El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
Helward sonrió.
—Es el que a mí más me gusta, también.
Elizabeth volvió a revisar los bocetos. Había en ellos algo que no entendía... ahí, en uno de los dibujos del hombre. Al fondo, una forma rara, de cuatro puntas. La misma forma aparecía en los croquis de ella.
—¿Qué es esto? —dijo, señalándola.
—El sol.
Ella frunció levemente el ceño pero resolvió no seguir preguntando. Tenía la impresión de haberle herido ya bastante su ego artístico.
Hizo el mejor dibujo.
—¿Puedo quedarme con éste?
—Pensé que no le agradaba.
—Al contrario. Me parece maravilloso. Helward la miró detenidamente, como tratando de adivinar si decía la verdad. Luego le retiró la pila de dibujos.
—¿Quiere éste también? Le entregó el del caballo.
—Ese no. No podría aceptárselo.
—Yo deseo regalárselo. Usted es la primera persona que lo ha visto.
—Muchas gracias.
Helward guardó cuidadosamente los demás en la alforja, y la cerró.
—¿Me dijo que su nombre era Elizabeth?
—Prefiero que me digan Liz. Él asintió, serio.
—Adiós, Liz.
—¿Se va? —El no respondió. Desató el caballo y de un salto lo montó. Cabalgó por la costa, se internó en las aguas poco profundas del río y salió en la orilla de enfrente. Al cabo de unos segundos se había perdido entre los árboles.
CAPÍTULO TRES
De vuelta en el pueblo, Elizabeth se sintió sin ganas de trabajar. Todavía estaba esperando un envío de productos médicos, y hacía más de un mes que habían prometido mandar un médico. Ella había hecho todo lo posible por suministrar una dieta balanceada a los lugareños, pero las provisiones de alimentos eran muy limitadas, y sólo había podido atender las dolencias menores, tales como lastimaduras y sarpullidos. La semana anterior había ayudado en un parto, y sólo en ese momento sintió que su trabajo tenía algún mérito.
Ahora, mientras seguía fresco en su mente el insólito episodio junto al río, decidió regresar temprano a la oficina central.
Antes de salir se encontró con Luiz.
—Si vuelven esos hombres —le dijo—, averigua qué es lo que quieren. Yo vendré por la mañana. Si ellos llegan antes que yo, trata de mantenerlos aquí. Averigua también de dónde son.
La oficina central quedaba a unos diez kilómetros. Ya era de noche cuando ella arribó. El lugar estaba casi desierto. Estaba, sin embargo, Tony Chappell, quien la interceptó cuando se dirigía a su cuarto.
—¿Tienes algo que hacer esta noche, Liz? Pensé que podríamos...
—Estoy muy cansada y tengo ganas de acostarme temprano.
Cuando ella recién había llegado, comenzó a sentir una cierta atracción por Chappell, y cometió el error de demostrarlo. Había muy pocas mujeres en el destacamento, y él había respondido con gran vehemencia. Desde entonces no la dejaba sola un instante, y si bien ahora le parecía aburrido y egocéntrico, no había descubierto aún el modo amable de enfriar su indeseado ardor.
Chappell trató de convencerla, pero a los pocos minutos ella logró escapar a su habitación.
Tiró la cartera sobre la cama, se desvistió y se dio una ducha larga.
Más tarde, salió a comer algo e, inevitablemente, Tony se le reunió.
Durante la comida ella recordó algo que quería preguntarle.
—¿Conoces alguna ciudad de la zona que se llame Tierra?
—¿Tierra? ¿Cómo el planeta?
—Sonaba así. Pero puedo haber oído mal.
—No conozco ninguna. ¿Por dónde queda?
—En algún lugar cerca de aquí. No muy lejos Chappel meneó la cabeza.
—¿Tierra o Polvo? —Se rió estentóreamente y soltó el tenedor—. ¿Estás segura?
—No... en realidad, no. Creo que debo haber entendido mal.
