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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Se puso de pie, se lavó la cara, aunque no había derramado ni una sola lágrima, y se sentó en su escritorio. Tomó una hoja de papel y un lápiz y anotó una cifra. Trescientos mil réis. Si en un año las acciones subían un veinte por ciento, habría ganado sesenta mil réis. Muy poco para poder recuperar sus joyas, y muy poco para poder trabajar seriamente. Si la subida fuera del cuarenta por ciento, serían ciento veinte mil réis. Algo mejor. ¿Pero era realista pensar en un cuarenta por ciento? ¿Y si no desempeñaba las joyas tan pronto? Con ciento veinte mil réis podría seguir invirtiendo, incrementar su capital y, si actuaba con inteligencia, y con los intereses y los intereses acumulados, pronto sería muy rica. Vitória pasó al menos una hora en su escritorio, haciendo cálculos con distintas cifras iniciales, aplicando distintos porcentajes, escribiendo columnas y columnas de números, y quedó muy satisfecha con los resultados. ¡Era casi tan bonito como contar dinero!

Pero quedaba otro problema por resolver: ¿cómo podía empeñar las joyas sin que se enteraran sus padres? En Vassouras y Valença era demasiado conocida, y a Río no tenía previsto ir en breve. Podría encargárselo a alguien. ¿A quién? A un negro no le podía encargar una tarea tan delicada, cualquier prestamista pensaría que había robado las joyas. Los jóvenes con los que trataba pensarían que todo aquello era una locura, un delirio de una sinhazinha que estaba histérica porque no se había casado. Vitória se imaginaba perfectamente que si le pedía el favor a Edmundo, éste iría directamente a su padre a delatarla. No debía desvelar a Edmundo el verdadero motivo por el que quería conseguir el dinero. ¿Y si le contaba entre lágrimas que estaba en serias dificultades? No, entonces pensaría que estaba embarazada, y todo resultaría más difícil. A Eufrasia tampoco podía pedirle el favor. En los sitios más importantes del valle la conocían y seguro que se pondrían discretamente en contacto con su marido para informarle sobre el inconveniente comportamiento de su joven esposa. Por otro lado, ¿qué importaba? Eufrasia era una mujer casada que sabía manejar a Arnaldo. Ya se le ocurriría una explicación plausible. En cualquier caso, ya tenía experiencia en esos temas, y si no podía entender los motivos para conseguir el dinero, al menos no intentaría disuadir a Vitória. Sí, así lo arreglaría.

– ¡A ti te ha poseído el demonio! -gritó Eufrasia-. Hasta ahora tus locas ideas sólo me han traído problemas. Y a ti también. ¿Qué locura es ésta? -Se levantó tan deprisa que la silla se tambaleó.

– ¡Calla, Eufrasia, se te oye en toda la casa!

Las dos mujeres estaban en el salón de Boavista. Vitória había cerrado las puertas, con lo que el aire caliente se acumulaba en la habitación amenazando con asfixiarlas. Pero prefería renunciar a que entrara corriente antes que arriesgarse a que las oyera algún esclavo.

– Entiéndelo -continuó en voz baja-, necesito dinero para invertir en acciones. Algún día todos me estaréis agradecidos.

– Por favor, Vita, te sobrevaloras. ¿Has pensado qué pasará si bajan las acciones? Te habrás quedado sin nada. Además, no entiendo por qué no esperas. Si ocurriera lo que tú anuncias, si realmente queda abolida la esclavitud y todos nos arruinamos, lo que dudo seriamente, entonces podrás vender las joyas. ¿Por qué ahora?

– En primer lugar: porque ahora es un buen momento para hacer negocio en la Bolsa. En segundo lugar: si los fazendeiros se arruinan de pronto y ponen todos sus bienes de lujo en el mercado, su valor descenderá. Nos darán por nuestras pinturas, nuestras joyas y nuestros muebles sólo una pequeña parte de lo que valen… porque sabrán que necesitamos el dinero. ¿Y quién va a comprar todo eso? ¿Los esclavos liberados, quizás? Hoy, en cambio, puedo conseguir una buena suma por mis joyas.

