Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » En El Pais De La Nube Blanca
En El Pais De La Nube Blanca - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 170
Перейти на страницу:

– ¿En serio? -preguntó Helen, que no quería reconocer de ninguna manera que a ella le había pasado exactamente lo mismo-. ¿Con una carta?

– La señora Lorimer rio por lo bajo.

– ¡Ah, sí! ¡Escribía tan bien! Todavía me sé las palabras de memoria: «Sí, ansío a una mujer que esté dispuesta a unir su destino con el mío. Ruego a Dios que me conceda una mujer amorosa cuyo corazón puedan ablandar estas palabras.»

Helen abrió los ojos como platos.

– Pero…, pero esto es de mi carta -se inquietó-. ¡Es justo lo que Howard me escribió a mí! No puedo creer lo que me está contando, señora Lorimer. ¿Es una broma de mal gusto?

La mujercita la miró consternada.

– ¡Oh, no, señora O’Keefe! ¡En ningún caso pretendía herirla! ¡No podía sospechar que habían vuelto a hacerlo!

– ¿Vuelto a hacer qué? -preguntó Helen, aunque ya presentía algo.

– Bueno, lo de las cartas -prosiguió Christine Lorimer-. Mi Thomas es un hombre de buen corazón. De verdad, no podría imaginarme un mejor esposo. Pero es carpintero, no es hombre de muchas palabras ni tampoco sabe escribir cartas románticas. Dice que lo intentó una y otra vez, pero que ninguna de las cartas que me dirigía le gustaba lo suficiente para enviármela. A fin de cuentas, quería conmoverme, ya sabe. Y bien, se dirigió al vicario Chester…

– ¿El vicario Chester ha escrito las cartas? -preguntó Helen, que no sabía si ponerse a llorar o a reír. Al menos algo tenía ahora claro: la hermosa caligrafía de un sacerdote. La perfecta elección de las palabras y la falta de información práctica que Gwyneira había advertido. Y, claro está, el llamativo interés del pequeño vicario porque el reclutamiento de novias tuviera éxito.

– ¡No hubiera pensado que se atrevieran a hacerlo de nuevo! -dijo la señora Lorimer-. Porque les eché a los dos una buena reprimenda cuando me enteré de ese asunto. Oh, lo lamento tanto, señora O’Keefe. Su Howard debería de haber tenido la oportunidad de contárselo él mismo. ¡Pero ahora voy a llamar a capítulo a ese vicario Chester! ¡Éste me va a oír!

Christine Lorimer se puso en marcha con determinación, mientras Helen se quedaba atrás meditabunda. ¿Quién era el hombre con el que acababa de casarse? ¿Le había ayudado Chester realmente a expresar con palabras sus sentimientos o en el fondo a Howard le daba igual el cómo atraer a su futura esposa al fin del mundo?

Pronto lo sabría. Pero no estaba del todo segura de si quería saberlo.

El carro llevaba ocho horas traqueteando por caminos enlodados. Helen tenía la sensación de que el viaje nunca acabaría. Además, ese paisaje sin límites la deprimía. Durante más de una hora no habían pasado junto a ninguna casa. Encima, el carruaje en el que Howard transportaba desde Christchurch y en dirección a Haldon a su esposa, las pertenencias de ésta y sus propias compras era el medio de locomoción más incómodo que la muchacha había jamás empleado. La espalda le dolía a causa del asiento sin suspensión y la fina llovizna que caía sin cesar le provocaba malestar en todo el cuerpo. Howard tampoco contribuyó de forma alguna en hacerle más soportable el viaje, durante el cual le habló poco. Llevaba al menos media hora sin dirigirle la palabra; como mucho, gruñía alguna orden al caballo zaino o al mulo gris que tiraban del carro.

Así que Helen disponía de todo el tiempo del mundo para abandonarse a sus pensamientos, que no eran los más alegres. Lo de las cartas no pasaba de ser un problema mínimo. El día anterior Howard y el vicario se habían disculpado por la mentirijilla, pero la consideraban un pecado venial. Al menos había llevado el asunto a buen término: Howard tenía esposa y Helen esposo. Peor era la noticia que Helen había recibido por la noche de boca de Elizabeth. La señora Baldwin no había contado nada, tal vez porque se avergonzaba o para no inquietar a Helen, pero Belinda Baldwin no había podido mantener la boca cerrada y había confesado a Elizabeth que ya el segundo día la pequeña Laurie se había escapado de la casa de los Lavender. La habían encontrado enseguida, desde luego, y reprendido con dureza, pero, al día siguiente, Laurie había vuelto a intentarlo. La segunda vez le habían pegado. Y ahora, después del tercer intento, permanecía encerrada en el armario de las escobas.

