Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo es el amigo de su hermano?
– Apenas lo conozco. Sólo lo he visto unas cuantas veces, y Gabi nunca nos dijo: «Éste es mi amante»; dijo sencillamente: «Éste es Izzy». Lo único que sé de él es que es matemático. Es educado, de modales corteses. Y también entiende de música, la ha estudiado, e incluso toca el clavecín. Le gusta perorar sobre los instrumentos originales, las interpretaciones históricas, la música auténtica -añadió ondulando el labio superior-. Gabi me dijo una vez que Izzy le había enseñado muchas cosas, y hablaba de él como si fuera un auténtico músico, pero yo nunca lo he oído tocar. Conmigo hablaba muy poco… y sé que nunca le ha gustado… -se interrumpió porque llamaron a la puerta.
– Me habían dicho que estabas aquí -dijo Yaffa, del laboratorio, a la vez que echaba una ojeada al despacho-. Supuse que querrías saber… -prosiguió, pero se detuvo y clavó la mirada en Theo; éste dejó de pasearse, se puso muy tieso y la examinó con mirada de experto, entreteniéndose en la zona de las ingles, resaltada por los vaqueros ceñidos; luego la miró directamente a los ojos con aire irónico.
Michael señaló a Nita para silenciar a Yaffa y se dirigió a la puerta.
– ¿Qué es lo que nunca le ha gustado? -preguntó a Theo ya con la mano en el picaporte.
– ¿Cómo? -dijo Theo confuso.
– A Izzy -insistió Michael-. Me estaba diciendo que había algo que no le gustaba. ¿Qué es?
– Ah -dijo Theo recordándolo, y esbozó un ademán desdeñoso-. No tiene importancia. No le gustaba mi forma de interpretar la música, mi manera de dirigir, en especial las obras clásicas, Mozart y Haydn, pero también criticaba mi Brahms. En una ocasión me dijo que no concebía como yo el uso de las trompetas y la percusión. Según él, debería emplearlas igual que en tiempos de Brahms. Lo dijo al respecto del Réquiem alemán… pero eso no tiene nada que ver…
Michael miró a Nita, que seguía inmóvil; salió y cerró la puerta tras de sí.
– Pensé que te gustaría saber que ya hemos terminado el registro de la escena del crimen -susurró Yaffa-. No hemos encontrado nada, y hemos empezado con la sala. Quizá también deberíamos registrar las oficinas. Ahora estamos peinando el escenario y la sala centímetro a centímetro, pero es una zona amplia, nos llevará su tiempo. Y Balilty te está esperando en el patio de butacas.
– Dile que enseguida estoy con él -dijo Michael, y sintió que se le aceleraba el pulso, como si estuviera a punto de ocurrir algo decisivo. Regresó al despacho y le pidió a Theo que lo esperase allí-. La llevaremos a casa pronto -prometió, y se encaminó a la sala a través del escenario.
El equipo del laboratorio gateaba por el escenario, recogiendo migajas con pinzas y guardándolas en bolsitas de plástico. Bajo los potentes focos que iluminaban la escena, la sala se veía oscura pese a que también en ella se habían encendido todas las luces; un par de hombres recorrían a gatas la alfombra en busca de pistas. Michael oteó el patio de butacas desde el borde del escenario, con una mano sobre los ojos, y así pudo distinguir a Balilty, que ocupaba una butaca de la última fila, casi junto al pasillo, y, con las piernas reposando en el respaldo de la butaca de delante, jugueteaba con un papelito. Al llegar a su lado, Michael vio que era el envoltorio de un chicle. El estallido de una pompa se había oído de lejos. Balilty dejó el papel en la butaca de su izquierda, se enderezó y dio unas palmaditas en la butaca de su derecha.
– Según me han dicho, ha sido una auténtica película de terror -dijo a la vez que posaba las manos sobre su barriga-. Con garganta cortada y charco de sangre incluidos, no ha faltado detalle.
Michael asintió.
– Ahí fuera espera la prensa en pleno. A fin de cuentas, se trata de la familia Van Gelden. Los periódicos de la tarde no hablarán de otra cosa. Eli ha colocado gente en las puertas, no se permite la entrada a nadie. La escena del crimen es todo el edificio, ¿no es así?
