pasado muy poco tiempo en compañía de Theo y que no tenía elementos de juicio.
– Pues conmigo hacía esfuerzos especiales, según decía Gabi, porque quería aparentar que no tenía prejuicios, con respecto a Gabi y a mí, me refiero. Las personas con prejuicios suelen hacer lo imposible por demostrar que no los tienen -añadió con una sonrisa-, ya me entiende. Pero ante todo trataba de ser amistoso conmigo porque yo le ataqué, y en ese sentido también consideraba importante no aparentar prejuicios, mostrarse abierto a la crítica. Le expresé algunas opiniones sobre su manera de interpretar la música… ¿Le interesa a usted la música?
Michael cabeceó.
– Me interesa -dijo incómodo-, pero soy un ignorante.
– En fin, no sé por qué dije aquellas cosas. No era mi intención, pero surgió así durante una conversación sobre Wagner -dijo Izzy con una sonrisa que revelaba unos dientes blancos muy grandes y un hueco en la parte izquierda que mermaba su resplandor. Dijo todo esto con su voz profunda y agradable, y, a medida que hablaba, se iba pronunciando más y más el frunce vertical entre sus pobladas cejas; mientras Izzy se acariciaba delicadamente la oreja, Michael se fijó en una gran cicatriz que la flanqueaba. Tenía el rostro bien rasurado y sus ojillos claros relucían y parpadeaban, lo que a Michael le recordó el parpadeo de Gabi; y la visión del semblante de Gabi, con los ojos abiertos fijos en el techo, y de su cuerpo tendido al pie del pilar, arrastró a un primer plano la imagen de su cuello prácticamente hendido de lado a lado. Sintió una repentina debilidad en las rodillas, y precisamente por eso, se obligó a insistir en la pregunta de si Izzy no había salido de casa en todo el día.
– Ni siquiera para ir al ultramarinos -le aseguró Izzy Mashiah, y extendió la fina mano sobre el pecho. Sus dedos morenos, largos y delicados resaltaban sobre la sudadera negra que vestía, y su anillo despidió un centelleo verde. Fue entonces cuando, como si despertase de un sueño, se quitó las gafas, se frotó los ojos, que adquirieron un tinte rosado, y preguntó cauta y cortésmente por qué quería saberlo y qué había ocurrido. Sus hombros se tensaron y se enderezó, separándose del respaldo del mullido sofá.
Michael le informó de los hechos. Tuvo buen cuidado de no mencionar la cuerda, los guantes, la postura del cuerpo de Gabi. «Un corte en la garganta» fueron las palabras que empleó para describir el motivo de la muerte. Procuró hacer acopio de desapego para escudriñar a Izzy, para identificar posibles rastros de falsedad en su estallido emocional, en el hundimiento que estaba presenciando. Algún día tendría que recopilar sus impresiones sobre la primera reacción ante la noticia de la muerte de un ser querido.
Se podía clasificar a las personas en categorías. En primer lugar, distinguir a quienes se refrenaban de quienes daban rienda suelta a sus sentimientos. Esta clasificación no era ajena, tal vez, a los orígenes del doliente; así, por ejemplo, el dolor de las gentes de extracción polaca es contenido y silencioso, aunque también solapado, nada más opuesto a la vocinglería de los marroquíes, para quienes se diría que el momento exacto en que lanzan los alaridos está marcado por la etiqueta ritual. Habría que hacer un subgrupo con los llorones contenidos, y otro con los imperturbables, quienes no derraman ni una lágrima y además, en cuanto oyen la noticia, parecen desprenderse de su espíritu, que sale volando hacia remotas regiones mientras su rostro se convierte en una máscara. Si se les pregunta qué sienten, no saben responder. Era a éstos a los que se refería Elroi, el psicólogo, al hablar del estado de ausencia. También existía una diferencia entre quienes lloran en seco y quienes derraman lágrimas. Hay quienes hablan -incesante, compulsivamente, como Theo- y quienes quedan en absoluto silencio. Y luego están los que lloran en silencio y cuyas lágrimas te calan hondo a pesar de la fuerza de la costumbre y de los esfuerzos por mantenerte al margen. Te pulsan las fibras sensibles, como Izzy Mashiah en esos momentos.
Izzy tenía el rostro sepultado en las manos y sus hombros temblaban. Preguntó un par de veces si era verdad y cómo y cuándo había sucedido, y si Gabi había sufrido.
Michael omitió los detalles. Dio una respuesta concisa y vaga. Volvió a recordarse, a la luz de la determinación de Izzy por conocer los detalles, que toda coartada puede refutarse, que cualquiera es un sospechoso en potencia. No te podías permitir que las preferencias y manías determinasen a quién considerabas un asesino y a quién no. La compasión que le inspiraba el dolor de Izzy era una debilidad. Hubo de advertírselo como se lo habría advertido a cualquiera, y como Tzilla o Eli, y sin lugar a dudas Balilty, también lo habrían señalado.
– ¡Teníamos tantos planes! -sollozó Izzy, y volvió a cubrirse el rostro con las manos. Continuó con voz amortiguada-: Estaba convencido de que yo sería el primero en morir, y ahora tengo que enterrarlo a él, y seguir viviendo -de pronto, se retiró las manos de la cara y dijo con voz seca-: No sé quién ni qué ha podido provocar esto, pero le juro por mi vida que Gabi no se ha suicidado. ¡Eso téngalo por seguro! -sacudió la cabeza y trató de cobrar aliento.
– Supongamos que no ha sido un suicidio -dijo Michael lentamente-, y no hay motivos para deducir que lo haya sido. ¿Se le ocurre quién ha podido asesinarlo?
Izzy soltó una risotada desabrida y negó con la cabeza.
– Nadie, nadie podía querer matar a Gabi -dijo en un tono de profunda convicción, y quedó en silencio.
– No ha sido un accidente -replicó Michael-. Ha sido un asesinato premeditado, deliberado, y la persona que lo ha cometido se ha arriesgado mucho. No queda más remedio que suponer que alguien tenía enormes deseos de matarlo.
Izzy se cubrió de nuevo el rostro durante unos segundos, luego resolló, se enjugó la cara, se pasó los dedos por el pelo y asintió.
– No hay más remedio -repitió-. ¡Pero no tengo ni idea! -exclamó con súbita vehemencia-. ¡No puedo ni imaginarlo! ¿Tendrá algo que ver con su padre? -se estremeció.
– ¿En qué sentido? -preguntó Michael, y se inclinó hacia delante con interés.
– ¡Ni idea! Parece algo lógico, pero no sé cómo.
– Voy a formular la pregunta de otra manera, se lo diré sin rodeos: ¿quién puede haber salido beneficiado del asesinato de Gabi?
– No lo sé, de verdad. No puedo creerlo.
– ¿Podría usted haber salido beneficiado?
– ¿Yo? ¿Beneficiado? -Izzy volvió a soltar una carcajada desabrida-. Usted no entiende nada -susurró con voz ronca a la vez que inclinaba la cabeza.
– ¿A quién pertenece este piso?
– ¿A qué se refiere? ¿Legalmente?
Michael asintió con un gesto.
– A Gabi, pero teníamos intención de… -dirigió una mirada sobresaltada a Michael y luego esbozó una sonrisa amarga. Su voz se transformó al decir quedamente, con incredulidad-: ¿Me está interrogando?
Michael no respondió.
– ¡Está de servicio! -exclamó Izzy atónito-. ¿Cómo es posible si está viviendo con Nita? ¿Está permitido? Disculpe que se lo pregunte, ¿es un interrogatorio oficial?