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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Entraron a otro pasaje, subieron una escalera y atravesaron otra puerta. Salieron a un pasillo muy iluminado, al final del cual había una puerta. Allí se despidieron de los hombres. En la puerta había un cartel que rezaba:

SALA DE TRANSFERENCIA

Una vez adoptada la pose, Elizabeth no podía abandonarla.

En el transcurso de los días siguientes se vio sometida a una serie de investigaciones y tratamientos que, de no sospechar el motivo, le habrían parecido humillantes. La bañaron y le lavaron el pelo. Le hicieron un examen médico, le revisaron los ojos y los dientes. Le inspeccionaron el cuero cabelludo y le hicieron una prueba que —se imaginó—, sólo podía servir para comprobar si tenía enfermedades venéreas.

Sin manifestar sorpresa, la mujer que dirigía la revisión le otorgó un certificado de salud —fue la única de las diez que pasó—, y luego la dejaron en manos de otras dos mujeres que comenzaron a enseñarle los rudimentos del inglés. Esto la divertía mucho, y no obstante sus esfuerzos por demorar el proceso de aprendizaje, pronto la consideraron lo suficientemente instruida como para acabar este periodo inicial de habilitación.

Las primeras noches durmió en un dormitorio común, pero después le asignaron un cuartito para ella sola. La habitación era inmaculada, amoblada con lo mínimo indispensable. Había en ella una cama angosta, un lugar donde colgar la ropa —le habían dado dos conjuntos idénticos para usar—, una silla y aproximadamente un metro de espacio libre.

Ocho días hablan transcurrido desde su llegada a. la ciudad y Elizabeth comenzaba a cuestionarse qué era lo que había esperado conseguir. Ahora que le habían dado el pase de la sección de transferencia, la ubicaron en las cocinas, donde el trabajo que le asignaron era muy ingrato. Tenía las noches libres, pero le advirtieron que debía pasar una o dos horas en un salón de recepciones donde, le informaron, debía alternar con la gente que allí hubiese.

Este salón quedaba junto a la sección de transferencia. Tenía un pequeño bar en una esquina en el cual, Elizabeth notó, había muy poco que elegir. Y al lado, había un antiquísimo aparato de vídeo. Cuando ella lo prendió vio un programa de comedia que, francamente, no alcanzó a comprender, si bien una audiencia invisible reía todo el tiempo. Las alusiones cómicas eran, evidentemente, de otra época y por tanto, carecían de sentido para ella. Vio el programa entero y, por una leyenda de derecho de autor que aparecía al final, se enteró de que había sido grabado en 1985. ¡Tenía doscientos años de antigüedad!

Por lo general había muy pocas personas en este salón cuando ella asistía. Una mujer de la sección transferencia trabajaba detrás del mostrador, siempre con una sonrisa pegada a los labios, pero Elizabeth no llegaba a interesarse por los otros concurrentes. De vez en cuando venían algunos hombres —vestidos, al igual que Helward, con su uniforme oscuro—, y dos o tres chicas.

Un día, mientras trabajaba en la cocina, resolvió uno de los enigmas que le intrigaban.

Se hallaba guardando la vajilla limpia en un armario de metal destinado al efecto, cuando algo le llamó la atención. El mueble habida sido modificado hasta el punto de quedar irreconocible —se le habían quitado los componentes y se le habían agregado estantes de madera—, pero el emblema de DBM alcanzaba a distinguirse debajo de la capa de pintura.

Siempre que podía, Elizabeth se iba a recorrer la ciudad. Todo le resultaba motivo de curiosidad. Antes de venir pensaba que iba a sentirse prisionera, pero aparte de las tareas que debía desempeñar, tenía libertad de ir adonde le gustara y de hacer lo que quisiese. Hablaba con la gente, anotaba mentalmente sus impresiones, pensaba.

Un día halló un cuarto pequeño usado por la gente de la ciudad para pasar sus horas libres. Sobre una mesa había varias hojas de papel impreso, prolijamente abrochadas. Les echó un vistazo sin mucho interés y leyó el título de la primera página: «Directivas de Destaine».

