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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– ¡Madre! -exclamó Gao Yang con excitación-. ¿Dónde has estado todos estos años? Pensé que habías muerto.

Ella sacudió la cabeza ligeramente.

– Madre, hace ocho años a todos los terratenientes, a los campesinos ricos, a los contrarrevolucionarios, a los malhechores y a los derechistas les quitaron sus títulos y la tierra fue repartida entre la gente que trabajaba los campos. Me casé con una mujer que tenía un brazo tullido y un corazón bondadoso. Ha engendrado para ti una meta y un nieto, para que nuestro linaje no desaparezca. Tenemos una provisión de alimentos y si este año la cosecha de ajo no se pudre antes de que se pueda vender, habremos ahorrado todavía más dinero.

El rostro de su madre experimentó una metamorfosis y un par de gusanos salió reptando de las cenagosas cuencas de los ojos. Una vez superada la conmoción inicial, Gao Yang estiró la mano para retirar los gusanos, pero cuando tocó la piel de la anciana, un frío pegajoso le recorrió desde la punta de los dedos hasta lo más profundo de su corazón. Al mismo tiempo, un fluido amarillo brotó del cuerpo de su madre, y su carne y sus tendones se cayeron en pedazos arrastrados por el viento, hasta que delante de él sólo quedó un esqueleto desnudo. Un grito de terror salió de su garganta.

Se escucharon gritos en el exterior:

– Eh, amigo… amigo… ¡Despierta! ¿Estás poseído o qué?

Seis ojos verdes y brillantes se fijaron en él. Una mano huesuda, cubierta de una piel verdosa, se alargó, aterrorizándole completamente. La mano heladora retrocedió cuando pasó por su frente, como si escaldara.

La huesuda mano verde volvió a cubrirle la frente, y le provocó terror y satisfacción al mismo tiempo.

– Estás enfermo, amigo -dijo en voz alta el prisionero de mediana edad-. Estás ardiendo de fiebre.

Cubrió a Gao Yang con una manta casi con ternura: se trataba del mismo hombre que le había obligado a beberse su propia orina.

– Yo diría que es gripe, así que tendrás que sudarla.

Su mente estaba trastornada y tiritaba descontroladamente. ¿Por qué los seres humanos tiritan?, se preguntó. ¿Por qué tenemos que hacer eso? Sus compañeros de celda se acercaron y añadieron el peso de sus mantas a la suya. Su cuerpo todavía temblaba y hacía que las cuatro mantas se movieran graciosamente. Una de ellas le tapó hasta cubrir su rostro y bloquear la luz. El hedor hizo que respirara con dificultad. El sudor que emanaba por los poros de su piel hacía que los piojos retrocedieran y saltaran. Sintió la inminencia de su propia muerte, si no por la enfermedad que le había atrapado, sí por la terrible opresión de las mantas apiladas que le hacían sentir como una piel de vaca carcomida por las polillas. Haciendo un gran esfuerzo con las energías que le quedaban, consiguió levantar la manta de su rostro e inmediatamente se sintió como si su cabeza hubiera salido a la superficie desde el fondo de un pantano.

– ¡Ayudadme, salvadme! -gritó.

Trató de agarrar un asidero invisible, que era lo único que le impedía caer en un estado de estupor, como si fuera un hombre que sujeta una rama de sauce colgante mientras se hunde en un cenagal. El espacio que se extendía ante sus ojos se iluminó un minuto para oscurecerse después. En la oscuridad, todos los demonios danzaban; sus padres muertos y el grupo de niñas de rojo saltaban y giraban, se reían mientras formaban un círculo a su alrededor, haciéndole cosquillas debajo de los brazos, pellizcándole las orejas o pinchándole en las nalgas. Su padre paseaba errante por una calle llena de cristales, con una vara de sauce en la mano, y tropezaba con frecuencia sin razón aparente, algunas veces de forma intencionada y otras como si un mastodonte invisible le hubiera empujado. Pero cada vez que caía, tanto a propósito como por accidente, se levantaba con el rostro lleno de pedazos de cristal, que brillaban y relucían.

