Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Los militares habían dormido como bebés, pero él no. Y lo mismo le sucedía esa noche: sus compañeros de celda cayeron dormidos rápidamente, pero él no tenía una pizca de sueño después de haberse despertado de sus pesadillas.
Las estrellas brillaban ai otro lado de los barrotes de la ventana, por encima de las hojas de la esterculia y de los álabes del tejado que repiqueteaban bajo una ligera llovizna. Pero también se escuchaba otro sonido, un bramido lejano que sólo podía significar que había aumentado el caudal de la Corriente Siguiente hacia el sur y del río Arenoso, hacia el norte de la aldea. Inexplicablemente, se sintió preocupado por los propietarios de los campos que se iban a convertir en un pantano si los ríos se desbordaban de sus lechos. Los tallos más elevados podrían aguantar unos días, pero los más cortos estaban condenados a inundarse.
Se hizo un ovillo en la esquina, con la espalda apoyada sobre la pared mojada. Alguien pasó por delante de la ventana y un pequeño pedazo de papel fue a aterrizar a sus pies. Lo recogió, lo desenvolvió y notó que desprendía un maravilloso aroma. Era un rollo de cebolla frita -todavía caliente- y tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse a llorar como un bebé. Con cuidado de no interrumpir a los militares que dormían junto a él, mordisqueó el rollo de cebolla, masticando a fondo y tragando cada uno de sus sabrosos bocados. Nunca antes se había dado cuenta de lo ruidosos que somos los humanos cuando comemos. El Cielo le protegía, pensó, ya que consiguió acabarse el rollo sin despertar a los guardias.
Después de acabar el rollo de cebolla, Gao Yang volvió a pensar que la vida merecía la pena. Cerró los ojos y durmió durante un par de horas, hasta que sintió la necesidad de orinar. Después, sin atreverse a despertar a los militares, buscó una ratonera en la que poder aliviarse tranquilamente. Por desgracia, todos los edificios de la brigada tenían el suelo de ladrillo y no fue capaz de encontrar una grieta del tamaño adecuado, y mucho menos una madriguera para ratones. Para su sorpresa, encontró una botella de vino vacía, que servía muy bien para su propósito. Pero no había pensado en el ruido que haría -como rocas que caen en un cañón- y se contuvo lo máximo posible para no despertar a los guardias. El líquido se derramó por el cuello de la botella mucho antes de que se llenara, así que detuvo el flujo para dejar que descendiera hasta el fondo antes de continuar; repitió el proceso -tres veces en total- hasta que la botella estuvo rebosante. A continuación, sujetándola por el cuello, la colocó en la esquina, donde recibió la tenue luz del amanecer suficiente para iluminar la etiqueta. Enseguida se dio cuenta de que los militares no la podían encontrar ahí, así que la colocó en la otra esquina, pero era igualmente perceptible y se vio obligado a situarla sobre el alféizar de la ventana. Pero eso fue todavía peor.
Justo entonces, uno de los militares se despertó.
– ¿Qué estás haciendo?
Sus mejillas se ruborizaron de vergüenza.
– ¿De dónde has sacado ese vino?
– No es vino… Yo… Mi…
El militar soltó una carcajada.
– ¡Menudo carácter!
El jefe de policía abrió la puerta. Cuando los guardias le mencionaron la botella de vino, se echó a reír.
– Adelante, bébetela -dijo el jefe de policía.
– Jefe, no tenía intención de despertarlos… No habría… La voy a vaciar -dijo Gao Yang, tratando de hablar y de salir de una situación comprometida.
– No hace falta que lo hagas -dijo sonriente el jefe de policía-. La orina de un hombre es capaz de extraer el veneno de su cuerpo. Vamos, bébetela.
Entusiasmado de repente por una emoción extrañamente maravillosa, repuso:
– Tío, en realidad es una botella de vino excelente.
El jefe de policía sonrió e intercambió una mirada con los dos militares.
