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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Había una momia pequeña de cabeza diminuta, sólo un metro de longitud y manos largas y frágiles. Los largos dedos de las tres manos estaban rotos. Había una mano seca que Cargill había encontrado flotando libremente, y que era distinta a lo que habían visto hasta entonces: los huesos fuertes, rectos y gruesos, las articulaciones grandes. ¿Artritis?, se preguntó Sally. La colocaron cuidadosamente y pasaron a la caja siguiente, los restos de un pie que también flotaba libre. Tenía una espina pequeña y aguda en el talón, y la parte delantera del pie era tan dura como el casco de un caballo, muy aguda y afilada, a diferencia de las estructuras de los otros pies de los pajeños.

—¿Mutaciones? —dijo Sally; se volvió al guardiamarina Staley, que había sido reclutado también para descargar—. ¿Dice usted que la radiación había desaparecido?

—Por completo —contestó Staley—. Pero en otros tiempos tuvo que haber allí una radiación infernal.

—Me pregunto —dijo Sally— de qué época estaremos hablando. ¿Hace miles de años? Dependería de lo limpias que fuesen esas bombas que utilizaron para impulsar el asteroide.

—No había modo de determinarlo —dijo Staley—. Pero el lugar parecía viejo, Sally. Muy viejo. Lo más viejo con que puedo compararlo es la Gran Pirámide de la Tierra. Parecía más viejo aún.

—Bueno —dijo ella—. Pero no hay ninguna prueba, Horst.

—No. Pero aquel lugar era viejo. Lo sé.

El análisis de los hallazgos tendría que esperar. Sólo descargarlos y almacenarlos les llevó hasta bien entrada la primera guardia, y todos estaban cansados. Eran las 0130, tres campanadas en el primer reloj, cuando Sally fue a su cabina y Staley a la sala artillera. Jonathon Whitbread se quedó solo.

Había tomado demasiado café en la cabina del capitán y no estaba cansado. Ya dormiría más tarde. De hecho tenía que hacerlo, pues la nave pajeña se situaría a la altura de la MacArthur durante la guardia de mediodía. Pero eso quedaba a nueve horas de distancia, y Whitbread era joven.

Los pasillos de la MacArthur brillaban con la mitad de las luces de día de la nave. Estaban casi vacíos y las puertas de los camarotes cerradas. Las voces humanas, siempre presentes durante el día de la MacArthur en todos los pasillos, interfiriendo unas con otras hasta el punto de no poder distinguirse ninguna voz aislada, habían dejado paso… al silencio.

Sin embargo, persistía la tensión del día. La MacArthur no volvería a descansar mientras siguiese dentro del sistema alienígena. Y allí fuera, invisible, las pantallas alzadas y la tripulación haciendo guardias dobles, estaba la gran masa cilíndrica de la Lenin. Whitbread pensó en el inmenso cañón láser de la nave de combate: en aquel momento debía de estar apuntando a la MacArthur.

A Whitbread le encantaban las guardias nocturnas. Había espacio para respirar y para estar solo. Había además compañía, los demás miembros de la tripulación de guardia, los científicos que trabajaban hasta muy tarde… Sólo entonces parecía que todos se hubiesen ido a dormir. Bueno, siempre podía mirar a las miniaturas por el intercomunicador, tomar un último trago, leer un poco e irse a dormir después. Lo agradable de la primera guardia era que habría laboratorios desocupados en que sentarse.

La pantalla del intercomunicador siguió en blanco cuando marcó la clave de los pajeños. Whitbread frunció el ceño por un segundo… Luego sonrió y se dirigió hacia la sala de oficiales.

No había duda: Whitbread esperaba encontrar a las dos miniaturas consagradas a sus prácticas sexuales. Después de todo un guardiamarina debía buscarse su propia diversión.

Abrió la puerta… y algo chocó con sus pies y desapareció, un resplandor amarillo y marrón. La familia de Whitbread había tenido perros. Esto le había proporcionado ciertos reflejos. Saltó hacia atrás muy rápido, cerró la puerta de golpe para impedir que saliese algo más, y luego miró hacia el pasillo.

Lo vio claramente un instante antes de que se escabullese en la cocina de la tripulación. Uno de los pequeños pajeños; y su contorno no tenía que ser la cría.

El otro adulto debía de seguir en la sala de oficiales. Whitbread vaciló un instante. Estaba acostumbrado a coger perros siguiéndoles inmediatamente. Estaba en las cocinas… pero no le conocía, no estaba acostumbrado a su voz y, maldita sea, no era un perro. Whitbread frunció el ceño. Aquello no iba a resultar divertido. Acudió al intercomunicador y llamó al oficial de guardia.

—Demonios, John —dijo Crawford—. Está bien, ¿así que dice usted que uno de esos condenados seres sigue aún en la sala de oficiales? ¿Está usted seguro?

—No, señor. En realidad no he mirado dentro. Pero sólo localicé a uno fuera.

No mire dentro —ordenó Crawford—. Permanezca junto a la puerta y no deje entrar a nadie. Tendré que llamar al capitán.

La idea no le gustaba nada a Crawford. El capitán podía enfadarse si le despertaban sólo por una escapada sin importancia de uno de aquellos animalejos, pero las órdenes decían terminantemente que debía informarse de modo inmediato al capitán de cualquier actividad de los alienígenas.

Blaine era una de esas personas afortunadas que son capaces de despertar inmediatamente sin transición. Escuchó el informe de Crawford.

—Muy bien, Crawford, vaya con un par de soldados a relevar a Whitbread y dígale al guardiamarina que venga. Quiero que me explique lo que vio. Coja otros dos soldados y despierte a los cocineros. Tienen que buscar en las cocinas hasta localizarlo. —Cerró los ojos para pensar—. Mantenga cerrada la sala de oficiales hasta que llegue allí el doctor Horvath.

Apagó el intercomunicador. Debo llamar a Horvath, pensó.

Y debo llamar al almirante. Mejor aplazar eso hasta que sepa lo que ha sucedido. Pero eso podía ser demasiado tiempo. Se puso el capote antes de llamar al Ministro de Ciencias.

—¿Que se escaparon? ¿Cómo? —exigió Horvath.

El Ministro de Ciencias no era una de esas personas afortunadas. Tenía los ojos enrojecidos, el pelo revuelto. Movía la boca, evidentemente poco satisfecho con su gusto.

—No sabemos —explicó pacientemente Rod—. La cámara estaba desconectada. Uno de los oficiales fue a investigar.

Esto bastará para los científicos, pensó. No permitiré que un puñado de civiles machaquen al muchacho. Si hay que castigarle, lo haré yo mismo.

—Doctor —continuó—, ahorraremos tiempo si baja usted inmediatamente allí.

El pasillo de la sala de oficiales estaba atestado. Horvath vestía una bata de seda roja; había cuatro infantes de marina, y estaban también Leyton, el segundo oficial de guardia, Whitbread y Sally Fowler con bata pero con el pelo recogido y sin huellas de sueño en la cara. Estaban también dos de los cocineros y un oficial de cocina, murmurando todos mientras apartaban cacerolas, buscando al pajeño, mientras otros soldados buscaban también desesperadamente.

—Cerré la puerta de golpe —decía Whitbread— y miré hacia el pasillo. El otro quizás escapase en la otra dirección…

—Pero usted cree que aún sigue ahí dentro.

—Sí, señor.

—Está bien, veamos si podemos entrar ahí sin dejarle salir.

—Capitán… ¿sabe usted si muerden? —preguntó un cabo—. Podríamos dar a los hombres guanteletes.

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