Cuando Gao Yang estiró la mano para atrapar a los espíritus, la oscuridad se desvaneció y dejó únicamente sus risas reverberando cerca del techo. El sol naciente iluminó el cielo, pero no su celda, aunque podía distinguir las formas de los objetos que había en ella. El imponente prisionero de mediana edad golpeó enfadado la chirriante puerta con los dos puños, mientras que los otros compañeros de celda -el anciano y el joven- alzaron sus voces como si fueran lobos aullando a la luz de la luna.

Los pasos sordos del pasillo indicaron que los guardias se aproximaban. Un rostro apareció en la abertura.

– ¿Esto es una rebelión o qué?

– No es ninguna rebelión. Número Nueve está tan enfermo que creo que se va a morir.

– ¡Esta celda da más problemas que todas las demás juntas! Se lo diré al oficial de guardia cuando empiece su turno.

– Para entonces ya estará muerto.

El guardia apuntó con su linterna a Gao Yang, que cerró los ojos de golpe para evitar la luz cegadora.

– Pues su color me parece muy sonrosado.

– Porque tiene fiebre.

– ¿Y todo este jaleo por una vulgar gripe? -dijo el guardia alejándose.

Gao Yang regresó a un reino de agonía donde se alternaban la luz y la oscuridad, donde su padre y su madre conducían a un grupo de pequeños demonios para atormentarle. Podía sentir su respiración y percibir su hedor. Pero, al igual que antes, cuando alargó la mano, ya habían desaparecido; se llevaron con ellos la oscuridad y dejaron tras de sí sólo los rostros inquietantes de sus compañeros de celda.

El desayuno se deslizó a través de la ranura que había en el fondo de la puerta y escuchó hablar entre susurros a sus compañeros de celda.

– Trata de comer algo, amigo -dijo el prisionero de mediana edad mientras le sujetaba por los hombros.

Ni siquiera tenía fuerzas para sacudir la cabeza.

Unas horas más tarde escuchó que se abría la puerta y sintió que la celda se llenaba con una bocanada de aire fresco, ayudándole a despejarse la cabeza. Luego retiraron una manta tras otra, como si fueran capas de piel.

– ¿Qué sucede? -preguntó un voz amable y femenina.

Era una sencilla pregunta, tan ardiente y tan cálida. Débilmente, alcanzó a ver el rostro afable de su madre. Abrió los ojos para observar a través de los estratos de niebla y pudo discernir la forma de un amplio rostro blanco por encima de una larga bata del mismo color. La bata desprendía un olor antiséptico y su portadora, el aroma limpio y jabonoso de una mujer aristócrata.

Y, ciertamente, se trataba de una mujer aristócrata, fornida y de cintura ancha, que le sujetaba la muñeca con dedos helados que llevó hasta su frente, acarreando con más fuerza el agradable olor antiséptico hacia sus orificios nasales. Mientras lo respiraba ávidamente, la mala ventilación de su propio pecho comenzó a remitir. La esencia de la mujer le proporcionó una sensación más intensa de bienestar. Le sacudió una sensación etérea de tristeza, belleza y santidad, todo al mismo tiempo. Le dolía la nariz y estaba a punto de echarse a llorar.

– Sujeta esto.

Gao Yang observó cómo sacudía un tubo de cristal reluciente que luego deslizó debajo de su axila.

– Aprieta con fuerza.

Detrás de la mujer se encontraba un hombre de tez oscura, adusto, vestido con un uniforme que lucía una expresión de inseguridad e incomodidad y que se ocultaba como un niño esquivo que estuviera delante de extraños.

– Deberías vestirte -dijo la mujer.

Gao Yang trató de decir algo a modo de respuesta, pero fue incapaz.

– Así es como tu gente le trajo hasta aquí -respondió en su lugar el prisionero de mediana edad-. Descalzo y desnudo hasta la cintura.

– Guardia Sun. -La mujer se giró para dirigirse al hombre adusto que se encontraba detrás de ella-. ¿Puede hacer que su familia le traiga ropa?

El celador asintió y, a continuación, desapareció tras ella.

– ¿Qué tal se está aquí? -Escuchó preguntar al celador.

– ¡Genial! -tronó el prisionero joven-. ¡Fresco, cómodo, un toque de Paraíso! Así sería si no fuera por esos malditos piojos.

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