El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
Se quitó su propia ropa, incluso la ropa interior, y se puso la de María. Hizo una pila prolija con sus prendas y se las dio a María para que se las cuidara hasta su regreso.
—¡Pero parece una chica del pueblo!
—Eso mismo.
Miró al bebé para ver si no estaba enfermo y repasó luego con María la diaria rutina que debía cumplir. Como siempre, ésta fingía prestar atención, aunque Elizabeth sabía que se olvidaría de todo en cuanto no estuviera ella allí para controlarla. ¿Acaso no había criado ya tres niños?
Caminando descalza por la calle de tierra, Elizabeth se preguntó si pasaría por una mujer del pueblo. Tenía el pelo largo, castaño, y su cuerpo se había bronceado en las semanas que llevaba ahí, pero era consciente de que su piel carecía de ese tono lustroso de las mujeres de la zona. Se pasó la mano por la cabeza, se cambió la raya del cabello y se despeinó un poco.
Había ya muchas personas en la plaza, frente a la iglesia, y seguían llegando más a cada minuto. Luiz se hallaba en el centro, tratando de persuadir a las mujeres que habían ido a mirar por simple curiosidad, que volvieran a sus casas.
A su lado habrá un grupito de chicas. Con una sensación de horrorizado espanto, advirtió que eran las más jóvenes y atractivas del pueblo. Elizabeth se abrió paso en medio del gentío.
Luiz la reconoció de inmediato.
—Menina Khan...
—Luiz, ¿cuál es la más joven de estas chicas? Sin darle tiempo a responder, ella misma buscó a la niña. Era Lea, que no tendría más de catorce años. Se acercó a ella.
—Lea, vuelve con tu madre. Yo iré en tu lugar.
La niña no se sorprendió ni protestó, sino que se alejó en silencio. Luiz se quedó un momento mirando a Elizabeth. Luego se encogió de hombros.
No tuvieron que esperar mucho. A los pocos minutos aparecieron tres hombres, cada uno montando un caballo y arrastrando a otro. Los seis animales venían cargados con bultos y, sin mayores ceremonias, los jinetes desmontaron y bajaron el material que habían traído.
Luiz observaba atentamente. Elizabeth oyó que uno de los hombres le decía:
—Dentro de dos días volvemos con el resto. ¿Quieren que les reparemos la iglesia?
—No... eso no lo necesitamos.
—Como ustedes quieran. ¿Desean modificar nuestro acuerdo?
—No. Estamos satisfechos.
—Bien. —El hombre se dio vuelta y enfrentó a la gente que presenciaba la transacción. Se dirigió a ellos como lo había hecho con Luiz, en su idioma, pero con un fuerte acento—. Hemos tratado de ser hombres de palabra. Algunos de ustedes quizás no aprueben el convenio que propusimos, pero les pedimos su comprensión. Las mujeres que nos han prestado serán bien cuidadas y no se les dará ningún mal trato. Nos interesa, tanto como ustedes, su salud y felicidad. Prometemos enviárselas de vuelta cuanto antes. Gracias.
La ceremonia había concluido. Los hombres ofrecieron los caballos a las mujeres. Dos chicas montaron en un solo caballo y otras cinco tomaron un caballo cada una. Elizabeth y las dos restantes prefirieron ir caminando. Muy pronto partió del pueblo la pequeña caravana, siguiendo el curso del río seco.
CAPÍTULO SEIS
Durante el viaje, Elizabeth mantuvo el mismo silencio que sus compañeras. En la medida de lo posible, trataría de pasar desapercibida.
Los tres hombres hablaban en inglés, dando por sentado que ninguna de ellas entendía. Al principio Elizabeth prestaba mucha atención a ver si se enteraba de algo interesante pero, para gran desilusión suya, descubrió que la conversación giraba principalmente en tomo del calor, de la falta de sombra y del tiempo que duraría la cabalgata.