Michael suspiró.
– Su Majestad me ha hecho llamar -le recordó Balilty volviéndose hacia él. La satisfacción, casi regocijo, que aleteaba en los ojos de Balilty, no llegó a despertar la indignación de Michael-. Van Gelden, Gabriel, degollado -dijo Balilty para sí-. Seguramente me vas a decir que los dos crímenes están relacionados. ¿Quieres apropiarte también del caso del cuadro robado? ¿El primer caso Van Gelden? ¿Por eso me has hecho venir? ¿Has visto a la inútil que te han encajado en el equipo? Le tengo echado el ojo desde hace un mes. ¡Menudo cuerpo!
Michael hizo un gesto de asentimiento. Encendió un cigarrillo y se quedó con la cerilla en la mano. Balilty se puso en pie, se encaminó a un rincón y regresó con una tapa oxidada, que colocó sobre el respaldo de la butaca de delante. Se sentó con mucho estrépito y cruzó las manos ceremoniosamente.
– ¿Es eso todo lo que quieres de mí? -preguntó provocador-. Para eso no hacía falta que me arrastraras hasta aquí. Podrías haber solicitado el expediente. No ibas a sacar mucho en claro, créeme. No tenemos ni una pista.
– Tal vez Gabriel van Gelden era el heredero legal del cuadro -señaló Michael.
– En ese caso, te lo habría comunicado. El hecho es que el testamento de Van Gelden divide la propiedad entre los tres con mucha ecuanimidad. Lo he verificado. La tienda para los tres a partes iguales, y el dinero también, mientras que la casa y el cuadro se los ha legado a tu amiga. En eso habéis salido bien parados -comentó con un atrevido guiño-. Y hasta le da permiso para venderlos.
– ¿Para vender el cuadro? -preguntó Michael atónito.
– Eso es lo que dice: «Y puede disponer de ellos según su voluntad». De lo que deduzco que le da permiso para vender el cuadro.
– ¿Y por qué no lo ha vendido él?
– ¿Cómo quieres que lo sepa? Preferiría esperar. Tal vez el mercado estaba a la baja, yo qué sé. Dinero no le faltaba. Y era una herencia familiar, no lo olvides, y está el Holocausto por medio. Ya sabes cómo se toman estas cosas.
– Habrá que hacer pesquisas más adelante -dijo Michael, suspirando.
– ¿Qué te has creído, que no he estudiado el testamento? ¿Que no he verificado con Zurich y París si alguien ordenó el allanamiento? ¿Por eso querías verme? -repitió Balilty.
– No, no sólo por eso -reconoció Michael.
– Entonces, ¿por qué? -preguntó Balilty con brusquedad, y giró el cuerpo repentinamente, como un tigre adormilado que se hubiese despabilado-. No te hacen falta más hombres. Dentro de poco tendrás aquí a todo el cuerpo. Hasta han retirado a Tzilla de un caso por ti. Si Shorer no estuviera preocupado por otros asuntos, si el comisario jefe no estuviera ocupado con la inspección estatal, ellos mismos se habrían presentado hace horas. Las personas implicadas son importantes, muy, muy importantes. Bueno, ¿para qué me necesitabas? -aquella pregunta provocativa dejaba traslucir una honda humillación y también el ánimo triunfante de quien sabe que le van a dar acceso a regiones previamente vedadas-. ¿Y tú? -añadió con mayor delicadeza-. Tú no deberías estar aquí, eres parte de… en fin, da igual. ¿En qué te puedo ayudar?
– Quiero… -Michael se refrenó. Tenía que andar de puntillas, elegir bien las palabras para ganarse la confianza de Balilty y evitar que recelara y pusiera obstáculos en su camino-. Quiero que te integres en el Equipo Especial de Investigación. Quiero pedirte que te hagas cargo del caso oficialmente, o al menos que trabajes en él conmigo.
Balilty hizo un gesto con el que no se comprometía a nada, se reclinó en su asiento, volvió a estirar las piernas sobre la butaca de delante y se quedó en silencio.