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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Helward era distinto. Elizabeth se abstuvo de formular mentalmente la idea, pero sabía por qué iba cabalgando a su encuentro.

Llegó al sitio, a la orilla del río, y puso su caballo a beber. Luego lo ató en la sombra y se sentó junto al agua a esperar. Nuevamente intentó acallar el tumulto de sus pensamientos, deseos, interrogantes. Se concentró en el paisaje que la rodeaba; se tendió al sol y cerró los ojos. Escuchaba el ruido del agua correr entre las piedras, el sonido del viento suave en medio de los árboles, el zumbido de los insectos, el olor de las malezas secas, de la tierra caliente.

Pasó un largo rato. Detrás de ella, a cada instante el caballo agitaba la cola para espantarse las moscas.

Abrió los ojos cuando oyó otro caballo, y se incorporó.

Helward estaba en la ribera opuesta, saludándola con la mano. Ella le respondió del mismo modo.

Desmontó inmediatamente y caminó por la costa hasta pararse justo frente a Elizabeth. Ella sonreía para sí misma. Era evidente que Helward estaba de muy buen humor porque hacía el mono, tratando de causarle gracia. Se inclinó hacia adelante y quiso pararse sobre las manos. Al cabo de dos intentos lo logró, pero luego se desplomó, dio un grito y cayó al agua.

Elizabeth pegó un salto y corrió por las aguas poco profundas hacia él.

—¿Se siente bien? Él le sonrió.

—Cuando era chico podía hacerlo.

—Yo también.

Se paró y miró desolado sus ropas empapadas.

—Secarán pronto —dijo Elizabeth.

—Voy a traer mi caballo.

Juntos atravesaron el río y Helward ató su caballo con el de Elizabeth. Ella volvió a sentarse en la orilla. Él se ubicó a su lado, estirando las piernas al sol para que pudiera secarse su ropa.

Detrás de ellos, los caballos estaban nariz en cola uno del otro, espantándose mutuamente las moscas.

Preguntas, preguntas... Las acalló todas. Disfrutaba con la intriga, y no quería destruirla comprendiendo. Creía que él era un trabajador de un destacamento similar al suyo y que se estaba divirtiendo, quizás de una manera anodina, a expensas de ella. De todos modos, no le importaba. Le bastaba con su presencia, y ella misma estaba tan reprimida emocionalmente que disfrutaba de ese paréntesis en la rutina que él le proporcionaba.

El único lazo en común eran los croquis. Elizabeth le pidió volver a verlos. Durante un rato charlaron sobre los dibujos, y él le contaba cuáles eran las cosas que le entusiasmaban. A ella le resultó interesante comprobar que todos los bocetos estaban dibujados en el reverso del viejo papel de impresión de computadoras.

Eventualmente, dijo éclass="underline"

—Pensé que usted sería una tuk.

—¿Y qué son los tuks?

—Los habitantes de esta región. Pero ellos no hablan inglés.

—Muy pocos lo hablan, solamente cuando nosotros se lo enseñamos.

—¿Quiénes son «nosotros»?

—La gente con quien trabajo.

—¿Usted no es de la ciudad? —preguntó él de repente. Luego miró a otro lado.

Elizabeth experimentó una leve sensación de alarma. Helward se había comportado de este modo el día anterior y de pronto había partido. No quería que volviera a ocurrir.

—¿Se refiere a su ciudad?

—No... claro, no puede ser de allí. ¿Quién es usted?

—Ya le dije mi nombre —respondió ella.

—Sí, pero ¿de dónde es?

—De Inglaterra, y vine aquí hace aproximadamente dos meses.

—Inglaterra... Eso queda en la Tierra, ¿no? La miraba fijo. Los dibujos habían quedado olvidados.

Elizabeth se rió, pero fue una reacción nerviosa por lo extraño de la pregunta.

—Al menos quedaba la última vez que estuve allí —respondió, tratando de tomar el asunto a la ligera.

