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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Finalmente se desplomó pesadamente en el suelo, y cayó sobre un montón de pequeños y sangrientos cadáveres, mientras los periquitos que todavía sobrevivían volaban en círculos sobre su cabeza, gritando de forma ensordecedora, fuera de sí por la agitación del combate.

El ruido de los cascos de un caballo sonó en el callejón. Haciendo acopio de la poca energía que le quedaba, Gao Ma agarró fuertemente el sable y se puso de pie, justo a tiempo para ver a su querido potro castaño asomar la cabeza por el agujero de la pared. Parecía estar más delgado; sus ojos, que ahora eran más grandes y estaban llenos de compasión, se clavaron en él. Los ojos de Gao Ma se inundaron de lágrimas.

– Mi amado… No me dejes. Por favor, no me dejes… Te echo de menos… Te necesito…

El caballo volvió a sumergir lentamente la cabeza en la oscuridad envolvente. Gao Ma escuchó el ruido de sus cascos dirigiéndose hacia el sur, cada vez más lejos de éclass="underline" al principio, el sonido era fuerte y agudo, luego se hizo más débil y apagado y, finalmente, la nada.

Entregó un fajo de billetes a sus vecinos, el señor y la señora Yu.

– Hermano Mayor, Cuñada, es todo lo que tengo. Mirad a ver qué podéis hacer con esto. Si no es suficiente, consideradlo un anticipo. Algún día os devolveré el resto. Lo prometo.

Se sentó y se apoyó contra la pared, debajo de la ventana, sable en mano.

Los Yu se intercambiaron miradas.

– ¿Deberíamos avisar a sus hermanos? -preguntó ella-. A tu suegra la detuvieron ayer, y también a Gao Yang.

– Haced lo que podáis, amigos, sólo os pido eso.

– ¿Incineración o enterramiento? -preguntó el hombre.

La idea de las llamas envolviendo la piel de Jinju y del bebé que había en su vientre casi le parte el corazón.

– Enterramiento -dijo con firmeza.

Los Yu se alejaron deprisa y justo en ese momento los vecinos más curiosos aparecieron súbitamente por el lugar. Algunos se echaron a llorar, otros miraban con los ojos secos y sin la menor expresión en sus rostros. El jefe de la aldea, Gao Jinjiao, apareció por el patio, husmeándolo todo y resoplando con recelo.

– Digno Sobrino -dijo mientras se acercaba a Gao Ma-, tú… Verás…

Gao Ma blandió el sable.

– Jefe de la aldea, déjeme en paz!

Gao Jinjiao se apartó de su camino sin siquiera molestarse en ponerse derecho.

La señora Yu regresó con dos metros de satén rojo, que extendió en el patio después de llamar a las demás mujeres. Una de ellas, que era costurera, entró a tomar medidas a Jinju y, a continuación, comenzó a trabajar con las tijeras.

Los aldeanos más curiosos entraron en el patio, pisoteando los periquitos mutilados, cuyas plumas de colores, azotadas por la brisa, se pegaban a sus piernas, a su ropa y a sus rostros, pero nadie se dio cuenta de ello.

El cuerpo de Jinju fue extendido sobre el kang, a plena vista de Gao Ma. El sol, que ahora caía directamente sobre sus cabezas, incidía a través de las ramas rojas y amarillas del yute y de las hojas en forma de talón para iluminar el rostro de Jinju y convertirlo en un crisantemo dorado -un jinju-, cuyos pétalos estaban completamente abiertos por la luz del sol de otoño. Gao Ma tocó su rostro, que tenía la lustrosa elasticidad del preciado terciopelo.

Entonces aparecieron los hermanos Fang. Primero llegó Segundo Hermano, que avanzó malhumorado por el patio, dando patadas a las plumas de los periquitos que flotaban en el aire y que acabaron depositándose sobre el rojo satén. Mientras atravesaba la puerta, un periquito voló directamente hacia él, como si quisiera sacarle los ojos. Con un movimiento de la mano hizo que el periquito se estrellara contra la pared. Se acercó al kang y levantó una esquina de la manta, dejando a la luz el rostro de Jinju, que le estaba sonriendo.

Indignado, dejó que la manta cayera y se dirigió al patio.

– Gao Ma -refunfuñó-, has arruinado a nuestra familia, maldito cabrón.