La preocupación de ellos por las mujeres parecía ser sincera, y constantemente les preguntaban cómo se sentían. Charlando ocasionalmente con las chicas, en su idioma, Elizabeth notó que sus motivos de aflicción eran muy similares: tenían calor y sed, estaban cansadas y ansiosas por llegar.
Hacían un breve descanso cada hora, y se turnaban los caballos. Los hombres no montaron a caballo en ningún momento, y pronto Elizabeth empezó a condolerse de sus motivos de queja. Si la ciudad quedaba, como había dicho Helward, a unos cuarenta kilómetros, iba a ser larga la caminata en un día caluroso.
Más tarde, quizás el cansancio les hizo aflojar las inhibiciones o la falta de reacción de las chicas les demostró que no entendían el inglés, porque los hombres se pusieron a hablar de asuntos menos inmediatos. Comenzaron comentando que el calor no cedía, pero casi enseguida cambiaron de tema.
—¿Te parece que todo esto es necesario?
—¿Tráfico?
—Sí... Ha ocasionado algunos problemas en otras épocas.
—No queda otro camino.
—¡Qué calor maldito!
—¿Qué harías tú en cambio?
—No sé. No me corresponde a mí decidirlo. Si me diesen a elegir, no estaría ahora aquí.
—Para mí, todavía tiene sentido. El último contingente aún no regresó, y nada indica que lo vayan a hacer. A lo mejor ya no tendremos que traficar más.
—Sí que tendremos.
—Me da la impresión de que no estás de acuerdo con la «transferencia».
—Francamente, no. A veces pienso que todo el sistema es disparatado.
—Has estado escuchando a los Terminadores.
—Tal vez. Lo que ellos dicen es razonable. No del todo, pero tampoco son tan malos como afirman los Navegantes.
—Has perdido el juicio.
—De acuerdo. ¿Quién no lo perdería con este calor?
—Te conviene no hablar así en la ciudad.
—¿Por qué no? Hay mucha gente que ya lo está comentando.
—Pero no los gremialistas. Tú has ido al pasado, por lo tanto sabes discernir.
—Trato de ser realista. Tienes que escuchar las opiniones de la gente. Hay más personas que quieren que la ciudad se detenga, que gremialistas. Eso es todo.
—Cállate, Norris —dijo el hombre que hasta ahora no había abierto la boca, el que había hablado a la gente del pueblo.
Siguieron su camino.
La ciudad había aparecido a la vista mucho tiempo antes de que Elizabeth reconociese lo que era. A medida que se acercaban la observaba con gran interés y sin entender ese sistema de vías y cables que partía de la misma. Lo primero que supuso fue que se trataba de un depósito de ferrocarriles pero no veía ningún vehículo rodante, y el tramo de vías era demasiado corto como para prestar alguna utilidad.
Luego advirtió la presencia de varios hombres custodiando los rieles, cada uno de los cuales llevaba un rifle o algo que se asemejaba a una ballesta. No captó, nada más, dado que casi toda su atención se centraba en la edificación misma.
Había oído que los hombres la llamaban la «ciudad» —y Helward también—, pero a ella le parecía una enorme y deformada mole de edificios de oficinas. Tampoco daba la impresión de ser muy segura, construida, como estaba, principalmente de madera. Tenía lo feo de lo funcional, si bien el diseño era de una sencillez no del todo desagradable. Recordó las fotos que había visto de los edificios del período anterior a la Destrucción, y aunque éstos habían sido de acero y hormigón, tenían la misma cuadratura, la simpleza y la falta de adornos exteriores. Esos antiguos edificios habían sido altos, sin embargo, y esta extraña estructura no tenía más de siete pisos. La madera dejaba ver las diferentes etapas de la acción del tiempo.
Casi todo lo que se divisaba había sido descolorido por los elementos de la naturaleza, pero también se notaban partes más nuevas.
Los hombres las condujeron hasta la base de la edificación. Luego se internaron en un pasaje. Allí desmontaron, y se acercaron unos muchachos a llevarse los caballos.