—¡Dios mío! Entonces...

—¿Qué?

Helward se levantó bruscamente y le dio la espalda. Caminó unos pasos y volvió a darse vuelta, mirándola desde arriba.

—¿Usted viene de la Tierra?

—¿Qué quiere decir?

—Si usted es del planeta Tierra.

—Por supuesto... No comprendo.

—Ustedes nos están buscando.

—¡No! Es decir... no estoy segura.

—¡Nos han encontrado!

Se puso de pie y se alejó de él.

Elizabeth esperó junto a los caballos. El hálito de rareza se había convertido en hálito de locura, y sabía que debía partir. El próximo paso debía darlo él.

—Elizabeth... no se vaya.

—Liz.

—Liz, ¿sabe quién soy? Yo soy de la ciudad de Tierra. ¡Usted debe saber lo que ello significa!

—No, no lo sé.

—¿No oyó hablar de nosotros?

—No.

—Hemos estado aquí durante miles de millas... durante muchos años. Casi doscientos.

—¿Dónde queda la ciudad?

Helward señaló con la mano en dirección al Noreste.

—Para allá. Unos cuarenta kilómetros hacia el Sur. Ella no reaccionó al ver que equivocaba la dirección. Supuso que había sido un error.

—¿Puedo verla?

—¡Desde luego! —Emocionado, le tomó la mano y la apoyó en la rienda del caballo de ella—. ¡Vamos ahora mismo!

—Espere... ¿Cómo se escribe el nombre de su ciudad? Se lo deletreó.

—¿Y por qué la llaman así?

—No sé. Será porque somos del planeta Tierra, tal vez.

—¿Por qué hace una diferencia entre uno y otra?

—Porque... ¿no le resulta obvio?

—No.

Elizabeth se dio cuenta de que le tomaba el pelo como si fuese un loco, pero lo que veía en los ojos masculinos era sólo excitación, no locura. Su instinto, sin embargo, del cual se había valido tanto últimamente, le advertía que tuviera cuidado. Ahora no podía estar segura de nada.

—¡Pero ésta no es la Tierra!.

—Helward, reúnase conmigo aquí, mañana, junto al río.

—Pensé que quería ver nuestra ciudad.

—Sí... pero hoy no. Si queda a cuarenta kilómetros, tendría que conseguir un caballo fresco y avisar a mis superiores. —Estaba buscando pretextos.

Él la miró indeciso.

—Usted cree que estoy inventando esta historia.

—No.

—Entonces, ¿qué hay de malo? Yo le digo que, en el transcurso de mi vida y durante muchos años antes de nacer yo, la ciudad ha sobrevivido en la esperanza de que le llegara ayuda de la Tierra. ¡Ahora usted está aquí y piensa que soy un loco!

—Usted está en la Tierra.

Helward abrió la boca y volvió a cerrarla.

—¿Por qué dice eso?

—¿Por qué habría de decir lo contrario? Él le tomó el brazo y la hizo dar vuelta. Señaló hacia lo alto.

—¿Qué es lo que ve?

Elizabeth se cubrió los ojos del resplandor.

—El sol —respondió.

—¡El sol! ¡El sol! ¿Y qué pasa con el sol?

—Nada. ¡Suélteme el brazo que me hace doler! La soltó y fue hasta donde había dejado los dibujos. Tomó el de más arriba y se lo extendió ante sus ojos.

—¡Este es el sol! —gritó, indicando esa forma extraña que había dibujado en el rincón superior, a pocos centímetros de distancia de esa delgada figura que, según él, la representaba a ella—. ¡Este es el sol!

Con el corazón latiéndole furiosamente, ella desató la rienda del árbol, montó de un salto y apretó los talones. El caballo giró en redondo, y ambos se alejaron del río.

Detrás, quedaba Helward con su dibujo aun en las manos.

CAPÍTULO CINCO

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