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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– ¿Para sí mismo? -inquirió Dalgliesh.

– No, para ella -respondió Angela Faraday, que había regresado a la mesa.

– ¿Y le dijo alguna vez a usted adónde iba esos fines de semana?

– Adónde iba, no, pero sí lo que hacía. Los fines de semana suponían una liberación para él. Adoraba ese coche. No era mecánico y no podía repararlo ni revisarlo, pero le encantaba conducirlo. Todos los viernes se iba al campo y hacía largas caminatas. Se pasaba el sábado y el domingo caminando. Se hospedaba en pequeños hostales, hoteles rurales, a veces en un bed and breakfast. Le gustaba comer bien y la comodidad, así que escogía con cuidado. Sin embargo, no repetía sus visitas con demasiada regularidad. No quería despertar la curiosidad de la gente ni que le hiciesen preguntas. Caminaba por el valle de Wye, por la costa de Dorset, a veces junto al mar, en Norfolk o Suffolk. Eran esos paseos solitarios lejos de la gente, lejos del teléfono, lejos de la ciudad, que lo mantenían cuerdo.

Angela Faraday había estado contemplándose las manos, cruzadas ante sí encima de la mesa, pero en ese momento alzó la mirada hacia Dalgliesh, y éste vio de nuevo, con una punzada de lástima, los oscuros pozos de una pena inconsolable.

– Iba solo, siempre solo -prosiguió con un hilo de voz-. Eso era lo que necesitaba y eso era lo que me dolía. Ni siquiera quería que yo lo acompañase. Después de casarme no me habría resultado fácil escaparme los fines de semana, pero lo habría hecho. Teníamos muy poco tiempo para pasarlo juntos, apenas unas horas robadas en su piso, pero jamás los fines de semana. Nunca paseamos el uno en compañía del otro, hablando, para luego pasar la noche entera en la misma cama.

– ¿Le preguntó alguna vez por qué? -inquirió Dalgliesh con tacto.

– No, me daba demasiado miedo que me dijese la verdad, esto es, que necesitaba más su soledad que a mí. -Hizo una pausa y añadió-: Pero lo que sí hice fue otra cosa, él nunca lo sabrá y ahora ya no importa. Lo organicé todo para tener libre el próximo fin de semana; eso implicaba mentirle a mi marido y a mi suegra, pero lo hice. Iba a pedirle a Neville que me llevase consigo, sólo por una vez. No habría sido más que una vez, se lo habría prometido. Si hubiese podido pasar a su lado ese fin de semana, creo que habría estado dispuesta a desprenderme de él.

Guardaron silencio. Fuera de aquel despacho, la vida del hospital seguía adelante, los nacimientos y las muertes, el dolor y la esperanza, la tarea extraordinaria de personas corrientes, pero nada de eso llegaba hasta ellos. A Dalgliesh le resultaba difícil contemplar tanto dolor sin buscar palabras de consuelo. No podía ofrecerle ninguna. Su trabajo consistía en descubrir al asesino de su amante, no tenía derecho a engañarla para que pensase que estaba ahí en calidad de amigo.

Esperó hasta que la mujer se hubo tranquilizado un poco y luego prosiguió:

– Una última pregunta: ¿tenía él algún enemigo, algún paciente que pudiese querer hacerle daño?

– Si alguien lo odiaba lo bastante para desear verlo muerto, creo que yo lo hubiese sabido. No solía despertar una simpatía irresistible entre la gente, pues era demasiado solitario para eso, pero lo respetaban y caía bien. Claro que siempre hay un riesgo, ¿no? Los psiquiatras lo aceptan y no me parece que corran más riesgos que el personal que trabaja en Urgencias, sobre todo los sábados por la noche, cuando la mitad de los pacientes acuden borrachos o drogados. La de enfermera o médico en Urgencias es una profesión de riesgo. Esa es la clase de mundo que hemos fabricado. Por supuesto, hay pacientes agresivos, pero de ahí a planear un asesinato… Además, ¿cómo iban a saber ellos lo del coche y que lo recogía todos los viernes?

– Sus pacientes lo echarán de menos -comentó Dalgliesh.

– Algunos de ellos, y durante un tiempo. La mayoría sólo pensarán en sí mismos: «¿Quién va a cuidar de mí ahora? ¿Quién me visitará en la consulta del próximo miércoles?» Y yo tendré que seguir viendo su letra en los historiales de los pacientes. Me pregunto cuánto tardaré en olvidar su voz.

Hasta ese momento había logrado controlarse, pero de repente su voz se alteró.

– Lo más terrible es que ni siquiera consigo llorar su muerte, al menos abiertamente. No puedo hablar de Neville con nadie; la gente oye habladurías sobre su fin y se pone a especular. Se horrorizan, por supuesto, y parecen de veras consternados, pero también se los ve entusiasmados. La muerte violenta es un hecho terrible, pero también es intrigante. Les interesa, lo veo en sus ojos. El asesinato corrompe, ¿no es cierto? Se lleva tantas cosas consigo, no sólo una vida…

– Sí, es un crimen que contamina -comentó Dalgliesh.

