Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– ¡No se puede dejar el orinal en el suelo!
Rápidamente, lo recogió e hizo cola detrás de los demás prisioneros que portaban orinales parecidos. Al final del pasillo giraron hacia el oeste, en dirección a una pequeña habitación con paredes de metal ondulado y tablones apolillados, en uno de las cuales se leía la palabra Hombres rodeada por un círculo rojo. Docenas de prisioneros avanzaban en fila india acarreando orinales a la espera de entrar en la sala. Uno salía, otro entraba, y así constantemente.
Cuando llegó su turno, penetró descalzo en la estancia e inmediatamente metió el pie hasta el tobillo en una mezcla pegajosa de lodo y excrementos humanos. Una fosa abierta ocupaba el centro de la dependencia e hizo todo lo posible para no caer mareado en su interior mientras vaciaba su carga. Los demás prisioneros se alineaban detrás de un grifo de agua oxidado que se encontraba cerca del retrete y que servía para lavar los orinales. El agua salía formando un pequeño reguero, como si fuera el chorro de orina de un niño pequeño lanzado al aire. Los prisioneros frotaban sus orinales con un ralo cepillo de mango corto, y daba la sensación de que estaban rascando sus propias entrañas. Sintió ganas de vomitar y casi podía ver los fibrosos fideos removerse dentro de su estómago, seguidos por unos dorados huevos fritos. Apretando los dientes con fuerza, obligó a retroceder a la masa de alimentos apelmazada que ascendía por su garganta. No puedo vomitar. No debo desperdiciar una comida tan buena como ésa.
Cuando llegó al grifo, antes de frotar la suciedad de su orinal, Gao Yang colocó el pie herido bajo el agua para eliminar la acumulación de excrementos pegados que no se atrevió a mirar. El prisionero que esperaba detrás le golpeó en el trasero con su orinal.
– ¿Por qué demonios eres tan quisquilloso? -protestó-. ¡Esto no es un balneario!
Se dio la vuelta y quedó cara a cara con un prisionero de mediana edad y perfectamente afeitado que lucía unos ojos enormes y amarillentos y la piel arrugada: un rostro marchito que tenía el aspecto de una semilla de soja empapada en agua y luego puesta a secar. Asustado y reprendido, Gao Yang se excusó patéticamente:
– Hermano Mayor, soy nuevo aquí… No conozco las normas… Tengo un pie herido…
El prisionero de ojos amarillentos le cortó en seco:
– ¡Acelera, maldita sea! La hora de hacer ejercicio casi se ha terminado.
Gao Yang se frotó precipitadamente los pies -la piel de su pie izquierdo herido presentaba un blanco fantasmal- y restregó a toda prisa el interior de su orinal.
Cuando volvió a colocar el orinal en su lugar junto a la pared se sintió agotado y casi no podía creer que, en el transcurso de veinticuatro horas, un hombre vigoroso como él se hubiera convertido en un inútil y jadeante despojo de ser humano. La breve estancia en el exterior de su celda hizo que fuera consciente de lo cargado que estaba el aire en el interior. Escuchó un traqueteo en el interior de su pecho y empezó a pensar en la muerte. No puedo morir ahora, pensó. Se enderezó y salió por la puerta, que todavía estaba sin cerrar, en dirección hacia el pasillo, un punto de observación que le permitió hacerse mejor una idea de la distribución de la prisión.
Cada extremo del largo y estrecho pasillo contenía una jaula de acero que estaba ocupada por un guardia armado. Observó que había dos pequeñas puertas en la pared gris meridional del ahora vacío pasillo y se preguntó dónde estarían los demás prisioneros.
– Número Nueve -le llamó el guardia del puesto occidental-, por esa puerta.
