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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Se decidió comenzar un programa de reeducación para dramatizar la necesidad de hacer avanzar la ciudad hacia el Norte.

En la reunión siguiente se produjo un violento incidente. Un grupo de personas irrumpió en la sala durante la sesión, y trató de ocupar el estrado.

No me sorprendió ver a Victoria entre ellas.

Luego de una acalorada discusión, los Navegantes solicitaron la ayuda de la milicia y se clausuró el mitin.

Desgraciadamente, la irrupción provocó el efecto deseado por el movimiento Terminador. Una vez más los Navegantes comenzaron a reunirse a puertas cerradas. Se hizo más pronunciada, entonces, la dicotomía en las opiniones de la gente común de la ciudad. Los Terminadores contaban con mucho apoyo, pero no tenían autoridad real.

Hubo varios incidentes más. En circunstancias muy misteriosas, se encontró un cable cortado, y un Terminador intentó un día arengar a los obreros para convencerlos de que regresaran a sus aldeas... pero en conjunto, el movimiento Terminador no era más que una espina clavada en el costado de los Navegantes.

La reeducación se cumplía exitosamente. Se dictaron una serie de conferencias tratando de explicar los peculiares peligros de este mundo, y hubo gran asistencia de público. Se adoptó el diseño de la hipérbola como insignia de la ciudad, y los gremialistas comenzaron a usaría en sus túnicas, cosida sobre el pecho.

Yo no sé cuánto entendía de todo esto el hombre común. Oí por casualidad que se discutía el tema, pero los Terminadores contribuían a disminuir la credibilidad. Durante demasiado tiempo, por omisión, se dejó a la gente suponer que la ciudad se hallaba en un mundo similar al planeta Tierra, si no en el mismo planeta Tierra. Quizás la situación real era sobradamente terrible como para darle crédito. Ellos escuchaban lo que se les decía y tal vez lo comprendieran, pero creo que los Terminadores lograban una mayor atracción emotiva.

A pesar de todo la ciudad continuaba su lenta marcha hacia el Norte. A veces yo interrumpía mis tareas y trataba de imaginármela mentalmente como una diminuta partícula de materia en un mundo extraño. La veía como un objeto de un universo queriendo sobrevivir en otro; como una ciudad llena de habitantes, sosteniéndose en una pendiente de cuarenta y cinco grados, luchando contra una marea de tierra, arrastrándose sobre unos delgados cablecitos.

Al haber alcanzado un terreno más parejo, se hizo más rutinaria la tarea de investigación del Futuro.

Para nuestros objetivos, se dividió la tierra al Norte de la ciudad en varios segmentos que partían desde el óptimo, a intervalos de cinco grados. En circunstancias normales, no se buscaría una ruta que se alejase más de quince grados del Norte exacto, pero la capacidad adicional de desviación de la ciudad permitía una considerable flexibilidad en tramos cortos.

Nuestro procedimiento era simple. Los investigadores partían hacia el Norte de la ciudad —solos o de a dos—, y realizaban un estudio profundo del segmento que les hubiese correspondido. Teníamos mucho tiempo para nosotros.

A veces me seducía la sensación de, libertad en el Norte. Blayne me había anticipado que eso era muy común entre los Futuros. ¿Qué apuro, había por volver a la ciudad si un día junto a un río significaba unos pocos minutos de tiempo en la ciudad?

Había que pagar un precio por ese tiempo que pasaba en el Norte, y yo no me di cuenta de ello hasta que comprobé personalmente los efectos. Un día en el Norte era un día en mi vida. En cincuenta días envejecía el equivalente a cinco millas en la ciudad, pero la gente de la ciudad había envejecido sólo cuatro días. Al principio no me importó; regresábamos a la ciudad con relativa frecuencia, y no notaba ningún cambio. Pero después de mucho andar, la gente que conocía —Victoria, Jase, Malchuskin— daban la impresión de no haber envejecido nada, y al verme reflejado un día en un espejo, noté la gran diferencia.

