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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Los guardianes llegaron corriendo desde ambos extremos del pasillo, con los rifles preparados, seguidos por los carceleros, que se precipitaron hacia el interior del calabozo. Los seguros de los rifles chasquearon mientras los carceleros vestidos con uniformes de tela patearon la colección de piernas y traseros que se agolpaba delante de ellos. El sonido agudo del silbato de un policía rasgó el aire.

– ¡Meted todos el culo dentro de la prisión! -gritaron los carceleros. Como un compacto banco de peces, los prisioneros se deslizaron a través de la pequeña puerta de metal. Ésta se cerró de golpe y el cerrojo se corrió detrás de Gao Yang, que fue el último hombre en entrar. La hora de hacer ejercicio había llegado a su fin.

El calabozo, el jardín, el alambre de espino… Todo se había acabado. Por primera vez, Gao Yang se dio cuenta de lo estrecho que era el pasillo. Escuchó a un hombre discutir con las guardianas que se encontraban fuera. La estridente voz de la oficial que tenía la cara cubierta de pecas se podía distinguir fácilmente de todas las demás.

Volver a entrar en la celda era como arrastrarse por una cueva, tan oscura que embotó el oído y la vista de Gao Yang pero, desafortunadamente, no su sentido del olfato. El hedor del moho y de la podredumbre casi le tira al suelo.

– Eh, tú, nuevo, levántate -dijo en voz baja el prisionero de mediana edad.

– Her-hermano Mayor -tartamudeó-, ¿qué quieres de mí? El hombre sonrió de forma intrigante.

– ¿Qué tal estaban los fideos?

– Muy buenos -replicó tímidamente.

– ¿Habéis oído eso? Ha dicho que estaban muy buenos.

– Buenos, pero difíciles de digerir -dijo el prisionero joven. -Has tenido una comida especial -soltó el prisionero anciano mientras se precipitó hacia Gao Yang y comenzó a frotarle la cabeza y el rostro.

El prisionero de mediana edad apartó al anciano y obligó a Gao Yang a retroceder. Cuando tenía la espalda pegada contra la pared, miró con temor hacia la abertura de la puerta.

– No grites o te estrangulo -amenazó el prisionero-. ¡No eres más que un perrito faldero lameculos!

– Hermano Mayor… Por favor, no.

– Dinos qué clase de fideos eran.

Gao Yang sacudió la cabeza.

– Ya te lo digo yo: eran fideos huecos. ¡Ahora veremos lo hueco que estás tú! -dijo el prisionero señalando a los demás-. ¡Vamos, chicos, dadle tres puñetazos cada uno, hasta que le hagamos vomitar!

El prisionero joven apretó el puño, apuntó al esternón de Gao Yang y lanzó tres puñetazos rápidos y duros.

Gao Yang gimió lastimosamente y, mientras tenía la boca abierta, la masa de fideos salió de golpe. Mientras se encontraba en plena vomitona, cayó redondo sobre el suelo de cemento.

– Muy bien, jefe -dijo el prisionero de mediana edad-, ahí fuera te he oído gritar a tu tía abuela, pero no conseguiste un solo tomate, así que ahora voy a recompensarte.

– Tío, no quiero…

– Cierra el pico. Voy a dejar que lamas los fideos que acabas de derramar por el suelo.

Arrodillado, el prisionero joven suplicó dulcemente:

– Tío, buen tío, querido tío, te prometo que nunca más…

El sonido repentino de las llaves en la puerta hizo que los tres hombres se precipitaran sobre sus catres.

La puerta se abrió con una llamarada de luz y un oficial posicionado en el umbral de la puerta sujetaba una hoja de papel.

– ¡Número Nueve, sal!

Arrastrándose hacia la puerta lo más rápido que pudo y dejando un rastro de lágrimas y de mocos, Gao Yang suplicó:

– ¡Oficial, por favor, sálveme!

– ¿Qué te ocurre, Número Nueve? -le preguntó el oficial.

– Está enfermo -dijo el prisionero de mediana edad-. Está muy enfermo y no dice más que incongruencias. Le han traído comida de la enfermería, pero la ha vomitado.

– ¿Deberíamos sacarle? -preguntó el hombre a su compañero.

