Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Lo que tú digas, Hermano Mayor -replicó Gao Ma.
Mientras tanto, el reportero de televisión merodeaba por la zona, agachándose y arrodillándose para conseguir las mejores fotografías, incluida una de los periquitos posados sobre las plantas de yute. Era una estampa típica: los tallos amarillos del yute… Los periquitos de vivos colores… Un afligido Gao Zhileng, con los labios fruncidos en un silbido. Los cuellos de los pájaros se encogían mientras lanzaban gritos lastimeros que llenaban de lágrimas los ojos de su propietario.
– He enviado a seis hombres al cementerio del este de la aldea para que caven una fosa. Es hora de ponerse en marcha -anunció el señor Yu.
Dicho esto, extendieron en el patio las dos esterillas de junco nuevas y las cubrieron con la lámina de plástico azul pálido. A continuación cuatro mujeres sacaron a Jinju, con sus nuevos ropajes de satén rojo y la depositaron sobre el plástico. ¡Clic! ¡Plop! La cámara del reportero siguió tomando imágenes, mientras la mujer joven empolvada rellenaba ostentosamente una libreta con lo que fuera que estaba escribiendo. La piel amarilla de su cuello contrastaba con el blanco del polvo de su rostro y una vez más Gao Ma tuvo que contenerse las ganas de cortarle la cabeza por el punto en el que los dos colores se encontraban.
– Hermano Mayor, ven a comprobar si hay alguna cosa más que debamos hacer -le dijo la señora Yu.
Gao Ma dio un último e íntimo vistazo a Jinju. Los tallos y las hojas de yute crujían con el viento y la estremecedora fragancia del índigo saturó su corazón. La luz del sol era intensa y hermosa, el contorno de la luna pálida del mediodía era limpio y nítido. Gao Ma respiraba con dificultad y sudaba profusamente mientras contemplaba el rostro sonriente de su amada. Jinju, Jinju, tu esencia llena mi olfato…
Observó vagamente cómo envolvían su cuerpo en el plástico azul pálido con las esterillas de junco dorado, que un par de hombres enlazaron con cuerdas nuevas hechas de yute, utilizando los pies que estaban sobre las esterillas como palanca para atarlas lo más fuertemente posible, y observó cómo los pies de los hombres pisaban por encima del vientre abultado de Jinju.
Arrojando su sable al suelo, se cayó de rodillas y escupió una bocanada de sangre, dejando que algunos regueros resbalaran por su pecho. Los periquitos emergieron de las plantas de yute y volaron lo más rápido que les permitían sus alas, luego se abalanzaron sobre la tierra como las golondrinas que pasan rozando la superficie del agua, con sus vientres casi tocando las puntas de las plantas de yute. El reportero no era capaz de tomar instantáneas con la suficiente rapidez. Los pájaros volaban como lanzaderas sobre un telar, tejiendo un diseño caleidoscópico sobre los rostros de Gao Ma y Jinju.
Gao Ma levantó los brazos por encima de su cuerpo. El policía tartamudo retiró las esposas rotas y las sustituyó por un par nuevo que lanzaba destellos de color amarillo intenso, esta vez en las dos muñecas.
– ¿Cre-crees que puedes volver a es-escaparte? ¡Podrías haber pasado el pri-primero de mes, pero nu-nunca habrías pasado del día quince!
CAPÍTULO 14
Cualquiera que no tuviera miedo de ser cortado en pedazos puede derrocar a un secretario del partido o a un administrador del Condado. Incitar a la muchedumbre puede ir contra la ley, ¿pero acaso no es peor esconderse detrás de unas puertas cerradas, rechazar las responsabilidades y dejar que sus subordinados exploten a los campesinos?
Extraído de una balada cantada por Zhang Kou después de los interrogatorios masivos en la comisaría de policía.
