La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—Berem, escucha. —El semielfo rompió el silencio, a la vez que recorría la estancia y dejaba que el Hombre de la Joya Verde lo siguiera con la mirada—. Si huyes de la Reina de la Oscuridad, éste parece un escondrijo idóneo.
—¡No! —protestó Berem incorporándose en su silla.
—¿Por qué razón? —Tanis se giró bruscamente—. ¿Qué te impulsa a querer salir de aquí? ¿A qué viene esa obstinación en regresar donde pueden encontrarte?
Berem se convulsionó, sentándose de nuevo.
—¡No conozco este edificio, lo juro! Pero he de regresar porque mi destino es otro. Busco algo y hasta que no lo encuentre viviré en una continua zozobra.
—¿Qué es ese algo? —Su tono era ahora imperioso. Sintió la mano de Goldmoon sobre la suya y comprendió que su exasperación se hallaba cerca de la locura, pero todo aquello resultaba demasiado frustrante. ¡Tener a su alcance aquello por lo que la Reina Oscura habría dado su reino para obtenerlo e ignorar de qué se trataba!
—No puedo decírtelo —balbuceó Berem.
Tanis respiró hondo y cerró los ojos. Deseaba recobrar la calma, mas el incontenible tamborileo de su cabeza le producía la sensación de estar próxima a estallar en pedazos. Poniéndose en pie, Goldmoon posó ambas manos sobre sus hombros a la vez que le susurraba unas frases de alivio en las que sólo acertó a oír el nombre de Mishakal. Al fin cedió la tensión, aunque su lucha interna le había dejado en un estado de total agotamiento.
—De acuerdo, Berem —suspiró el semielfo—, te ruego que me disculpes. No volveré a indagar en tu secreto. Háblame de ti. ¿De dónde eres?
El piloto titubeó. Sus ojos se encogieron y su semblante sufrió una contracción que no pudo por menos que sorprender a Tanis.
—Yo nací en Solace. ¿Y tú? —insistió con aire casual, sin dejar de observarlo.
—No creo que hayas oído hablar de mi pueblo natal. Está situado en las inmediaciones de...de... —Tragó saliva, antes de aclararse la garganta y añadir—: Neraka.
—¿Neraka? —Tanis consultó a Riverwind con los ojos.
El hombre de las Llanuras meneó la cabeza.
—Tiene razón —admitió—. Nunca oí mencionar ese paraje.
—Tampoco yo —apostilló Tanis—. Es una lástima que Tasslehoff no esté aquí. Sus mapas nos ayudarían. Berem por que...
—¡Tanis! —vociferó Goldmoon.
El semielfo se sobresaltó ante tan imperiosa llamada, estirando la mano hacia su cinto en un reflejo instintivo. Sin embargo, ninguna espada pendía de el. Recordó vagamente haber luchado con ella en el agua al sentir que su peso lo arrastraba sin remisión. Aunque se maldijo a sí mismo por no haber encargado a Riverwind la custodia de la puerta, no le restaba sino contemplar inerme al hombre ataviado de rojo que se erguía en el dintel.
—Hola —les saludó el desconocido en lengua común.
La túnica roja avivó en su mente la imagen de Raistlin con tal fuerza que se nubló su visión. Por un momento creyó que se trataba de él, hasta que se desempeñaron sus ojos y advirtió que este mago era mucho más anciano. Además, su rostro rebosaba amabilidad.
—¿Dónde estamos? —le imprecó, más que le preguntó, el semielfo—. ¿Quién eres? ¿Por qué nos han traído a este lugar?
—Kreeaquekh—dijo el hombre disgustado y, dando media vuelta, se alejó.
—¡Maldita sea! —Tanis saltó en el aire, resuelto a atrapar al desconocido y arrastrarlo de nuevo al interior de la estancia. Le detuvo una firme mano en su hombro.
—Espera —le aconsejó Riverwind—. Cálmate, Tanis. Es un hechicero, no podrías luchar contra él aunque portases tu espada. Lo seguiremos, averiguaremos dónde va. Si ha embrujado este lugar, quizá tenga que levantar el encantamiento para salir también él.