Siguiendo sus indicaciones, apareció en la gloriosa intemperie o, para ser más exactos, en un calabozo al aire libre alrededor de un enlosado de hormigón cuya longitud se correspondía con la del pasillo, pero tenía unos diez metros de ancho y tres o cuatro metros de alto. Unas gruesas vigas de acero azulado se engarzaban entre los postes de acero cubiertos de óxido y formaban una barrera entre los prisioneros y la tierra que se extendía más allá del calabozo, que estaba plantada de hortalizas, patatas, pepinos y tomates. Las guardianas femeninas estaban fuera recogiendo pepinos. Más allá de la zona ajardinada se elevaba una imponente pared gris rematada con un alambre de espino. Eso le hizo recordar de repente que cuando era niño había oído decir que las paredes de las cárceles estaban equipadas con alambres de alto voltaje que electrocutaban todo lo que entraba en contacto con ellos, aunque fuera un pájaro.
La mayoría de los prisioneros se sujetaba a las costillas de acero y miraba al exterior del calabozo. Los espacios que había entre los barrotes tenían aproximadamente el tamaño de un cuenco pequeño, y en ningún momento eran lo suficientemente amplios como para poder meter la cabeza, por muy pequeña que fuera. Unos cuantos hombres se sentaban en el suelo, apoyaban la espalda contra la pared septentrional y tomaban el sol, mientras que otros caminaban por los bordes exteriores del calabozo, que estaba dividido en dos secciones: la mitad occidental la ocupaban los prisioneros y la mitad oriental las prisioneras.
Gao Yang vio a Cuarta Tía Fang agarrada a los barrotes del ala de las féminas. Apenas pudo reconocerla, ya que había cambiado mucho desde la última vez que la vio. Decidió no saludarla.
Bajo la mirada vigilante de los silenciosos prisioneros que se agarraban a los barrotes, un grupo de guardianas transportaba una enorme cesta de bambú hacia un huerto donde cultivaban tomates. Estaban riendo y pasándoselo en grande, especialmente una muchacha bajita, de unos veinte años y con la cara llena de pecas, que era la que se reía con más fuerza.
Gao Yang escuchó a su joven compañero de celda gritar en broma:
– Oficial, sé una buena chica y pásame uno de esos tomates, ¿quieres?
La muchacha se limitó a mirar boquiabierta hacia el calabozo.
– Vamos, sé una buena chica y pásame uno -intentó de nuevo.
– Llámame Tía Abuela -dijo la guardiana de la cara pecosa-, y a lo mejor te hago caso.
– ¡Tía Abuela! -gritó el prisionero joven sin dudarlo.
La mujer primero se sorprendió y luego se retorció de la risa.
– Pequeña Liu, será mejor que des a tu sobrino nieto un tomate -se burlaron sus compañeras.
Así pues ella se enderezó, sacó un tomate a medio madurar de la cesta de bambú, apuntó con cuidado y lo lanzó con todas sus fuerzas. El tomate rebotó en un barrote y aterrizó a unos metros de distancia del calabozo.
– ¿No sabes hacerlo mejor, Pequeña Liu? -se burló una de sus compañeras, que era delgada como la raspa de un pescado.
La guardiana con la cara llena de pecas cogió otro tomate, apuntó hacia el prisionero joven y lo lanzó de nuevo. Esta vez consiguió meterlo entre los barrotes y aterrizó en el suelo de cemento, donde fue asaltado por un enjambre de prisioneros. Gao Yang no pudo ver quién se hizo con el tomate, pero escuchó unos gemidos extraños y lastimeros.
– ¡Maldita sea! -protestó el prisionero joven-. ¡Era un regalo de mi tía abuela! ¡Malditos seáis! El tigre mata a su presa para que luego se la coma el oso.
Por entonces, el tomate ya se encontraba en el estómago de algún preso, así que los prisioneros volvieron a agarrarse a los barrotes y a mirar hacia el exterior.
– ¡Tía Abuela, uno más, por favor! -suplicó el prisionero joven.
Estaba acompañado por un coro de gritos: «Tía abuela», decían unos; «Hermana Mayor», decían otros -y la voz inconfundible de su compañero de celda de mediana edad: «¡Que te den por el culo, Tía Abuela!»-. Entonces las guardianas comenzaron a apedrear el calabozo con los tomates, sobre los cuales los prisioneros se lanzaban y peleaban como si fueran una jauría de perros salvajes, gruñendo y refunfuñando y formando pequeños focos de tensión.