Gao Yang conducía su carro, cargado de ajo y tirado por un burro, por la carretera del Condado bajo un cielo cubierto de estrellas. La carga era tan pesada y el carro estaba tan desvencijado, que los crujidos le acompañaban durante todo el viaje y, cada vez que el carromato encontraba un bache, tenía miedo de que pudiera romperse en pedazos. Mientras cruzaba el pequeño puente de piedra sobre el río Arenoso, tensó la brida del burro y utilizó el peso de su cuerpo con el fin de estabilizar el carro, para alivio del enjuto animal, que parecía más un macho cabrío de gran tamaño que un burro. Las irregulares piedras hacían que las ruedas crujieran y crepitaran. El chorro de agua que había tras ellas reflejaba las estrellas. Cuando empezó a ascender la cuesta, deslizó una cuerda sobre su hombro para ayudar al burro a tirar. La carretera pavimentada que conducía a la capital del Condado empezaba en la cima de la cuesta; nivelada y suave, y sin estar afectada por elementos externos, había sido construida después del Tercer Pleno del Comité Central. Recordó de nuevo cómo había protestado: «¿Qué necesidad hay de gastarse todo el dinero? ¿Cuántos viajes a la capital realizaremos cualquiera de nosotros a lo largo de nuestra vida?». Pero en ese momento se dio cuenta de su error. Los campesinos siempre ven las cosas a corto plazo y nunca son capaces de ir más allá de unas insignificantes ganancias personales. El gobierno es sabio y nunca te vas a equivocar si sigues sus consejos, fue lo que dijeron al pueblo en esos días.
Mientras avanzaba por la carretera nueva, escuchó el sonido de otro carro a veinte o treinta metros por delante de él, y la tos de un hombre anciano. Era muy tarde y todo estaba en silencio. La letra de una canción reverberaba por encima de los campos circundantes y Gao Yang dedujo que se trataba de Cuarto Tío Fang. En su juventud, Cuarto Tío había sido un joven elegante que cantaba duetos con una mujer que pertenecía a una compañía de ópera itinerante.
– Hermana, hermana, qué visión más cautivadora. / Acomodada en la suite nupcial a medianoche. / Una aguja dorada sujeta la flor de loto. / Manchas de precioso jugo saludan a la luz de la mañana.
– ¡Sucio anciano! -juró Gao Yang para sus adentros mientras aceleraba el paso de su burro.
Pero iba a ser una noche larga y había mucha distancia que recorrer, así que le sedujo la idea de tener a alguien con quien hablar. Cuando tuvo a la vista la silueta del carro, saludó:
– ¿Eres tú, Cuarto Tío? Soy Gao Yang.
Cuarto Tío guardó silencio.
Las cigarras cantaban entre el follaje que se extendía a los lados de la carretera, el sonido de los cascos del burro de Gao Yang tronaba ruidosamente sobre el asfalto y el aire estaba cargado con el olor del ajo mientras la luna se elevaba por detrás de los árboles, con sus pálidos rayos bañando la carretera. Lleno de esperanza, se situó a la altura del carro que tenía ante sí.
– ¿Eres tú, Cuarto Tío? -repitió.
Como respuesta, Cuarto Tío dejó escapar un gruñido.
– Sigue cantando, Cuarto Tío.
Cuarto Tío suspiró.
– ¿Cantar? Llegados a este punto, no puedo ni llorar.
– He salido muy temprano y jamás pensé que iba a ir detrás de ti, Cuarto Tío.
– Debe haber más carromatos por delante de nosotros. ¿Has visto todos los excrementos de animal que hay a lo largo de la carretera?
– ¿No vendiste tu cosecha ayer, Cuarto Tío?
– ¿Y tú?
– No pude. Mi esposa acaba de tener un bebé y fue un parto tan complicado que me resultó imposible salir de casa.
– ¿Qué ha sido? -preguntó Cuarto Tío.
– Un niño.
Gao Yang no podía disimular su emoción. Su esposa le había dado un niño y había sido una magnífica cosecha de ajo. Gao Yang, tu suerte ha cambiado. Pensó en la tumba de su madre. Era un lugar propicio. Todo el sufrimiento que había tenido que soportar durante estos años por no confesar a las autoridades su ubicación había merecido la pena.