Tony siguió haciendo malos juegos de palabras hasta que, una vez más, ella buscó una excusa para irse.
En una de las oficinas había un mapa grande de la región, pero no encontró ninguna ciudad por las inmediaciones. Helward había dicho que era grande y que quedaba al Sur. Sin embargo, no existía ninguna población importante en un radio de cien kilómetros.
Elizabeth estaba verdaderamente exhausta, y regresó a su habitación.
Se desvistió, tomó los dos croquis que le había regalado Helward y los pegó en la pared, junto a la cama. El dibujo de ella era tan extraño...
Lo miró con más atención. El papel era, evidentemente, viejo porque los bordes estaban amarillentos. Mirando los bordes notó que el de arriba y el de abajo eran algo imperfectos en los lugares donde habían sido arrancados, pero la línea era bastante recta.
Pasó la yema de un dedo por el borde y experimentó una sensación de vibración: el papel había sido perforado...
Tratando de no rasgar el papel, lo despegó de la pared. En la parte de atrás descubrió una columna de números impresos a un costado. Varios de ellos, tildados.
También impresa en letras azules figuraba la leyenda IBM Multifold TM.
Volvió a colocar el croquis en la pared... y se quedó mirándolo largo rato sin comprender.
CAPÍTULO CUATRO
Por la mañana Elizabeth pidió una vez más por teletipo que mandaran un médico. Luego partió hacia el pueblo.
El calor del día inundaba la aldea cuando ella llegó, y ya se había adueñado de sus habitantes ese letargo que tanto le había irritado en un principio. Buscó a Luiz, que estaba sentado a la sombra de la iglesia con otros dos hombres.
—¿Y? ¿Volvieron?
—Todavía no, Menina Khan.
—¿Cuándo dijeron que iban a regresar?
El se encogió de hombros, indolente.
—No sé. Hoy. Mañana.
—¿Probaste ese...?
Se detuvo, furiosa consigo misma. Había pensado llevar el supuesto fertilizante a la oficina para analizarlo, pero se había olvidado.
—Avísame si vienen.
Fue a visitar a María y su bebé, pero no se concentraba profundamente en su trabajo. Más tarde supervisó una comida que se sirvió a todo el que fue a pedirla, y habló luego con el padre dos Santos en el taller. Se daba cuenta de que todo el tiempo tenía una oreja parada por si oía ruido de caballos.
Sin tratar de justificarse más ante sí misma, fue hasta el establo y ensilló el caballo. Se alejó del pueblo cabalgando, en dirección al río.
No quería cavilar, no quería reflexionar sobre las motivaciones que la impulsaban, pero era inevitable. Las últimas veinticuatro horas habían sido en cierto modo trascendentales. Ella había venido a trabajar a este lugar porque sentía que estaba desperdiciando su vida, y se había encontrado con un nuevo tipo de frustración. A pesar de los intentos y de las apariencias, lo único que los trabajadores voluntarios podían ofrecer a los lugareños era una ínfima recuperación. Era demasiado poco y demasiado tarde. Algunas donaciones de cereales por parte del gobierno, algunas inyecciones o la restauración de una iglesia eran mejor que nada. Pero el problema fundamental seguía sin resolverse en la práctica: había fallado la economía central. En esta tierra no había nada, salvo lo que la gente podía obtener por sí misma.
La intromisión de Helward a su vida fue el primer acontecimiento de importancia desde que había llegado. Mientras conducía su caballo en medio de los matorrales, hacia el bosquecillo, pensaba que sus motivaciones eran complejas. Tal vez fuese una simple curiosidad, pero había también algo más profundo.
Los hombres del destacamento estaban obsesionados consigo mismos y con lo que creían era su función. Hablaban en términos abstractos de sicología de grupo, reajuste social, esquemas de comportamiento. Cuando Elizabeth se sentía más cínica pensaba que todo ello era simplemente patético. Aparte del infortunado Tony Chappel, no había llegado a interesarse por ninguno de sus compañeros, lo cual difería mucho de lo que se había imaginado antes de venir.