El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
Los hombres habían venido cabalgando a lo largo del cauce seco del arroyo. Sus caballos pastaban mientras proseguía la discusión. Ella estaba demasiado lejos como para oír lo que decían, pero daban la impresión de estar tratando algo importante. Los lugareños parloteaban fingiendo falta de interés, pero ella sabía que si no hubiesen estado interesados, ya habrían dejado de hablar.
Le llamaban la atención los jinetes. Era evidente que no provengan de ningún pueblo cercano. A diferencia de los aldeanos, su aspecto era llamativo. Vestían una capa negra, pantalones ajustados y botas de cuero. Los caballos tenían montura y aparentemente estaban bien cuidados, y aunque ambos portaban alforjas cargadas con equipos, no se notaba que estuviesen cansados. Ningún caballo de los que ella había visto por la zona estaba en tan buenas condiciones.
La curiosidad comenzó a contrarrestar su instinto, y avanzó para enterarse de lo que ocurría. En ese momento parecían acabar las negociaciones porque los lugareños se alejaron y los dos hombres fueron a buscar sus caballos.
Montaron inmediatamente, y enfilaron de vuelta por donde habían llegado. Se paró a mirarlos, pensando si debía o no seguirlos.
Cuando se perdieron entre los árboles que crecían a lo largo del arroyo, ella abandonó apresuradamente la plaza, dejó atrás las casas y trepó por una cuesta. Los hombres prosiguieron la marcha un corto trecho; luego tiraron de las riendas y se detuvieron.
Conversaron durante unos cinco minutos y varias veces volvieron la vista atrás, en dirección al poblado.
Ella se mantenía escondida en los densos matorrales que cubrían la colina. De pronto, uno de los hombres saludó con la mano al otro, hizo girar su caballo y salió al galope hacia unas colinas distantes. Su compañero se alejó al paso, en sentido contrario.
Regresó a la aldea y buscó a Luiz.
—¿Qué querían? —preguntó.
—Necesitan hombres para un trabajo.
—¿Llegaron a un acuerdo? Él adoptó un aire evasivo.
—Vuelven mañana.
—¿Van a pagar?
—Con comida. Mire.
Le extendió un trozo de pan. Ella lo tomó. Era pan fresco; tenía un lindo olor.
—¿De dónde lo sacaron? Luiz se encogió de hombros.
—Y también tienen alimentos especiales.
—¿Les dieron algunos?
—No.
Ella frunció el ceño, preguntándose, nuevamente, quiénes serían esos hombres.
—¿Algo más?
—Solamente esto. —Le mostró una bolsita, que ella abrió. Adentro había un polvillo blanco. Lo olió.
—Dicen que sirve para hacer crecer las frutas.
—¿Tienen más de esto?
—Todo lo que necesitemos.
Dejó la bolsita y regresó al taller de la iglesia. Luego de hablar unas palabras con el padre dos Santos, fue rápidamente hasta el establo y ensilló su caballo.
Se alejó del pueblo, siguiendo el curso del arroyo seco, por el camino que había tomado el segundo hombre.
CAPÍTULO DOS
Pasando el pueblo había una vasta zona de matorrales. Enseguida divisó al hombre unos metros más adelante, enfilando hacia un bosquecillo. Sabía que detrás del bosque había un río, y más allá, unas colinas.
Conservó la distancia que la separaba del hombre. No deseaba que la viera antes de averiguar hacia dónde se dirigía.
Cuando el jinete se internó entre los árboles, lo perdió de vista. Desmontó y comenzó a caminar llevando al caballo de las riendas, vigilando atentamente por si veía rastros de él. Pronto escuchó el ruido del río, muy plano en esta época, y lleno de piedras en el fondo.
Primero divisó el caballo atado a un árbol. Ató el suyo propio y continuó a pie. Reinaba el silencio bajo los árboles. Se sentía cubierta de tierra. Una vez más se preguntó qué— la había impulsado a seguir a esta persona, sabiendo que había muchos riesgos potenciales. Pero la actitud de los dos hombres en el pueblo no le había parecido peligrosa y sus fines, pacíficos aunque misteriosos.
