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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Pero usted parece pensar que lo es. Whitbread no contestó.

—Hay algo extraño en Paja Uno, sin embargo. Parece cualquier otro planeta del Imperio, salvo… ¿O será sólo porque sé que está lleno de monstruos alienígenas? Bueno, tengo que tomar un vaso de vino con el capitán dentro de cinco minutos. Permítame que coja mi capote y continúe hacia allí. Se lo preguntaremos.

Renner entró rápidamente en su cabina antes de que Whitbread y Potter pudiesen protestar. Potter miró a su compañero acusadoramente. ¿En qué clase de lío le había metido ahora?

Renner les condujo escaleras abajo a la torre de alta gravedad donde estaba la cabina de control del capitán. Un aburrido soldado que se sentaba a la mesa que había junto a la puerta. Whitbread le reconoció… era del dominio público que el alambique de vacío del sargento Maloney, localizado en algún punto situado delante de la sala de torpedos de estribor, hacía el mejor whisky irlandés de la Flota. A Maloney le interesaba sobre todo la calidad, no la cantidad.

—Bien, que pasen los guardiamarinas —dijo Blaine—. No hay apenas nada que hacer hasta que regrese el transbordador. Entren, caballeros. ¿Vino, café o algo más fuerte?

Whitbread y Potter pidieron jerez, aunque Potter hubiese preferido whisky. Lo bebía desde los once años. Se sentaron en pequeñas sillas plegables que se ajustaban en trinquetes esparcidos alrededor de la cubierta de la cabina de Blaine. Las escotillas de observación estaban abiertas y el Campo de la nave desconectado, de modo que la masa de la MacArthur colgaba sobre ellos. Blaine advirtió las miradas nerviosas de los guardiamarinas y sonrió. A todos les pasaba igual al principio.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Blaine. Whitbread se lo explicó.

—Comprendo, señor Potter. ¿Podría emplazar el globo en mi intercomunicador? Gracias. —Rod estudió la imagen en la pantalla—. Bueno, es un mundo de aspecto normal. Sin embargo, los colores parecen un poco apagados. Las nubes parecen… sucias, diría yo. No es raro. Hay todo tipo de crudos en la atmósfera. Debería usted saber eso, señor Whitbread.

—Sí, señor —Whitbread arrugó la nariz—. Materia sucia.

—Exactamente. Pero es el helio lo que preocupa al señor Buckman. Me pregunto si lo habrá calculado ya. Hace ya varios días… Maldita sea, Whitbread, se parece mucho a Marte. Pero ¿por qué?

Whitbread se encogió de hombros. Ahora lamentaba haber planteado la cuestión.

—Es difícil distinguir los contornos. Siempre lo es.

Con aire ausente Rod llevó su café y su whisky irlandés junto a la pantalla del intercomunicador. Oficialmente no sabía de dónde procedía aquel whisky. Kelley y sus infantes de marina velaban siempre, sin embargo, porque el capitán tuviese cantidad suficiente. A Cziller le gustaba el slivovitz, y esto había puesto a prueba el ingenio de Maloney.

Blaine trazó el perfil de un pequeño mar.

—Es difícil diferenciar la tierra del mar, pero las nubes parecen siempre formaciones permanentes… —trazó el perfil de nuevo—. Ese mar es casi un círculo.

—Sí. Y ése también. —Renner marcó un fino anillo de islas mucho mayores que el mar que Blaine había estudiado—. Y esto… sólo puede verse una parte del arco. —Aquello estaba en tierra, un arco de colinas bajas.

—Son todo círculos —proclamó Blaine—. Lo mismo que en Marte. Ésa es la cuestión. Marte ha estado girando a través del cinturón asteroidal del Sol cuatro millones de años. Pero no hay tantos asteroides en este sistema, y además están todos en los puntos troyanos.

—Señor, ¿no son la mayoría de los círculos un poco más pequeños, en realidad? —preguntó Potter.

—Lo son, señor Potter. Lo son.

—¿Y qué puede significar eso? —preguntó Whitbread en voz alta, aunque había querido en realidad hablar sólo para sí.