Eufrasia estaba de pie ante Vitória y jugueteaba nerviosa con el camafeo que llevaba al cuello. Se volvió en silencio y se dirigió lentamente hacia la ventana. Apartó un poco la cortina y miró al patio. José estaba engrasando la capota del coche de caballos verde, al que acababa de sacar brillo. Una docena de esclavas se ponía en camino hacia los campos con las cestas sobre la cabeza. Un joven regaba las macetas que había ante la casa, mientras una muchacha fregaba la escalera. Movía su soberbio trasero más de lo necesario, de forma que su amplia falda bailaba de un lado para otro. Probablemente la muchacha hubiera puesto sus ojos en el joven.

Una fazenda cuidada, esclavos bien alimentados y con la ropa limpia, un laborioso ajetreo: ¿no era todo normal? Eufrasia sabía muy bien lo deprisa que podía desaparecer aquella aparente normalidad. La horrible época anterior a su boda, cuando tuvieron que vivir en Florença en la más absoluta miseria, le había enseñado a dar más importancia a las cosas diarias más insignificantes. Peor que la pérdida de sus porcelanas había sido el silencio sepulcral que reinaba en Florença porque ya no había esclavos.

¿Qué pasaría si Vitória acertaba con sus terribles profecías? ¿Vendrían para todos ellos los mismos tiempos que Eufrasia acababa de vivir? ¡Ni hablar!

– Vita, tengo que decirte claramente que tu idea me parece una barbaridad. Pero como soy tu mejor amiga, te voy a hacer este favor. En cualquier caso, creo que me debes compensar por ello, pues yo también asumo un gran riesgo.

– ¿Cinco por ciento? -preguntó Vitória en tono incisivo. Había entendido enseguida que Eufrasia no quería otro favor a cambio, sólo dinero.

– Diez.

– Eres una sinvergüenza.

– Ah, ¿y cómo llamas a lo que tú me pides? ¿Acaso no es una desvergüenza? Imagina que al prestamista se le ocurre ir contando a todo el mundo que yo he empeñado mis joyas. ¿Qué pensarían de Arnaldo y de mí?

– Siete por ciento y ni un vintén, más.

Una vez que las dos amigas llegaron a un acuerdo y que a Vitória se le pasó el enfado por la ambición de Eufrasia, conversaron sobre un tema que era aún menos apropiado para los oídos de dona Alma o de los esclavos: las alegrías y obligaciones de la vida conyugal. Eufrasia le contó todas las cosas que para sus madres serían impronunciables, y Vitória fingió desconocimiento. Nunca le había contado a Eufrasia nada de su noche con León, y menos aún de sus consecuencias. Ese secreto sólo lo compartía con Luiza, Zélia y Miranda. Eufrasia creía que Vitória era virgen todavía, y con el propósito de poner a su amiga en apuros, le contó todos los íntimos detalles de sus obligaciones matrimoniales. Vitória fingió sorpresa o espanto, según la reacción que Eufrasia esperara de ella. Intentó sonrojarse en los momentos apropiados y en otros ponerse avergonzada la mano ante la boca y toser ligeramente. Ya habían mantenido conversaciones de este tipo otras veces, pues Eufrasia disfrutaba presentándose en su nuevo estatus de mujer casada ante Vitória.

Esta vez a Vitória le pareció que el entusiasmo inicial de Eufrasia por ese tema había disminuido considerablemente.

– Ni siquiera lleváis dos años casados. ¿Empieza a aburrirte Arnaldo?

– ¡Oh, no, de ningún modo! Nuestro matrimonio es sumamente armónico. Es que poco a poco me voy convenciendo de que ese par de minutos de nuestros, ejem, encuentros no son para tanto. No entiendo por qué todos dan tanta importancia al apetito carnal.

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