No quería irme a vivir en forma permanente con otra chica. Comencé a darle la razón a Victoria cuando decía que el ritmo de la ciudad se interponía en cualquier relación.

Llegaron las primeras mujeres transferidas. Como soltero que era, me informaron que estaba en condiciones de elegir una pareja temporalmente. Confieso que me resistí porque la idea me repelía. Pensaba que, aun una aventura puramente física, debía complementarse compartiendo ciertos sentimientos emocionales. Sin embargo, la manera en que se arreglaba la elección de la pareja era lo más sutil que permitían las circunstancias. Cada vez que venía a la ciudad, se nos estimulaba a los solteros a alternar socialmente con las chicas en una sala de recreación dispuesta con este objeto. Me resultaba humillante y vergonzoso, pero luego llegué a acostumbrarme, y desaparecieron mis inhibiciones.

Con el tiempo, inicié una relación con una chica llamada Dorita, y pronto nos adjudicaron una pieza para compartir. No teníamos muchas cosas en común, pero sus intentos de hablar inglés eran encantadores, y ella parecía disfrutar de mi compañía. Quedó embarazada. Cuando volvía de mis viajes observaba cómo adelantaba su embarazo. Con una increíble lentitud.

Me sentía cada vez más frustrado con lo poco que, aparentemente, avanzaba la ciudad. Según mi escala subjetiva de tiempo, habían transcurrido ciento cincuenta, quizás doscientas millas desde que me convirtiera en gremialista pleno, y sin embargo la ciudad seguía aún en las inmediaciones de las colinas que estábamos atravesando en la época de los ataques.

Solicité ser trasladado a otro gremio. Por mucho que disfrutara de la vida tranquila en el futuro, sentía que el tiempo pasaba a mi lado.

Durante unas millas trabajé con el gremio de Tracción, y fue durante este período que Dorita dio a luz mellizos, un varón y una niña. Muchos festejos... pero yo me daba cuenta de que la vida en la ciudad me dejaba insatisfecho en otro sentido. Yo había trabajado con Jase, que en algún momento fue varias millas mayor que yo. Ahora él era evidentemente menor, y no teníamos casi nada en común.

Poco después del alumbramiento, Dorita se volvió a su pueblo, y yo regresé a mi gremio.

Al igual que todos los Futuros que había visto en mis tiempos de aprendiz, me estaba convirtiendo en un desubicado en la ciudad. Me gustaba andar solo, disfrutaba de esas horas robadas en el Norte, me sentía incómodo en la ciudad. Me había empezado a interesar por el dibujo pero no se lo había contado a nadie. Cumplía con mi trabajo de la manera más rápida y eficiente posible, y luego me iba solo a cabalgar por el Norte. Dibujaba lo que veía tratando de plasmar en los dibujos lineales alguna expresión de un terreno donde el tiempo pudiese detenerse.

Observaba la ciudad desde la distancia y la veía tal como era, extraña, ajena a este mundo, ajena incluso a mí. Milla por milla se desplazaba hacia adelante sin encontrar, sin buscar siquiera, el sitio del descanso final.

CUARTA PARTE

CAPÍTULO UNO

Esperó junto a la puerta de la iglesia mientras continuaba la discusión del otro lado de la plaza. Detrás de ella, en el taller, el sacerdote y dos ayudantes restauraban pacientemente la estatuilla de yeso de la Virgen Mana. Hacía fresco en el interior de la iglesia, y a pesar de que se había derrumbado parte del techo, estaba limpio y apacible. Ella sabía que no debía estar ahí, pero un instinto la había impulsado a entrar cuando arribaron los dos hombres.

Se volvió para observarlos conversar seriamente con Luiz Carvalho, el autodesignado líder del pueblo, y con un puñado de hombres. En otros tiempos quizás el sacerdote hubiese asumido responsabilidades por la comunidad, pero el padre dos Santos era, al igual que ella, un recién llegado en la aldea.

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