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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– ¿Has dicho piojos?

– No, al menos ninguno que pueda hablar.

– Oficial, ¿qué tal si dispensa un poco de ese humanitarismo revolucionario acabando con los piojos que haya aquí?

– Esa es una petición razonable -dijo el celador-. Doctora Song, haga que la enfermería prepare algún pesticida.

– En total, somos tres en la enfermería. ¿De dónde se supone que vamos a encontrar tiempo para elaborar un pesticida para todas las celdas que hay aquí?

La doctora Song refunfuñó mientras retiraba el termómetro de la axila de Gao Yang. La escuchó aspirar cuando lo acercó a la luz.

La doctora sacó un instrumento de su bolsa de cuero, lo colocó alrededor de su cuello e introdujo los extremos en las orejas. A continuación, levantó un objeto de metal brillante y redondo que colgaba del extremo de un tubo de goma y se inclinó hasta que su blanco rostro se situó directamente sobre el suyo. El olor de su piel casi le transporta a otro mundo, mientras el objeto metálico se movía pesadamente de un punto a otro sobre su pecho aplicando una presión de lo más placentera.

Si mi vida acaba ahora mismo, en esta celda, moriré satisfecho, pensó vagamente. Una mujer aristócrata me ha tocado la frente y ha colocado su rostro junto al mío, tan cerca que podía oler su fragancia natural y ver la piel, blanca como el polvo, que hay debajo de su cuello cuando se inclina. No puede haber nada mejor que eso.

Ella le dio unos golpecitos.

– Date la vuelta -dijo amablemente y, a continuación, sujetó un tubo de cristal que tenía anillos oscuros alrededor de su superficie.

Estaba lleno de un fluido dorado y rematado con una larga aguja plateada. Gao Yang se dio la vuelta tal y como le dijo. Los dedos de la doctora, tan dulces y suaves, tan agradables y refrescantes, agarraron la banda elástica de su ropa interior y la bajaron, dejando sus nalgas al aire, llegando a tocar su ano, tensando todos sus músculos. Algo todavía más frío entró en contacto con su nalga izquierda y comenzó a golpearle suavemente.

– ¡Relájate! -dijo con voz firme-. Relaja los músculos. ¿De qué tienes miedo? ¿Nunca te habían puesto una inyección?

La doctora le dio un cachete en el trasero.

– ¿Cómo se supone que voy a clavar la aguja si estás tan tenso?

¿Qué más podía pedir a la vida? A una mujer aristócrata como ella ni siquiera le importa lo sucio que estoy. ¡Me ha dado una palmadita en mi mugriento culo con su mano desnuda! Podría morirme aquí y ahora sin la menor objeción.

Suavemente, la doctora frotó el punto con dos dedos.

– ¿Qué le pasa a tu pie? -preguntó-. ¿Por qué está tan hinchado?

Los pensamientos de Gao Yang volvieron a su tobillo y a las patadas que le llovieron por parte de los policías, aunque estaba tan abrumado por la sensación de bienestar que en ese momento era incapaz de responder.

La doctora volvió a darle una palmada en el trasero, pero esta vez vino seguida de la picadura de una abeja. Gao Yang la escuchó respirar pesadamente mientras empujaba la aguja y sintió cómo su dedo meñique dejaba unas pequeñas muescas en su piel. Nunca antes había notado tanta ternura sobre su cuerpo. Se sentía como si el alma estuviera flotando y su cuerpo se agitó entre sollozos.

La doctora sacó la aguja. Mientras colocaba el instrumento dentro de su maletín médico, dijo:

– ¿Por qué lloras? No te he podido hacer mucho daño.

Gao Yang no dijo nada y lo único que era capaz de pensar era que ella saldría de allí después de haberle puesto la inyección.

– Doctora -dijo el prisionero joven-, tengo estreñimiento. ¿Podría examinarme ahora?

– ¿Y para qué quieres curarte? Lo mejor es que te quedes como estás -le dijo la doctora.

– Esa no es forma de hablar de un médico.

– ¿Acaso te crees que voy a hablar con un pequeño sinvergüenza como tú?

– No tienes ningún derecho a llamarme pequeño sinvergüenza. Tu hija y yo fuimos juntos al colegio. Incluso pensamos en casarnos.

– ¡Vigila tu lengua, Número Siete! -amenazó el celador.