—Tienes razón —reconoció el semielfo suspirando—. Lo siento, no sé qué ha podido ocurrirme. Estoy tan tenso como el cuero de los tambores. Sigámoslo, Goldmoon se quedará junto a Berem.
—¡No! —replicó el Hombre de la Joya Verde, antes de abandonar su silla y aferrarse a Tanis con tal fuerza que casi lo derribó en el impulso—. ¡No me dejes aquí, te lo suplico!
—Nadie va a dejarte —lo tranquilizó el semielfo luchando para liberarse de su agobiante abrazo—. De todos modos, quizá sea más prudente que nos mantengamos unidos.
Se precipitaron todos al mismo tiempo por el angosto pasillo para escudriñar su umbrío y solitario trazado.
—¡Ahí está! —anunció Riverwind con el índice extendido.
Bajo la tenue luz, vislumbraron el repulgo de la túnica roja detrás de un recodo. Despacio y sigilosos, iniciaron la marcha. El corredor conducía a otro de aspecto similar jalonado por varias puertas.
—Cuando reconocimos el lugar hace unas horas no vimos sino una pared sólida —se asombró Riverwind.
—O una sólida ilusión —rectificó el semielfo.
Se adentraron en el corredor y procedieron a inspeccionarlo llenos de curiosidad. Las diferentes estancias albergaban el mismo mobiliario, viejo y destartalado, que hallaran en la sala del pasillo vacío. También estaban desiertas, pero iluminadas por los extraños destellos del musgo. Quizá se trataba de una posada, aunque de ser así no la habitaba ningún otro huésped ni parecía haberla pisado criatura viviente durante siglos.
Atravesaron pasadizos ruinosos y vastos salones surcados por robustas columnas. No tenían tiempo para examinarlos al menos mientras rastrearan al hombre de la túnica roja, cuyo paso resultaba insospechadamente rápido y esquivo. Dos veces creyeron haberle perdido, para un instante más tarde divisar los ondeantes pliegues en una lejana escalera de caracol o en el extremo de un pasillo adyacente.
Al fin se detuvieron en una intersección, desde donde observaron que dos corredores partían en direcciones opuestas. Les embargó un sentimiento de desánimo al constatar que se había desvanecido el rastro del misterioso personaje.
—Nos dividiremos, pero no iremos lejos —decidió Tanis tras unos segundos de reflexión—. Volveremos a encontrarnos en este punto. Si lo ves, Riverwind, silba una vez; yo haré lo mismo.
Asintiendo, el hombre de las Llanuras y Goldmoon se internaron en uno de los corredores mientras Tanis, con Berem a sus talones, exploraba el otro.
No encontró nada. El pasillo desembocaba en una espaciosa estancia, alumbrada por los fantasmales resplandores que invadían todo el recinto. ¿Debía examinarla o retroceder? Vaciló unos instantes, mas al fin optó por asomarse al interior donde llamó su atención una gran mesa redonda. Sobre ella yacía desplegado un extraño mapa en relieve.
Tanis se apresuró a acercarse, comprobando que era una maqueta lo que se exponía a sus ojos. Cuando inclinó su cuerpo hacia adelante con la esperanza de encontrar alguna clave sobre el misterioso lugar en el que se hallaban, advirtió que estaba frente a la réplica en miniatura de una ciudad. Protegida por una cúpula de cristal transparente, la reproducción parecía tan detallada que el semielfo tuvo la rara sensación de que las construcciones eran más reales que el edificio que ahora los cobijaba.
«¡Cuánto le gustaría a Tas!», pensó tristemente imaginando el deleite del kender ante semejante filigrana.
Las casas respondían a un antiguo modelo arquitectónico: sus delicadas torres se alzaban hacia el cristalino cielo, los techos abovedados despedían destellos de luz blanca. Las ajardinadas avenidas, por su parte, estaban flanqueadas por amplios soportales y las calles formaban una gran telaraña al confluir en una plaza central.
Berem no cesaba de tirar de la manga de Tanis para indicarle que debían abandonar cuanto antes la estancia. Aunque podía hablar resultaba obvio que se había acostumbrado al silencio, o quizá lo prefería.
—Sólo unos minutos más —rogó el semielfo, reticente a partir. No había oído la señal de Riverwind y existía la posibilidad de que aquella maqueta les mostrase la salida del extraño lugar.