El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
El hombre vino a sentarse a su lado.
—Lamento lo del rifle. Usted me asustó.
—Perdóneme a mí también. Pero se lo veía tan feliz...
—Esto es lo mejor que uno puede hacer en un día como el de hoy.
Ambos miraban el agua que corría sobre sus pies. Debajo de la superficie, la carne blanca parecía distorsionarse como una llama titilando en una corriente de aire.
—¿Cómo se llama?
—Helward.
—Helward. —Pronunció, su nombre para ver cómo sonaba—. ¿Es un apodo?
—No. Mi nombre completo es Helward Mann. ¿Y el suyo?
—Elizabeth. Elizabeth Khan. Pero no me gusta que me digan Elizabeth.
—Lo lamento.
Ella le echó una mirada rápida. El hombre estaba muy serio.
Elizabeth se sentía algo confundida por el acento de Helward. Notaba que no era un nativo de la región y que hablaba inglés con toda naturalidad, sin esfuerzo, pero tenía un modo extraño de pronunciar las vocales.
—¿De dónde es usted?
—De por aquí. —Se puso repentinamente de pie—. Tengo que darle de beber a mi caballo.
Al pararse volvió a trastabillar, pero esta vez Elizabeth no se rió. Helward se internó entre los árboles. No recogió su equipo. El rifle seguía ahí. La miró por encima del hombro y ella desvió la vista.
Cuando regresó, traía ambos caballos. Elizabeth se levantó y condujo el suyo hasta el agua.
Parada entre medio de los dos animales, acarició el cuello de la yegua de Helward.
—¡Qué hermosa! —comentó—, ¿Es suya?
—En realidad, no. Pero es la que monto más a menudo.
—¿Cómo se llama?
—No le he puesto nombre. ¿Debía haberlo hecho?
—Eso depende de uno. El mío tampoco tiene nombre.
—A mí me gusta cabalgar —dijo Helward, de pronto—. Es la mejor parte de mi trabajo.
—Eso y poder chapotear en el agua. ¿A qué se dedica?
—Soy... quiero decir, bueno, no tiene una denominación especifica. ¿Y usted?
—Yo soy enfermera. Ese es mi trabajo oficial, aunque hago montones de cosas.
—Nosotros tenemos enfermeras en... el sitio de donde provengo.
Elizabeth lo miró con renovado interés.
—¿Y dónde queda?
—Es una ciudad y queda en el Sur.
—¿Cómo se llama?
—Tierra. Pero casi siempre le decimos ciudad. Elizabeth esbozó una sonrisa incierta. No estaba segura de haber oído bien.
—Cuénteme algo de su ciudad.
Helward agitó la cabeza. Los caballos habían terminado de beber y se frotaban mutuamente el hocico.
—Tengo que irme —dijo él.
Se alejó rápidamente hasta donde estaba su equipo, lo alzó y lo guardó en las alforjas. Elizabeth lo observaba con curiosidad. Cuando hubo acabado, tomó las riendas, hizo girar la yegua y la condujo por la costa. Al llegar a los árboles se dio vuelta a mirar.
—Perdóneme. Usted debe pensar que soy un grosero. Simplemente... no soy como los otros.
—¿Cómo qué otros?
—Como la gente de la zona.
—¿Y eso es tan malo?
—No. —Escudriñó la orilla del río como buscando un pretexto para quedarse con ella. Bruscamente pareció cambiar de idea. Ató el caballo al árbol más próximo—, ¿Puedo pedirle un favor?
—Desde luego.
—Estee... ¿me dejaría dibujarla?
—¿Dibujarme?
—Sí... hacer un boceto. No lo hago muy bien y tampoco hace mucho tiempo que me dedico a ello. Cuando vengo por aquí paso largos ratos dibujando lo que veo.
—¿Eso era lo que estaba haciendo cuando lo encontró?
—No. Eso era un mapa, y yo estoy hablando de dibujos en serio.