Avanzó con más cuidado al aproximarse al límite del bosque. Se detuvo y miró abajo, hacia la ribera del río.
Allí estaba el hombre. Lo estudió con interés.
El se había quitado la capa y la había dejado, con las botas, junto a una pilita de implementos. Se había metido en el río y evidentemente disfrutaba de la sensación de frescura. Completamente ignorante de la presencia femenina, agitaba los pies en el agua salpicando con abundante rocío reluciente. Se inclinó, juntó agua en las manos y se la echó sobre la cara y el cuello.
Dio media vuelta, salió del río y fue en busca de su equipo. De un estuche de cuero negro extrajo una videocámara, se colgó el estuche del hombro con la correa y lo conectó a la cámara por medio de un cable forrado en plástico. Hecho esto, ajustó una perilla a un costado.
Apoyó la cámara en el suelo un instante, desenrolló un largo pliego de papel, lo colocó en el suelo, lo miró pensativo unos segundos. Luego tomó la cámara y volvió a la costa.
Apuntó la cámara río arriba unos segundos; luego la bajó y se dio vuelta. Enfocó la ribera de enfrente. Después, asustándola, apuntó en dirección a ella, que se tiró rápidamente al suelo. Al no notar ninguna reacción en él se dio cuenta de que no la había visto. Cuando volvió a mirar, advirtió que él enfocaba la cámara río abajo.
El hombre regresó hasta donde había extendido el papel y, con sumo cuidado, hizo unas anotaciones.
Pausadamente guardó la cámara en su estuche, enrolló el papel y lo guardó con el resto de su equipo.
Se desperezó y se rascó la cabeza. Con aire indiferente volvió hasta la orilla, se sentó y metió los pies en el agua. Luego suspiró y se recostó en el suelo, con los ojos cerrados.
Ella lo estudiaba detenidamente. Tenía un aspecto inofensivo. Era grandote, de buena musculatura, y tenía la cara y los brazos muy bronceados. El pelo era largo, abundante; una gran melena de cabellos color castaño claro. Usaba barba. Calculó que tendría algo más de treinta años. A pesar de la barba su rostro era juvenil, de rasgos bien definidos, sonriente por la simple felicidad de poder refrescarse los pies en un día caluroso.
Unas moscas revoloteaban alrededor de su cabeza. De tanto en tanto, las espantaba.
Al cabo de unos instantes más de vacilación ella avanzó, mitad caminando mitad resbalándose hasta la costa, provocando una pequeña avalancha de tierra.
La reacción del hombre fue inmediata. Se sentó, miró a su alrededor aguzando la vista y se paró, con tan mala suerte que hizo un mal movimiento y se cayó de boca, sacudiendo los pies en el agua.
Ella se echó a reír.
El hombre volvió a hacer pie firme y dio un salto en busca de su equipo. Segundos más tarde tenía un rifle en la mano.
Ella dejó de reír... pero él no levantó el arma.
En cambio, dijo algo en un español tan desastroso que no le entendió.
Como ella hablaba muy poco español, lo hizo en el idioma de los lugareños:
—No era mi intención reírme...
Él meneó la cabeza y la miró atentamente. Ella extendió las manos para probarle que no llevaba armas, y le obsequió una sonrisa que quiso ser reconfortante. El se mostró satisfecho al comprobar que no significaba una amenaza, y bajó el rifle.
Nuevamente el hombre dijo algo en un español atroz. Luego murmuró unas palabras en inglés.
—¿Habla inglés? —preguntó ella.
—Sí. ¿Y usted?
—Como si fuera inglesa. —Volvió a reírse y agregó:
—¿Le molesta si voy con usted?
La mujer señaló con la cabeza en dirección al río, pero él seguía observándola mudo. Se quitó los zapatos y se acercó a la orilla. Se metió en el agua levantándose la falda. El agua estaba tan helada que le congelaba los pies, pero la sensación era deliciosa. Enseguida se sentó en la tierra, manteniendo los pies dentro del agua.