—Otro misterio para Buckman —dijo Blaine—. Le encantará. Ahora, utilicemos el tiempo más constructivamente. Me alegro de que hayan traído consigo a este joven, señor Renner. ¿Saben jugar ustedes dos al bridge?

Sabían, pero Whitbread tuvo una racha de mala suerte. Perdió casi la paga de un día.

El juego terminó con el regreso del transbordador. Cargill fue inmediatamente a la cabina del capitán para hablarle de la expedición. Traía información, estaban descargando un par de mecanismos pajeños incomprensibles en aquel momento en la cubierta hangar, y una plancha rota y retorcida de material metálico dorado que llevaba él mismo en las manos, protegidas con gruesos guantes. Blaine dio las gracias a Renner y a los guardiamarinas por la partida y éstos entendieron la velada indirecta, aunque a Whitbread le hubiese gustado quedarse.

—Yo me voy a mi litera —dijo Potter—. A menos que…

—¿Sí? —instó Whitbread.

—¿No sería un magnífico espectáculo si el señor Crawford fuese ahora a ver su cabina? —dijo Potter maliciosamente. Jonathon Whitbread esbozó una suave sonrisa.

—Lo sería, realmente, señor Potter. Desde luego que sí. ¡Démonos prisa!

Merecía la pena. Los guardiamarinas no estaban solos en las salas de órdenes, fuera de la cubierta hangar, cuando un soldado de comunicaciones, por orden de Whitbread, conectó con el camarote.

Crawford no les desilusionó. Habría cometido xenocidio, el primer crimen de este género en la historia humana, si sus amigos no le hubiesen contenido. Tanto se enfureció que se enteró de ello el capitán, y como resultado Crawford fue directamente de ronda a la guardia siguiente.

Buckman cogió a Potter y se lo llevó al laboratorio de astronomía, seguro de que el joven guardiamarina era el organizador de aquel caos. Le sorprendió agradablemente el trabajo realizado. Le agradó también el café que estaba esperándole. Aquel termo estaba siempre lleno, y Buckman había llegado a acostumbrarse. Sabía que era obra de Horace Bury.

A la media hora de llegar el transbordador, Bury supo de la plancha de metal dorado. Aquello era algo extraño… y, potencialmente, muy valioso. También podían serlo las máquinas pajeñas de aspecto antiguo… ¡Si pudiese tener acceso a la computadora del transbordador! Pero las habitaciones de Nabil no incluían esto.

Después tendrían que tomar café y charlar con Buckman, pero eso podía esperar, desde luego. Y al día siguiente llegaría la nave pajeña. No había duda, iba a ser una expedición muy importante… ¡y la Marina creía estar castigándole por apartarle de sus negocios! Desde luego, no aumentarían los negocios sin la supervisión de Bury, pero el daño no sería muy grave tampoco; y, además, con lo que podría aprender allí, quizás Autonética Imperial se convirtiese en la empresa más poderosa de la Asociación de Comerciantes Imperiales. Si la Marina pensaba que la Asociación les causaba problemas ahora, ya verían lo que iba a ser cuando Horace Bury la controlase… Sonrió levemente para sí. Nabil, al ver sonreír a su amo, se encogió nervioso, intentando pasar desapercibido.

Abajo, en la cubierta hangar, Whitbread se vio obligado a trabajar junto con todos los demás que andaban por allí. Cargill había traído una serie de objetos de la Colmena de Piedra, y tenían que desempaquetarlos. Whitbread fue lo bastante hábil para ofrecerse voluntario como ayudante de Sally antes de que Cargill le diese otro trabajo.

Descargaron esqueletos y momias para el laboratorio de antropología. Eran miniaturas del tamaño de muñecas, muy frágiles, similares a las miniaturas vivas que había en la nave. Otros esqueletos, que según Staley eran muy numerosos en la Colmena, eran similares a la minera pajeña que se alojaba ahora en el camarote de Crawford.

—¡Vaya! —gritó Sally. Estaba sacando otra momia.

—¿Qué pasa? —preguntó Whitbread.

—Esta, Jonathon. Es igual que el pajeño de la cápsula. Aunque la inclinación de la frente… pero, claro está, tuvieron que escoger a la persona más inteligente para que hiciera de emisario en Nueva Caledonia. Éste es el primer contacto con alienígenas también para ellos.

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