Levantándose las mangas mientras caminaba, se dirigió directamente a la pared, donde Gao Ma estaba golpeando el lado embotado del sable con la cadena de las esposas que colgaba de su brazo: clang, clang, clang. Miró a Segundo Hermano Fang con los ojos inyectados en sangre, hasta que hizo que se detuviera en su avance. Segundo Hermano Fang hizo una pausa antes de gritar:

– ¡Te voy a acusar de la muerte de mi hermana!

Apenas había acabado de hablar cuando Hermano Mayor Fang penetró en el abarrotado patio, cojeando de forma más acentuada que nunca. Tenía el cabello lleno de canas y sus ojos estaban nublados; se había convertido en un anciano casi de la noche a la mañana. Anunció su llegada con fuertes sollozos que se arremolinaban por el patio, al igual que haría una anciana. Una vez dentro de la casa, aporreó el kang y lloró.

– ¡Hermana, mi pobre pequeña hermana, no deberías haber muerto de esta manera!

Los insistentes sollozos de Hermano Mayor Fang contagiaron a un grupo de ancianas, que se frotaban sus llorosos ojos mientras conducían a los hombres hacia la habitación para llevarles fuera.

– Hermano Mayor Fang -trataron de consolarle-, ya no puedes hacer nada por ella, salvo preparar su funeral. Esa es la responsabilidad de un hermano.

Aquello funcionó, ya que dejó de llorar al instante, se limpió su mocosa nariz y dijo:

– Casar a una hija es como derramar agua en el suelo. Ella dejó hace mucho tiempo de ser un miembro de la familia Fang. No nos concierne a nosotros decidir si se entierra en una cripta o si se arroja a una fosa.

Y comenzó a marcharse cojeando, llorando amargamente mientras avanzaba.

Gao Ma se puso de pie y le detuvo con un grito:

– Comprueba si queda alguien dentro a quien quieras llevar contigo.

Hermano Mayor Fang se detuvo, pero no dijo nada. Luego siguió avanzando por el patio.

Las mujeres llevaron al interior las ropas funerarias de color rojo satén de Jinju y allí la desnudaron, la lavaron y la vistieron para que emprendiera su viaje final. Cuando acabaron, iba vestida de color rojo intenso de los pies a la cabeza, como si fuera una novia primeriza.

Los pies de Gao Zhileng casi volaban cuando entró precipitadamente en el patio de Gao Ma, donde se esparcían los cadáveres de sus periquitos. Maldijo y lloró mientras cogía los cuerpos mutilados y los metía en una cesta que traía consigo.

– Gao Ma, Gao Ma, ¿qué te han hecho los pájaros? Haz lo que quieras a las personas, pero ¿por qué has matado a mis pájaros? Ellos eran mi fuente de ingresos. Ahora ya no tengo nada…

Siete u ocho periquitos supervivientes se posaron precariamente sobre las puntas de las plantas de yute, con sus plumas apretadas cubiertas de sangre. Sus chillidos eran gritos de desolación. Incluso Gao Ma sintió lástima de ellos. Gao Zhileng frunció el ceño y se sumó a ellos con un extraño silbido.

– Vengo de la emisora provincial de televisión. Hemos oído algo acerca del trágico final de una relación amorosa entre la muchacha Jinju y usted. ¿Le importaría contar a nuestros telespectadores qué ha ocurrido exactamente?

El reportero, un hombre de unos treinta y tantos años que llevaba gafas con forma de búho, tenía una boca enorme y le apestaba el aliento.

– Vengo en representación de la liga de mujeres del Condado; estoy a cargo de la investigación de un contrato de matrimonio entre tres familias y me gustaría conocer su opinión al respecto.

La mujer era joven y tenía la cara muy empolvada. Su boca des-prendía el olor de la orina y Gao Ma tuvo que hacer un gran esfuerzo para no rebanarle el pescuezo con su sable.

– ¡Marchaos los dos de aquí! -gritó mientras se ponía de pie, sable en mano-. ¡No tengo nada que deciros!

– Hermano Mayor Gao Ma, hace demasiado calor para preocuparse por un ataúd. Además, el precio de la madera se ha puesto por las nubes desde el incendio del bosque manchú -dijo Yu Qiushui mientras echaba otro vistazo al vientre abultado de Jinju-. He comprado un par de esterillas de junco y tres metros de plástico. Envolverla en el plástico y cubrirla con las esterillas de junco es igual de práctico que meterla en un ataúd. De ese modo, podemos ente rrarla pacíficamente en la tierra sin más demora. ¿Qué te parece?

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