– Vamos a probar, a ver qué pasa.

– ¡Ponte de pie! -ordenó el guardia.

En cuanto Gao Yang se puso de pie, el oficial más cercano le colocó un par de esposas en las muñecas.

CAPÍTULO 13

Aterrorizado, el administrador del Condado Zhong hizo los muros más altos, añadió un remate con trozos de cristal y espirales de alambre de espino. Pero ningún muro puede detener los gritos de las masas, por muy alto que sea, y un alambre de espino no puede contener la furia del pueblo…

Extracto de una balada cantada por Zhang Kou en el muro del Edificio del Condado, hecho a prueba de asaltantes, siguiendo las órdenes del administrador del Condado Zhong Weimin, después de un incidente en el que el pueblo entró por la fuerza en la oficina del administrador y dio una paliza a algunos oficiales, a los que odiaban desde hacía tiempo.

Después de ponerse de pie como buenamente pudo, Gao Ma volvió a desplomarse sobre el suelo, mientras siete u ocho periquitos de alegres colores pasaban volando por la ventana abierta, revoloteando por encima y por debajo de las vigas del techo, y luego se chocaban contra las paredes, pasando a toda velocidad junto al cuerpo colgado de Jinju. Con sus plumas sedosas, parecía que tuvieran la piel desnuda. El cuerpo de Jinju se balanceaba levemente, provocando con ello que el marco de la puerta crujiera. En el silencio de la profunda noche, hasta los sonidos más tenues retumbaban contra sus tímpanos. Aunque su corazón entumecido no se sentía alterado por el dolor, el nauseabundo sabor dulce que notaba en su boca le decía que estaba a punto de volver a toser sangre. «¡Gao Ma!», gritó su nombre. Gao Ma, estabas predestinado a padecer una caída sangrienta desde el mismo momento en el que Jinju se hizo tuya. Has tosido sangre, has vomitado sangre, has escupido sangre, has orinado sangre: estás salpicado de sangre de la cabeza a los pies.

Agarrándose al marco de la puerta se puso lentamente de pie, como un árbol doblado que alcanza el cielo. Era una tarea difícil, pero al final consiguió sostenerse por él mismo. Todo es culpa mía, Jinju.

La presencia de su vientre abultado hizo que el nauseabundo sabor dulce que sentía en la garganta se hiciera más fuerte que nunca. Se subió a un banco y buscó a tientas el nudo de la cuerda: las manos le temblaban, los dedos eran torpes. El olor intenso y acre del ajo que desprendía el cuerpo de Jinju le golpeó con toda su fuerza, al igual que el nauseabundo sabor dulce que sentía en la garganta. Pudo discernir una ligera diferencia entre el olor de la sangre de Jinju y el de la suya propia. La sangre de un hombre es extraordinariamente caliente, mientras que la de una mujer es heladora. La sangre de una mujer es limpia y pura, la de un hombre está sucia y contaminada. Los periquitos revoloteaban por debajo de sus axilas y entre sus piernas, haciendo con sus maliciosos gritos que su corazón latiera con fuerza. Carecía de la fuerza suficiente para soltar el nudo, ya que la cuerda era demasiado gruesa y estaba tan tensa que pensó que nunca podría desatarla.

Encontró una cerilla y encendió la lámpara de queroseno. Mientras la luz inundaba la vacía habitación y proyectaba sobre la pared las sombras de los periquitos volando, sintió una repentina furia y hostilidad hacia esos pájaros tan maravillosos. La sombra del cuerpo de Jinju se proyectó sobre la pared y el suelo.

Cuando se dirigió a la cocina en busca de un cuchillo, frotó su cuerpo con el de Jinju. Mientras palpaba a tientas, su mano tocó el cepillo y la espátula de la chimenea, pero no su cuchillo de carnicero.

– ¿Has olvidado que mis hermanos se llevaron tu cuchillo de carnicero, Gao Ma? -dijo la voz de Jinju. Con su rostro iluminado a contraluz por la lámpara, parecía estar sonriendo, aunque no podía estar seguro de ello, y añadió sonriendo-: Hermano Mayor Gao Ma. Estoy segura de que es un niño.

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