«¡A pan y agua!», había exclamado teatralmente Belinda.

Esa mañana, antes de la partida, Helen había hablado con el reverendo sobre ese asunto. Como era natural, él le había prometido que iría a ver cómo andaban las cosas con Laurie. Pero ¿cumpliría su palabra cuando Helen no estuviera ahí para recordarle sus obligaciones?

Y luego estaba, era evidente, el viaje con Howard. Helen todavía había pasado la noche anterior púdicamente en su cama, en casa de los Baldwin. Ni se planteaban acoger en la casa parroquial a Howard y éste no podía o no quería permitirse una noche en el hotel.

– Pasaremos toda la vida juntos -había dicho, dándole un torpe beso en la mejilla a Helen-. No vendrá de esta noche.

Helen se sintió aliviada, pero también un poco decepcionada. Sea como fuere, ella hubiera preferido las comodidades de una habitación de hotel al jergón de mantas en el carro entoldado que posiblemente la esperaba durante el viaje. Había guardado el camisón bueno en la parte superior de la maleta de viaje, pero le resultaba un misterio saber dónde se vestiría y desvestiría con decencia. Aparte de esto, lloviznaba sin cesar, y su vestido -y sin duda las mantas- estaba frío y mojado. Fuera lo que fuese lo que la esperaba durante la noche, las condiciones no eran las mejores para salir airosa.

Sin embargo, Helen se ahorró la cama improvisada en el carro. Poco antes de que oscureciera, cuando ya estaba del todo agotada y lo único que deseaba era que el traqueteo del carro cesara de una vez, Howard se detuvo delante de una modesta granja.

– Aquí podremos alojarnos -dijo a Helen, y la ayudó caballerosamente a bajar del pescante-. Conozco al hombre, Wilbur, de Port Cooper. Se ha casado ahora también y se ha establecido.

Un perro ladró en el interior y Wilbur y su esposa salieron curiosos a ver quién los visitaba.

Cuando el hombrecillo nervudo reconoció a Howard se puso a gritar y lo abrazó con vigor. Ambos se palmearon en la espalda, recordaron las aventuras que habían emprendido juntos en el pasado y de buena gana hubieran descorchado la primera botella bajo la lluvia.

Helen buscó la ayuda de la esposa. Para su tranquilidad, la sonrisa de ésta era franca y acogedora.

– Usted debe de ser la nueva señora O’Keefe. Apenas si podíamos dar crédito a la noticia de que Howard iba a casarse. Pero entre, por favor, estará congelada. Y el traqueteo de estos carros… Viene de Londres, ¿verdad? ¡Seguro que está más acostumbrada a los coches de punto! -La mujer rio, como si no hubiera dicho en serio el último comentario-. Me llamo Margaret.

– Helen -se presentó. Al parecer aquí no se entretenían en formalidades. Margaret era un poco más alta que su marido, delgada y de aspecto algo abatido. Llevaba un vestido gris, sencillo y varias veces remendado. El mobiliario de la granja a la que había acompañado a Helen era bastante sencillo: mesas y sillas de madera basta y una chimenea abierta en la que también se cocinaba. Pero la comida, que borboteaba en una gran marmita, desprendía un olor muy apetitoso.

– Estáis de suerte, acabamos de matar un pollo -confesó Margaret-. No era el más joven, pero seguro que todavía da una sopa como Dios manda. Siéntese junto al fuego, Helen, y deje que se sequen sus ropas. Aquí tiene café y ya encontraré también un traguito de whisky.

Helen se quedó pasmada. En su vida había bebido whisky, pero Margaret no parecía ver nada malo en ello. Le tendió a continuación un vaso esmaltado lleno de café amargo como la hiel que debía de haber hervido largo tiempo al fuego. Helen no se atrevió a pedir azúcar ni leche, pero Margaret puso solícita los dos frente a ella en la mesa.

1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 170
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)