El diálogo entre el joven prisionero y la doctora disgustó a Gao Yang. Tenía la esperanza de que la doctora volviera a dirigirse a él, pero no fue así, ya que cogió su maletín, lo arrojó por encima de su hombro y salió con el celador, que regresó media hora más tarde.

– Hemos preparado una comida especial para ti, Número Nueve -dijo desde el pasillo-. Procura comértela.

Un cuenco gris se deslizó por debajo de la puerta, inundando la celda de una fragancia deliciosa. Los ojos de sus compañeros de celda emitieron destellos de color verde. El prisionero de mediana edad llevó personalmente el cuenco de fideos a Gao Yang y cuando éste se incorporó vio un par de huevos dorados colocados encima de los fideos y una capa de cebollas verdes y de aceite flotando en el caldo.

– ¡Celador, oficial, yo también estoy enfermo! -gritó el prisionero joven-. ¡Me duele el estómago!

– Pequeño Li -gritó el celador a uno de los soldados que andaba por el corredor-. Asegúrate de que no le roban la comida.

Azorado, el prisionero de mediana edad depositó rápidamente el cuenco sobre el catre de Gao Yang y regresó con desgana al suyo.

La presencia de los fideos y los huevos despertó el apetito de Gao Yang. Cogió sus palillos con mano trémula y removió los resbaladizos fideos blancos -los más finos y blancos que había visto en su vida-, luego acercó el cuenco hacia sus labios y envió un bocado de caldo caliente a su estómago y a sus intestinos, que retumbaron de placer. Mientras las lágrimas inundaban sus ojos, miró hacia la puerta y murmuró al soldado.

– Gracias, oficial, por su enorme amabilidad.

Gao Yang, eres un hombre afortunado. Una mujer aristócrata a la que hasta hoy sólo podías mirar desde la distancia te ha tocado la cabeza, y los mejores fideos que has visto en tu vida ahora descansan en tu estómago. Gao Yang, la gente nunca está satisfecha con lo que tiene. Pues bien, ya es hora de que te contentes con lo que te ha deparado la vida…

Se comió hasta el último fideo que había en el cuenco y sorbió hasta la última gota del caldo. Con cierto rubor, se dio cuenta de que los ojos del prisionero anciano y del joven no se despegaban de su recipiente. Todavía se sentía hambriento.

– ¿Aún estás enfermo? -preguntó el guardia a través de los barrotes-. Menos mal. Si no lo llegas a estar, te tomas una olla entera.

– Oficial, yo también estoy enfermo -sollozó su joven compañero de celda-. Me duele el estómago… ¡Ay, madre querida, este dolor me está matando!

Un agudo silbido indicó que había comenzado la hora de hacer ejercicio, un tiempo que los prisioneros empleaban en estirar las piernas y tomar un poco de aire fresco. Dos guardias abrieron las celdas y mientras los compañeros de Gao Yang más viejos penetraron en el pasillo, el más joven sacó el orinal de plástico, que estaba lleno con los desperdicios de sus moradores.

– Oye, nuevo -le dijo a Gao Yang-, como te has comido un enorme cuenco de fideos, deberías ser tú el que se deshiciera de esto.

Sin esperar respuesta, se precipitó hacia el pasillo.

Sintiéndose un tanto avergonzado por haber sido obsequiado con un cuenco de fideos y una inyección por parte de una mujer aristócrata, Gao Yang hizo un esfuerzo por levantarse. Después de poner los pies descalzos sobre el frío y húmedo suelo de cemento, la cabeza le dio vueltas y se incorporó tambaleándose. El pie tullido estaba tan entumecido que tenía la sensación de ir caminando sobre algodones. Agarró el orinal de plástico, que no era especialmente pesado pero que apestaba terriblemente, y trató de alejarlo estirando el brazo. Por desgracia, no estaba en condiciones de llevar a cabo esa tarea y cada vez que chocaba contra él, salpicaba su hediondo contenido sobre su pierna desnuda.

Los rayos de sol eran cegadores, los ojos le dolían increíblemente y su rostro estaba bañado en lágrimas. Unos minutos después dejaron de dolerle los ojos, pero todavía era incapaz de conseguir que sus brazos y piernas dejaran de temblar; así que se detuvo, colocó el orinal en el suelo y se agarró a un poste para sostenerse y recobrar el aliento. Su respiro fue breve: un guardia que se encontraba en el extremo del pasillo le gritó:

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