– Si es una puta botella de virio -dijo-, entonces bébetela.
Sin decir una palabra, Gao Yang cogió la botella y dio un largo trago. Todavía estaba caliente y tenía un sabor un tanto salado, aunque no le resultó en absoluto desagradable. Acercándose la botella a los labios por segunda vez, engulló aproximadamente la mitad de la orina que quedaba en ella, después se limpió la boca con la manga y sus ojos se llenaron de cálidas lágrimas. Con una sonrisa helada en su rostro, dijo:
– Gao Yang, oh Gao Ying, maldito cabrón, ¿cómo puedes tener tanta suerte? ¿Quién si no podría tener la inmensa fortuna de comer un delicioso rollo de cebolla y regarlo con un buen vino?
Se acabó la botella, luego se tumbó en el suelo de ladrillo y cerró los ojos para dormir.
Unas horas más tarde, el secretario Huang llegó para decirle que la policía estaba muy ocupada tratando de contener las aguas desbordadas del río Arenoso, y que no podía perder el tiempo en buscar el cuerpo de su madre, así que le impusieron una multa de doscientos yuan y le dejaron libre.
Cuando al amanecer regresó andando a casa, los caminos se habían convertido en un mar de lodo. Estaba lloviendo de nuevo y las enormes gotas de lluvia que le golpeaban la cabeza hacían que se sintiera feliz.
– Madre -pensó en voz alta-, mientras vivías no fui un hijo afectuoso, pero al menos conseguí darte un entierro decente. Los campesinos de la clase media y baja acuden al crematorio cuando mueren, pero tú no. Ha merecido la pena.
Mientras penetraba en su patio observó que el tejado de la cabaña de tres habitaciones a la que llamaba su hogar se estaba desplomando lentamente, y salpicaba agua y lodo en todas las direcciones. En un momento todo se vino abajo con un tremendo estrépito y allí, justo delante de él, de repente, sólo se veían el bosque de acacias y las turbias aguas amarillas del río que corría por detrás de su casa.
Gritó por su madre y cayó de rodillas en el lodo.
El amanecer llegó y, aparente-mente, había conseguido dormir un poco, pero ahora le dolía todo el cuerpo. El fuego parecía salir de su nariz y de su boca, y ambas casi se incendian espontáneamente por causa del aire recalentado. Se agitó con tanta violencia que los muelles de metal de su catre crujieron. ¿Por qué los seres humanos tiritan? Eso me gustaría saber: ¿por qué los seres humanos tiritan? Un grupo de niñas vestidas de rojo pasó por encima del tejado corriendo, saltando, chillando y gritando; eran tan ligeras que las ráfagas de viento las doblaban fácilmente una y otra vez. Una de ellas, que iba desnuda y sujetaba una caña de bambú, se apartó del grupo.
– ¿Esa no es Xinghua? -preguntó en voz alta-. ¡Xinghua, baja de ahí ahora mismo! ¡Si te caes, te vas a matar!
– No puedo caerme, papá -dijo, empezando a llorar.
Sus enormes lágrimas cristalinas colgaban suspendidas en el aire sobre las puntas de su cabello en lugar de caer al suelo.
Una fuerte racha de viento se llevó a la niña y una anciana de cabellos grises avanzó tambaleándose a través del estercolero que se extendía junto a la carretera, con una manta raída sobre los hombros, sin un zapato. Estaba llena de lodo de la cabeza a los pies.
– ¡Madre! -gritó-. ¡Pensé que habías muerto!
Mientras corría hacia ella, sintió cómo su cuerpo era cada vez más ligero, hasta que se hizo tan insustancial como el grupo de niñas. Abofeteado por las rachas de viento, su cuerpo recuperó varias veces su tamaño original y tuvo que agarrarse a las barandillas que le rodeaban para mantener el equilibrio, mientras se situaba con mucho esfuerzo delante de su madre. La anciana entornó sus cenagosos ojos y lo miró boquiabierta.