Angela Faraday se echó a llorar. El se acercó y ella lo abrazó, aferrándole la chaqueta con las manos. Dalgliesh advirtió que había una llave puesta en la puerta, acaso como medida preventiva necesaria, y arrastrándola a medias por la habitación fue a echarla.

– Lo siento, lo siento -exclamó la mujer entre sollozos, pero el llanto no cesaba. Dalgliesh vio una segunda puerta en la pared izquierda y, después de dejar con suavidad a la mujer en su silla, abrió la puerta con cuidado. Sintió un alivio inmenso al comprobar que era lo que él esperaba: la puerta conducía a un pequeño pasillo con un cuarto de baño a la derecha. Regresó junto a la señora Faraday, que ya se había tranquilizado un poco, y la ayudó a aproximarse a la puerta del lavabo para luego cerrarla tras ella. Creyó oír el ruido del agua del grifo. Nadie llamó a la otra puerta ni trató de abrirla. La mujer tardó apenas tres minutos en regresar, al parecer serena, perfectamente peinada y sin rastro del llanto incontrolado salvo por cierta hinchazón en los ojos.

– Lo lamento, debo de haberle hecho sentir incómodo -se excusó.

– No tiene por qué disculparse, sólo lamento no poder ofrecerle ningún consuelo.

Ella siguió hablando en tono formal, como si no hubiesen mantenido más que una conversación oficial.

– Si hay algo más que necesite saber, si puedo ayudarlo en algo más, por favor, no dude en llamar. ¿Quiere el número de teléfono de mi casa?

– Me sería muy útil -respondió Dalgliesh. Ella garabateó los dígitos en su bloc de notas, arrancó la página y se la dio-. Le agradecería que revisara los historiales de los pacientes y ver si hay algo ahí que pudiese ayudarnos con la investigación -agregó él-. Un paciente resentido o que intentase demandarlo, un familiar que no estuviese satisfecho con él, cualquier cosa que sugiera que tenía un enemigo entre las personas a las que trataba.

– No creo que eso sea posible. Si lo hubiese tenido, yo lo habría sabido. Además, los historiales de los pacientes son confidenciales, el hospital no permitiría que le entregase algo sin la debida orden judicial.

– Lo sé. Si fuera necesario, habría que obtener la orden judicial.

– Es usted un policía extraño, ¿verdad? Pero es policía al fin y al cabo, y no sería inteligente por mi parte olvidarme de eso.

Le tendió la mano y él se la estrechó. La notó muy fría.

Avanzando por el pasillo en dirección a la sala de espera y la puerta principal, Dalgliesh sintió la súbita necesidad de tomarse un café, momento que coincidió con el descubrimiento de un cartel que señalaba la cafetería. En ese mismo lugar, cuando visitaba el hospital al inicio de su carrera, había tomado alguna comida ligera o una taza de té. Recordó que por entonces la cafetería estaba regentada por la Asociación de Amigos del Hospital, y se preguntó si conservaría el mismo aspecto. Seguía siendo una sala de unos seis por tres metros con ventanas que daban a un pequeño jardín empedrado. El ladrillo gris frente a las ventanas ojivales reforzaba la impresión de hallarse en una iglesia. Las mesas que recordaba con sus manteles rojos de cuadros habían sido sustituidas por mesas más robustas con tablero de fórmica, pero la barra que había a la izquierda de la puerta, con sus humeantes recipientes de café o té y sus aparadores de cristal para la comida, parecía exactamente la misma. También el menú había variado un poco: patatas cocidas con distintos rellenos, alubias y huevos con tostadas, rollos de beicon, sopa de tomate y hortalizas y una variedad de tartas y galletas. Era una hora tranquila, la gente que quería almorzar ya se había marchado y había una enorme pila de platos sucios en una mesita auxiliar debajo de un cartel donde se pedía a los clientes que levantasen sus mesas. Los únicos comensales eran dos robustos obreros vestidos con mono de trabajo y sentados al fondo del local y una joven con un bebé en una sillita de paseo. Parecía por completo ajena a la presencia de una chiquilla de unos dos años que, chupándose el dedo, daba vueltas alrededor de la pata de una silla y cantaba una melodía desafinada hasta que, de pronto, se quedó inmóvil observando a Dalgliesh con una expresión de curiosidad en los ojos. La madre estaba sentada ante una taza de té, con la mirada perdida en el jardín mientras mecía la sillita. Resultaba imposible saber si aquel aspecto de trágico distanciamiento era producto del cansancio o de la pena. Dalgliesh se dijo que un hospital era un lugar extraordinario en el que los seres humanos se encontraban los unos a los otros por un breve espacio de tiempo, soportando una carga individual de esperanza, angustia o desesperación, y que sin embargo se trataba de un mundo curiosamente familiar y complaciente, aterrador y tranquilizador a un tiempo, por paradójico que pareciese.

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