—Está bien. ¿Quiere que pose para usted? Helward buscó en la alforja sacó unos papeles de diversos tamaños. Los hojeó nerviosamente y ella notó que tenían unas líneas impresas.
—Quédese ahí parada. No... al lado de su caballo. Él se sentó junto al río, apoyando los papeles sobre las rodillas. Elizabeth lo contemplaba, desconcertada aún por el repentino cambio en Helward, y sintió una gran timidez que no era común en ella.
Permaneció junto al caballo y le pasó un brazo por debajo del cuello para poder acariciarlo del otro lado. El animal le respondió refregándole la nariz.
—Está mal parada. Gire más hacia mí.
La timidez iba en aumento. Elizabeth se daba cuenta de que adoptaba una pose forzada, torpe.
Helward proseguía dibujando, pasando hoja tras hoja de papel. Elizabeth comenzó a relajarse un poco y resolvió no prestarle atención. Volvió a acariciar a la bestia. Al rato él le pidió que se sentara en la montura, pero ella se estaba cansando.
—¿Me deja ver lo que hizo?
—Nunca muestro mis trabajos a nadie.
—Por favor, Helward. Es que jamás me han dibujado. Helward revisó los papeles y eligió dos.
—No sé qué le van a parecer. Ella los tomó.
—¡Por Dios! ¿Soy tan flaca? —dijo, sin pensar. Él intentó arrebatarle los bocetos.
—Devuélvamelos.
Elizabeth le dio la espalda y se puso a mirar los otros. Se notaba que era ella la que posaba, pero las proporciones eran... insólitas. Tanto ella como el caballo aparecían demasiado altos y delgados. El efecto no era desagradable sino algo extraño.
—Por favor... quiero que me los devuelva. Se los entregó y él los colocó abajo de toda la pila. Bruscamente se dio vuelta y se fue a buscar su caballo.
—¿Lo he ofendido?
—No. Pero es que no debí habérselos mostrado.
—Yo creo que son excelentes. Sólo que me impresioné un tanto al verme a través de los ojos de otra persona. Ya le dije que nunca me habían dibujado.
—Es muy difícil dibujarla a usted.
—¿Puedo ver los demás?
—No le interesan.
—Mire, no estoy tratando de adularlo.
—Está bien.
Le alcanzó la pila entera y siguió caminando hacia el caballo. Ella se sentó a mirar los dibujos y advertía que, mientras él fingía ajustar la montura del animal, de hecho trataba de espiar su reacción.
Había varios bosquejos del caballo: pastando, parado, echando atrás la cabeza. Todos ellos muy naturales; con unos pocos trazos había captado la esencia del animal, orgulloso y dócil a la vez, domado y sin embargo dueño de sí mismo. Curiosamente, las proporciones eran correctas. Había también varios dibujos de una figura masculina... ¿Autorretratos o imágenes del hombre que ella había visto antes con él? Aparecía con la capa, sin la capa, parado junto a un caballo, usando la cámara. Y también las proporciones eran casi exactas.
Había varios bocetos del paisaje: árboles, un río, una curiosa estructura arrastrada por cuerdas, unas colmas. No era muy diestro con los paisajes. A veces las proporciones estaban bien; otras veces había una inquietante distorsión que ella no podía identificar. ¿Fallaba la perspectiva? No podía afirmarlo ya que carecía del necesario vocabulario artístico.
Abajo de la pila halló los dibujos de ella. Los primeros no eran muy buenos. Los que él le había enseñado eran, por lejos, los mejores, pero aún le intrigaba ese alargamiento de su figura y del caballo.
—¿Y? —preguntó Helward.
—Yo... —No encontraba las palabras apropiadas—. Yo pienso que son buenos. Muy extraños. Se nota que tiene un ojo excelente.
—Es muy difícil pintarla a usted.
—Me gusta éste en particular. —Buscó el dibujo del caballo con la melena desordenada—, ¡Es tan lleno de vida!