Más tarde, mientras caminaba por la ciudad, vio más hojitas de estas y, picada por la curiosidad, leyó un juego de ellas. Luego se guardó una copia entre las sábanas de su cama, con la intención de llevársela cuando regresara a su país.

Comenzaba a entender. Volvió a leer el texto de Destaine tantas veces que llegó casi a memorizarlo. Pensó en Helward, en su comportamiento aparentemente insólito, y trató de recordar qué era lo que había dicho.

Creía hallar una suerte de esquema lógico, aunque había una inextirpable falla en todo.

La hipótesis que regia la vida de la ciudad y sus habitantes era que, el mundo en que vivían, estaba de algún modo invertido. No sólo el mundo sino también todos los objetos del universo donde se suponga que existía ese mundo. La figura que dibujara Destaine —un mundo macizo, con curvaturas en el Norte y en el Sur en forma de hipérbola —era la aproximación que utilizaban, y tenía una evidente correlación con ese raro sol que había dibujado Helward.

Un día Elizabeth vio el error mientras recorría una de las zonas de la ciudad que en la actualidad se estaban reconstruyendo.

Miró el sol, protegiéndose los ojos con una mano, y lo vio como siempre lo que había conocido: un globo de luz intensa, bien alto en el firmamento.

CAPÍTULO SIETE

Elizabeth tenía planeado abandonar la ciudad la mañana siguiente llevándose un caballo y atravesando el campo hasta llegar al pueblo. Desde ahí podría regresar a las oficinas centrales y pedir licencia. Dentro de unas semanas le correspondía tomar sus vacaciones, y sabía que podía fácilmente conseguir que se las adelantaran. Cuatro semanas eran más que suficientes para volver a Inglaterra y tratar de buscar algún funcionario, alguien que tuviese interés en lo que había descubierto.

Una vez concebido el plan, no quería llamar la atención. Así fue que pasó el día trabajando en las cocinas, como siempre. Por la noche fue al salón de recepciones.

Al entrar, el primer hombre que vio fue a Helward, que estaba parado de espaldas a ella, conversando con una chica.

Elizabeth se paró detrás de él.

—Hola, Helward —dijo, en voz baja. Este se dio vuelta para saludaría y la miró lleno de asombro.

—¡Usted! —exclamó— ¿Qué está haciendo aquí?

—¡Ssh! Acá piensan que no hablo muy bien el inglés. Soy una de las mujeres transferidas.

Elizabeth se encaminó a un rincón vacío. La señora del mostrador le hizo un gesto de aprobación con la cabeza al ver que Helward iba tras ella.

—Mire —dijo Elizabeth, casi en el acto—, tengo que pedirle disculpas por lo que ocurrió la última vez que nos vimos. Ahora entiendo mejor.

—Y a mí me tiene que perdonar que la haya asustado.

—¿Le contó algo a alguno de los otros?

—¿Que usted viene de la Tierra? No.

—Bien. No diga nada.

—¿De veras es del planeta Tierra?

—Si, pero no me gusta oírlo hablar así. Soy de la Tierra, igual que usted. Hay un error de interpretación.

Helward la miró desde arriba. Le llevaba unos treinta centímetros de altura.

—Aquí se la ve distinta... Pero, ¿por qué se vino como transferida?

—Fue el único modo que se me ocurrió de entrar en la ciudad.

—Yo la hubiese traído. —Echó un vistazo por el salón. ¿Ya hizo pareja con alguno de los hombres?

—No.

—No lo haga. —A medida que hablaba miraba por sobre su hombro—. ¿Le asignaron una pieza para usted sola? Podríamos conversar más tranquilos.

—Sí. ¿Vamos?

Elizabeth cerró la puerta después de entrar en su cuarto. Las paredes eran delgadas, pero al menos daban el aspecto de intimidad. Se preguntó por qué él tendría que tomar precauciones cuando hablaba con ella.

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